La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2000

    AFECTOS Y DESAFECTOS

  • Tenía ganas de escribir algo sobre el tema y, mira por dónde, leo unas observaciones de Manuel Alcántara sobre la pobreza léxica de algunas personas. Decía el malagueño -entre otros ejemplos- lo de ese amigo o conocido que te ve tras algún tiempo y exclama: “Joder, coño, hostias, la leche...”, batiburrillo interjectivo que lo que quiere decir es “que se alegra de verte”.

    Sin embargo, no siempre -casi nunca- este tipo de expresiones es consecuencia de un habla rudimentaria por carencias léxicas. Ni imposiciones de nuevas costumbres. En mi opinión, esta forma de expresión oral es una clara manifestación de la tendencia al desafecto, cada vez más en boga en nuestros contactos con los demás.

    Esa privación del nombre propio de la persona a la que se saluda, así como de la lógica exclamación de alegría y contento, no es sino una forma singular de privar al saludo del consecuente cariño y afectividad, una forma de mostrarnos -aun dentro de los mínimos exigidos por la educación y conducta social- sin menoscabar nuestro status de autosuficiencia, de estar por encima, de no necesidad del otro.

    Si tenemos en cuenta que cualquier persona, por muy escasa que ande de vocabulario, puede decir “¡Hombre, Arturo, cuánta alegría me da verte!, o bien, ¡Hola, Pedro, qué tal estás!, podemos comprobar que lo que se trata es de restarle a nuestra manifestación salutatoria todo viso de subordinación o rebajamiento. Negamos el nombre, trocamos la exclamación por cualquier interjección -o toda una serie, que así se acentúa el efecto- y ya está dicho todo.

    De la misma forma operamos con respecto a los saludos por la calle o a las puertas del ascensor con los vecinos. Decimos un adusto “adiós” o un aparente “hola” sin aplicarle la fórmula afectiva que implica el nombre, “adiós Manolo” o “hola, Encarnita”; o el “vaya usted con Dios, don José”, cuando el respeto debido al saludado nos obliga al tratamiento.

    Tengo observado que escasas son las personas que pronuncien mi nombre en las muchas ocasiones que ofrecen mis habituales relaciones con amigos y conocidos. Pocas, pero cuando escucho un “Adiós, Alfonso”, sé, sin lugar a dudas, que quien lo ha dicho es una persona franca, una persona sin complejos de ningún tipo, una persona que ha puesto su afecto en el saludo y lo exterioriza con sinceridad envolviéndolo en la sublime caricia del nombre. Y sin que se le caigan los anillos...

    Porque podemos trasmitir afecto con la sola mención de una palabra, regresemos a la afectividad, a la cordialidad, a ese punto mínimo y sublime de ternura que podemos poner en la vida de los demás con sólo decirle “Adiós, Amparo” o “Hasta luego, Francisco”.

    El corazón lo siente y lo agradece.






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