La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2003

    NIÑOS DE LOS CINCUENTA

  • Los que nacimos allá a mitad del siglo pasado -tiempo de postguerra, represión, hambres y miserias- guardamos en nuestra memoria recuerdos de aquellos infantiles tiempos que para nuestros niños de hoy -y ello motiva estas reflexiones- serían imposibles de imaginar.

    Echas un vistazo en las habitaciones de cualquier chaval de entre ocho a catorce años y ves su ordenador -con cientos de juegos apilados por todas partes-, la Play Station -con otro montón de lo mismo-, el equipo de música compacto con auriculares en estéreo, diversos racks con cientos de CDs de música y programas de los otros equipos, el walkman, el mini disc o Cd portátil, el teléfono móvil (que ya es "indispensable" en chavales a partir de los diez años)... Y un largo etcétera con cuanta novedad tecnológica va apareciendo (de algunos no sé ni el nombre), mientras arriba del armario, bajo la cama o en las estanterías, el tren eléctrico, los coches teledirigidos y los madelsmans u otros robots o engendros convertibles duermen a la espera de mejor destino convertidos ya en tiestos obsoletos.

    Realmente, gratifica ver a estos niños -hijos nuestros- que tienen de todo. Aunque puede que alguno diga: "Joder, con lo de niños que no tienen nada y mueren de hambre en otros países". Muy cierto, mi joven lector -y quisiéramos que tal cosa no ocurriera-, pero lo que no sabes es que a muchos de nosotros -quizás no a todos, pero sí a una inmensa mayoría de los que ya rebasamos el medio siglo- esas terribles circunstancias del hambre y las miserias no nos trae nada nuevo, nada que no hayamos vivido y sentido en nuestras propias carnes aquí en España.

    Los niños que vivimos y crecimos durante los años cuarenta y cincuenta, si bien es cierto que no conocimos directamente el horror de la guerra, sí supimos muy de cerca de aquel terrible holocausto y sufrimos sus consecuencias. Los años cuarenta, sobre todo los primeros y más próximos a la recién terminada contienda, fueron bien conocidos por todos como "los años de la hambre", sencillamente porque no había absolutamente nada que comer. No había muchas diferencias entre pobres y ricos, pues el dinero no servía para comprar lo que no había, y todos habían de someterse a las miserias que se podían adquirir con las cartillas de racionamiento: una panilla de aceite (un 1/16 de litro), un poco de malta y achicoria (sustitutivos del café), algo de harina de maíz o garbanzos, a veces un poco de arroz o algunas lentejas y una o dos barras de pan que ni Dios sabía de qué estaba hecho. Y, aunque yo -por circunstancias familiares- me podría llamar afortunado, tenía amigos y entraba en otras casas, y doy fe de que no en todas se comía todos los días.

    En 1953 se firmó el Concordato con la Santa Sede y los acuerdos con los EE.UU., lo que permitió que los niños que asistíamos a las escuelas públicas pudiéramos tomar cada mañana una taza de leche -la famosa leche en polvo o leche americana- (que solíamos tomar en un jarrito de lata hecho por un habilidoso latero con una lata -generalmente de leche condensada- a la que le soldaba un asa del mismo metal). Algunos, incluso -los que podían-, llevaban su azúcar y su cuchara. También estaba el queso americano, ...y a veces hasta lo probábamos (el queso solía perderse antes de llegar a los nenes). La asistencia obligada a misa cada domingo, los vales que te daban las catequistas para reunirlos y cambiarlos por algún juguete o ropa usada en el ropero parroquial, el consiguiente castigo si no asistías, las cuasi obligadas inscripciones como flecha en la Falange, camisa azul con su yugo y sus flechas y boina roja, las guardias ante la Cruz de los Caídos, las máximas, sentencias y arengas -no siempre políticas- escritas en grandes letras cada día en la pizarra de la clase... (siempre recordaré aquella que decía "Letras sin virtud son perlas en el muladar").

    ¿Y qué decir de los juguetes? Algún año una simple pelota, blanca, de goma (aunque alguno tuvo su balón de reglamento), otros una arquitectura de quince o veinte piezas de madera teñidas con anilina, y algún otro, una cajita de lápices de colores "Alpino" de seis (a veces, de doce) unidades. Tampoco faltaba un plumier o alguna maleta de cartón para el colegio. Los más afortunados gozaron de su tren o cochecito (de lata), del camión de madera o, algo más adelante, la caja de Juegos Reunidos "Geyper". Incluso tuve un amigo con una caja de soldaditos de plomo. Las niñas no salían de sus peponas de cartón, sus cocinitas de cartón y lata o el bastidor para bordar. Las bicicletas de niños y cadetes vendrían algo más adelante.

    Podemos recordar que sólo teníamos un libro para todas las asignaturas (primero el Catón, luego la Enciclopedia Grado Preparatorio y, al final, la de Segundo Grado), un par de cuadernos y otro par de caligrafía valían para todo un curso, y un lápiz duraba y duraba hasta que el culito ya no se podía coger con los dedos. También la pluma era usada a diario (una simple plumilla asida a un mango de madera que mojábamos en el tintero ubicado en la parte superior de la banca o pupitre). Todo esto, como pueden ver, nada tiene que ver con esas pesadas mochilas llenas de libros, cuadernos, bolígrafos, rotuladores, compases, etc., que se ven obligados a llevar cada día nuestros escolares.

    Aquellos niños de los cincuenta no tuvimos, prácticamente, nada. Y fuimos muchos los que comenzamos a trabajar con ocho o diez años (al tiempo que estudiar) para ayudar a reconstruir la España en la que nacimos -la que nos tocó-, muchos los que aportamos esfuerzos y sudores para poner los cimientos de esta España de ahora. ¿Que nuestros hijos tienen de todo? Afortunadamente...

    Viéndolos, podemos vivir y recrear aquella infancia que apenas tuvimos.







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