La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2004

    El monstruo que no cesa

  • El monstruo inmisericorde del que les voy a hablar, aunque nadie -a juzgar por los hechos- parece percatarse de su presencia, vive aquí entre nosotros desde hace ya muchos años. Sus peludas garras le arrancan la vida a cientos de ciudadanos cada mes y sus terroríficos coletazos manda a sillas de ruedas y al uso de aparatos de inválidos -cuando no a postraciones eternas e irreversibles- a otros pocos cientos.

    De acuerdo con las cifras de la Organización Mundial de la Salud, más de un millón de personas mueren anualmente en el mundo en accidentes con vehículos a motor, mientras que otros 20 millones resultan heridas. Sólo en la U. E. más de 42.000 personas mueren anualmente y aproximadamente unos 3,5 millones resultan heridas.

    Las cifras -aterradoras-, referidas sólo a las carreteras españolas, nos hablan de unos 6.000 muertos cada año, cifra a la que hay que sumar el número de heridos graves, que podrían superar los 40.000, y el de heridos leves los 250.000.

    Estos números, unos 500 muertos cada mes y una cifra algo superior de heridos graves con daños irreversibles, suponen que en nuestras carreteras -en cuanto al número de víctimas- se da cada treinta días hasta tres veces los trágicos sucesos del 11-M sin que los medios les dediquen más allá de una breve reseña en la columna de Sucesos o -si consiguen algunas imágenes truculentas- unos breves segundos tras la media hora dedicada al fútbol en los Telediarios.

    A las pérdidas humanas -que sin duda es lo más terrible- hay que añadir los costes hospitalarios, los costes de rehabilitación, los costes administrativos, los costes de los daños materiales, las pérdidas de producción, etc., cantidades de muchos millones de euros que supone para nuestra sociedad una tremenda carga con graves repercusiones en la economía general.

    Tendríamos que preguntarnos por qué se da y se permite este extraño fenómeno sin que, aparentemente, ni las autoridades ni nosotros mismos, hagamos nada por evitarlo. Indudablemente, habría que diseccionar y analizar a fondo cada uno de los muchos elementos que concurren en su existencia para poder llegar a algunas conclusiones válidas. No obstante, sin entrar a fondo en esos análisis, podemos decir a grandes rasgos que, asumiendo que los vehículos existen y son necesarios, que las carreteras están ahí -mejores o peores, pero cada día mejor adaptadas a su fin- y que existe una normativa -bastante elaborada y perfeccionada- para el uso de los vehículos sobre las vías públicas, el elemento que falla en todo el entramado no es otro que el individuo que sube al ingenio mecánico y lo conduce.

    Hace falta una mayor preparación para conducir, un mejor conocimiento del equipo que manejamos y sus reacciones en las más diversas circunstancias, y, sobre todo, una perfecta concienciación de que nuestro querido y más o menos flamante bólido es un instrumento de doble filo -tan útil y pacífico como arma mortal- con el que no podemos permitirnos ni el menor descuido.

    Servidor de ustedes, con casi cuarenta años de carnet, con coche desde antes que comenzara a salirme bigote, con muchas horas de volante y muchos miles de Kms. a las espaldas, echa la vista atrás y recuerda cuántas veces se podía haber dejado la vida por esas carreteras de España. Hay, al menos, cuatro ocasiones en las que las circunstancias estaban presididas por una señora de negro y guadaña en ristre que me tendía la mano para que me fuera con ella. ¿Cómo la eludí? No lo sé... Lo que sí sé es que, ahora, con mucha plata en los aladares, sumando y entendiendo el dos y dos de esas muertes que dejé atrás, y sabiendo que los sumandos están ahí a cada vuelta de volante, en cada curva, en cada instante a lo largo de la cinta de asfalto, no quiero dar opción a que las matemáticas me demuestren que aquel cuatro que no salió fue porque el ángel de la guarda le quitó de la mano a la Parca el negro tizón con el que quería escribir mi suerte sobre la pizarra del destino...

    Decididamente, y desde hace unos años, apenas utilizo el coche. El tren o el avión, o incluso el barco, son buenas opciones si se necesita viajar. Sus índices de muertos viajero/km son infinitamente más bajos que los que nos ofrecen, sin excepción, todas las carreteras. Y el autobús sólo para desplazamientos urbanos.

    Sólo me queda añadir que ojalá pudiera trasmitir desde aquí siquiera un poco de estas sensaciones, de estas vivencias, de esta conciencia, a todos esos chavales que se están dejando la vida por las carreteras de España y del mundo. Ojalá estas torpes líneas sirvieran para despertar una mínima conciencia en cualquiera de esos 3.000 jóvenes conductores que mañana estarán muertos...







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