La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2003

    El monstruo humano

  • La historia de las dos niñas asesinadas en Mijas y Coín -que con ser terrible no deja de ser una repetición de algo que ocurre con demasiada frecuencia- sirve de base para unas reflexiones sobre el autor de los crímenes y, por extensión, sobre este irracional y cruel estigma que convive desde el principio de los tiempos con tantos y tantos individuos de los que componemos el género humano.

    Los siquiatras, facultados por sus extensos estudios sobre la psiquis y las patologías que le afectan, tienen, casi siempre, una explicación plausible para todas y cada una de las sicopatías de que puedan dar muestras los individuos, bien con conductas de manifiesta locura o causantes de hechos antisociales o delictivos. Pero... ¿hasta dónde llega la consideración de individuo afecto de una patología, de enfermo, y dónde comienza la simple y llana maldad y condición del ser humano?

    El confeso asesino de las niñas malagueñas, un hombre relativamente joven y al que se le reconoce que llevaba una vida -aparentemente- de lo más normal en todos los aspectos, persona seria, apacible, afectuosa y cumplidora en su trabajo, hombre correcto, detallista y extremadamente cariñoso con su hija, su compañera sentimental y los hijos de ésta, se le esfumaba el hombre bueno y normal apenas tomaba unas copas y los vapores del alcohol le diluían los caminos de la razón y la lógica.

    Haciendo cómplice a la noche, terminado su trabajo y acuciado ya por una posible primera necesidad de emancipar el espíritu, dedicaba los primeros momentos de su tiempo libre a recorrer algunas barras y mostradores, a poner en su estómago unas copas -ignoró de qué- y, con ellas, la nueva y buscada dimensión de tranquilidad, euforia y olvido a que lo precipitaba el alcohol.

    Y era entonces cuando sufría la espantosa transformación que le anulaba toda voluntad, cuando, ciego a toda lógica, llevado por los más elementales e ingénitos instintos del animal humano, dejaba ver el terrible monstruo que le habitaba.

    No cuesta mucho imaginarse una infancia y juventud de soledad y aislamiento, de cuasi orfandad, de necesidades afectivas no satisfechas, de búsqueda de placeres en solitario y desvirtuados... Bajo estas condiciones, el instinto sexual -el más potente motor que mueve a los seres vivos-, repetimos que en solitario, sin el esencial e ineludible concurso de la otra parte, comienza a generar al monstruo. Ausente en buena parte los principios y casi en su totalidad la voluntad, el monstruo no tarda en poderle al hombre y, casi siempre accionado por los impulsos sexuales, aflorar a la realidad para cobrarse sus primeras víctimas.

    Chicarrón ya robusto y fornido, un día cualquiera se encuentra con una chica. El sitio y la ocasión son óptimos. Pero el alcohol -o puede que cualquier otra droga- está presente. Nota que la erección se le inhibe. Algo falla. Aquella cosa, aquella mujer que tiene delante, que le habla y que le fuerza a compartir el sexo y los momentos, nada tiene que ver con sus prácticas de siempre, de soledad, con sus solitarias fantasías sexuales. Aquella realidad de piel ardiente le quema los dedos, le destroza sus sueños, le anula e inhibe al macho que lleva dentro... Necesita que aquella voz no suene, que aquella piel no arda y aquel cuerpo no se mueva. Necesita que todo sea igual que siempre, cerrar los ojos y acariciar la inerte piel de un sueño mientras se acaricia a sí mismo. El monstruo le sale a borbotones. Su mano aprieta con furia aquel cuello de mujer hasta dejarla convertida en una de las silenciosas e inermes imágenes de sus habituales fantasías. Poco a poco, sus dedos van encontrando sus sueños de siempre entre los rincones de aquella piel que ya dejó de latir.

    Después de esa primera vez sólo hay una terrible y normal continuidad. Un alto número de chicas asesinadas o agredidas en su país natal. Luego, Rocío, Sonia... No sabemos si algunas más, pero seguro que sí. Niñas privadas de la vida en la flor, cuando más ganas de vivir se tiene. Familias destrozadas. Ojos húmedos por todos los rincones. Y el monstruo ahí, compartiendo y viviendo con los demás como si tal cosa.

    Me consta que la mayoría de los humanos, aún con nuestros fallos y errores, aprendemos conductas y nos creamos voluntades y principios que nada tienen que ver con los horrores de este monstruo, pero... ¿cuántos conviven a nuestro alrededor?, ¿cuántos monstruos semejantes están ahí mirando sonrientes a nuestras hijas o hermanas mientras toman tranquilamente su copa?

    Y aunque sea terrible, aunque cueste mucho esfuerzo admitirlo, este hombre no es tal, no es un ser humano enfermo, sino una apariencia de hombre encubriendo una bestia dañina que volverá una y otra vez a satisfacer sus necesidades. Puede que él no tenga la culpa de lo que es, que fuera la cruel e inmisericorde vida la que puso en su camino -cuando todo estaba aún por aprender y descubrir- la infame trampa que le llevó a este horror.

    Es posible que él mismo, en un supremo esfuerzo, si aún le queda dentro algún resto del hombre que no haya sido devorado por el monstruo, pidiera que le impidan para siempre seguir derramando sangre inocente.







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