La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2004

    LEYES, LAS DE HOY

  • Las leyes, a pesar de su sacralizada apariencia de ser lo más correcto, justo y ecuánime para el necesario y debido reparto de derechos y justicia entre los ciudadanos, a poco que te pares a mirarla, ves que no son otra cosa que un instrumento cambiante -no siempre acertado- y continuamente adaptado a las circunstancias que en cada época y momento requiere la sociedad.

    Para confirmarlo, bastaría contemplar cualquiera de las muchas leyes que han sido modificadas en los últimos treinta años, por ejemplo, las referidas al aborto, que, entonces, descrito y tipificado en el derecho penal español como delito y penado con bastantes años de cárcel -y por el que, sin duda, muchos se vieron entre rejas-, hoy están derogadas y admiten tres supuestos para la práctica del mismo. Y ahí no para la cosa, pues ya se anda contemplando la posibilidad de despenalizarlo totalmente y que la mujer pueda decidir con total libertad la continuidad o no de su embarazo.

    Yo, como muchos, me pregunto si las leyes que actualmente nos aplican son las más idóneas y si están provistas de la suficiente virtud como para ser aceptadas y aplicadas sin más, o, si, por el contrario, aún nos enfrentamos y sufrimos un conjunto de despropósitos legales y jurídicos -que, si no anacrónicos- desfasados y ausentes de la suficiente bondad y lógica.

    De ninguna manera puedo dudar de la buena fe, profesionalidad y sentido de la justicia de la mayoría de los jueces encargados de aplicarlas -aunque haya casos demostradores de lo contrario-, pero, como todos sabemos, las leyes no las hacen ellos: las promueven, aceptan y les dan vida una serie de personajes no profesionales, del más variado pelaje, consignas y banderas y cada uno con sus propios intereses, que, dejando atrás su profesión de vendedor de platos y porcelanas finas, de maestro de EGB en continuada e inacabable lucha contra las oposiciones, o, incluso, letrados de recién inaugurado despacho en comandita y a la espera de ver entrar al primer cliente, aprovechan su, generalmente, fugaz incursión en la política para dejarnos su lustre, talento e interés en las honorables y resignadas páginas del código penal, civil y demás congéneres.

    Para sustentar, o sustantivar, los dos párrafos anteriores, permítanme traer a colación una ley, aún más atrás en el tiempo, pero que gozaba de total credibilidad y era aplicada -y aceptada- con la seriedad y formalidad inherente a todas las demás leyes. Me refiero a la Ley Caldaria. El juez, en presencia de acusadores, testigos y demás, disponía un caldero con agua hirviendo y hacía que el acusado metiera en ella la mano y el brazo hasta por arriba del antebrazo. Si éste lo sacaba ileso y sin el menor daño, quedaba demostrada su inocencia; caso contrario, era culpable.

    Resulta, cuando menos risible e histriónico, pero así eran las leyes. Eran las de entonces, claro, pero en su tiempo y momento, tan aceptables y tan buenas como ahora lo son las que tenemos.

    Y a este respecto, no puedo dejar de decirles que tengan mucho cuidado si se bajan canciones o ciertos programas de Internet o hacen copias de CDs o DVDs saltándose las protecciones anticopias de los mismos. En el recién remodelado Código Penal, sobre todo en los artículos 270 y 286, se recogen disposiciones -llenas de imprecisiones y vaguedades, según varios letrados expertos en estas materias- que, si la policía informática le sorprende en algunas de estas prácticas (y actúan cuando menos se lo espere y sin denuncia previa) podrían dar con sus huesos en la cárcel.

    Uno de estos abogados explica -con respecto al nuevo articulado y los nuevos delitos que recoge- que se puede dar la paradoja de que bajar una canción, o incluso un fragmento, podría llevarte a la cárcel, pero, si decides hurtar el disco original en la tienda más cercana, no cometerías delito sino una mera falta, porque la cantidad no supera los 300 euros.

    Así, pues, si decide echar un vistazo a este plano del panorama social y sale llorosos los ojos y compungida el alma, trate de recomponerse pensando que peor lo tenían aquellos antepasados nuestros que tenían que remangarse el sayo hasta el hombro mientras miraban de reojo el caldero y pensaban -al igual que nosotros- que cómo era posible que este pequeño y bonito mundo albergue a tanto mamarracho ilustrado, zoquetes apesebrados, indolentes irresolutos, chapuzas desmañados, y, sobre todo, a tantísimo hijo de puta.






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