La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2003

    El verdadero miedo de Bush

  • Ustedes se preguntarán que cómo el hombre que gobierna el país más poderoso de la Tierra, el político mejor asesorado de todo el Universo, el gobernante del que debiera esperarse las mayores cualidades en cuanto a rectitud, prudencia y justicia, de manera ciega, sorda y obcecada -hasta límites que rozan el absurdo- esté obrando en contra de lo que piensa y le pide, no ya sólo una abundosa y significativa mayoría de ciudadanos de su propio país, sino la inmensa totalidad de los habitantes del planeta.

    Como, lógicamente, no nos creemos el cuento infantil de sus argumentaciones para una guerra, si nos atenemos a lo deducible de una primera visión de todo el asunto (visión que se ve forzosamente conformada por todo lo que los medios se han encargado de difundir y remachar como cosa única -y ampliada y actualizada cada día en los debates de las tres mil televisivas mesas de pseudo intelectuales y borregos-), nos parece fácil de explicar: el Sr. Bush -y los que le sustentan el entramado- buscan, en primer lugar, el petróleo de Irak (parte económica financiera) y, puestas las banderas en la zona, influir en credos y políticas de los incordiantes países del vecindaje (sutil estrategia de Estado).

    Todo ello, con ser verdad irrebatible y fundamentada, aún carece del suficiente peso específico como para justificar y sustentar por sí sola la, repito, obcecada manera de obrar del Sr. Bush. Y aquí, permítanme un inciso demostrador de las incongruencias observables en las susodichas insanías presidenciales: El argumento esgrimido por el Sr. Bush para atacar Irak es que este país no cumple las resoluciones impuestas por la ONU (Res. 687, tras la Guerra de 1991, y Res. 1441, actual y última, que le obligan a desarmarse y a permitir su control por dicha organización). O sea, el Sr. Presidente invoca que Irak se salta a la torera las resoluciones de la ONU para legitimar el ataque y -observen-, como la ONU resuelve que no se ataque Irak en tanto siga dando muestras de ir cumpliendo (tras privarla de toda autoridad tachándola de irrelevante), decide saltarse a la torera sus resoluciones y atacar con o sin la venia. O sea, porque le sale de los cojones. Exactamente los mismo que hace Husein. ¿Lo tienen claro?

    Convencido de que tiene que haber razón bastante más poderosa que lo hasta ahora expuesto para justificar las inamovibles, reprobables y, aparentemente, disparatadas pretensiones del presidente Bush, dejo de lado titulares de prensa, informaciones de bustos parlantes y desvaríos y chifladuras varias oídas en televisivas trastiendas de manicomios, y aprovecho mis habituales insomnios para reflexionar. Efectivamente, y a falta de lo que pueda añadir -o rectificar- con la prolongación de mis desavenencias con Morfeo, encuentro un ariádnico hilo que me lleva directo al ovillo.

    El Presidente George W. Bush, omnipotente y supremo Jefe de los imperiales ejércitos y Adalid de Occidente, tiene miedo.

    Así como suena. Un miedo invencible -y justificado- que le nace justo con la creación del euro. Miedo a la unión -irrenunciable y consolidada ya- de los países europeos y a la creciente economía europea, que, a pesar de que sus aliados "naturales", los sagaces y diligentes británicos -siguiendo trasatlánticas consignas-, pusieran sus pegas y no se integraron, amenaza con romper todos los esquemas de la economía mundial y, muy principalmente, la del país de las barras y estrellas.

    La guerra de Bush, pues, más que contra Irak (que servirá de escarmiento para cualquier otro país u organización que intente tocarle los cojones y, sobre todo, la divina supremacía de su bendito dólar), es contra el auge y crecimiento de la economía europea. Les explico.

    Gran Bretaña entrará inevitablemente en la Unión Europea. Y junto con ella, en mayo del 2004, creo recordar que otros doce o trece países. Esto significa una enorme crecida del PIB de la Unión Europea, con 450 millones de personas, en contraste con los 280 millones de los EE.UU. Todo ello representa más solidez para el euro y un bloque de competencia para los EE.UU. que no podrán soportar. Pero hay más...

    Irak, en su obligado "petróleo por alimentos", en noviembre del 2000 dejó el dólar y cambió al euro como moneda para hacer sus transacciones petroleras y mantener sus reservas. Esto -que en principio no era sino una lógica y consecuente declaración política- resultó un acierto, pues, la depreciación constante del dólar frente al euro le ha supuesto a Irak la obtención de unas significativas ganancias extras. No olvidemos que el euro ha ganado cerca del 17 % sobre el dólar desde ese momento. Y como la cosa sigue imparable, George Bush y el gran trust político-financiero de los EE.UU., que saben que los demás no son tontos, le vieron las orejas al lobo. Pero, hay más...

    El dólar, como Vdes. saben, desde el final de la Segunda Guerra Mundial es la divisa internacional para las transacciones petroleras, lo que conocemos como "petro-dólar". EE.UU. imprime y hace circular billones de dólares que, a diferencia de los demás países (que necesitan oro -o, mejor aún, dólares, mire usted- como reserva), no tienen un auténtico respaldo, pues, ni lo necesitan (según leyes propias) ni Fort Knox guarda en sus cámaras acorazadas cantidad suficiente de metal amarillo para hacer frente a un posible reavivamiento del gold exchange standar en el plano internacional.

    Y aquí es donde surge la pregunta del millón: ¿Qué pasaría si la OPEP, viendo el indudable y cada vez mayor afianzamiento de la moneda emergente (y mirando por la salud de su propio futuro), de repente decidiera seguir el ejemplo de Irak y empezara a negociar su petróleo en euros? ¿Se lo imaginan?

    En mi opinión, éste es el auténtico miedo de Bush. Los EE.UU. pueden dejar de ser lo que son -o mejor dicho, lo que aparentan ser- y regresar a unas posiciones en el plano económico no mayores que las de cualquiera de sus vecinos. Si los europeos, el cada vez mayor y unido grupo de países de la vieja Europa, le quitan el Cuerno de Oro del dólar, puede que veamos a los ciudadanos que habitan esas magníficas tierras que van desde Boston a San Francisco y desde los Grandes Lagos hasta Río Bravo saliendo a la calle con reivindicativas pancartas contra el paro o sonando cacerolas por las floridas avenidas de Washington en contra de los corralitos financieros.

    No se lo deseo. De verdad que no le deseo al digno y laborioso pueblo norteamericano lo que les puede caer encima por culpa de sus dirigentes.

    Como tampoco le deseo al sufrido pueblo iraquí el horror que, inevitablemente, van a vivir por la desmesurada avaricia y falta de humanidad de unos pocos.

    Los hombres, los que nos llamamos humanos, los que invocamos el nombre de Dios para justificar nuestros actos, una vez más adoramos al Becerro de Oro del dólar y escribimos la Historia con letras de sangre.








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