La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2007

    EL BARCO DE LOS SUEÑOS

  • Que se hunda un pesquero con cincuenta años de servicio en mitad de una fuerte galerna a muchas millas de las costas cántabras, con ser una tragedia que nos dibuja a todos un ramalazo de tristezas en los rostros (en solidario luto por los seis u ocho tripulantes que se dejaron la vida en la búsqueda del pan para sus hijos), no deja de ser algo que podemos entender, algo que podemos considerar inevitable y que sucede desde que el primer hombre se montó sobre unos maderos y comenzó a echarles pulsos a la mar.

    Pero que esto le suceda a un barco de lujo, a un moderno crucero con diez cubiertas y al que, dado el fin a que se destina -pasear por el mar a miles de turistas-, se le supone construido con las más altas tecnologías y disponiendo de todas las medidas de seguridad habidas y por haber, y que, además, le suceda a plena luz del día, con una mar completamente en calma y a escasos metros de un tranquilo puerto como el de la isla de Santorini, es sencillamente inaudito.

    No podemos por menos que recordar que ya a principios del siglo pasado, cuando aún nuestras modernas tecnologías ni siquiera eran un sueño, ya había animosos hombres de empresa y sesudos ingenieros que se preocupaban de la seguridad de los buques, que se devanaban los sesos en construir barcos que pudieran surcar los océanos con la máxima comodidad y total garantía de seguridad para sus pasajeros. De ahí nació ese barco en los astilleros de Belfast del que se decía "Ni siquiera Dios puede hundirlo". Desgraciadamente, los "elementos" (los de siempre, los interese económicos de unos y la mala gestión gobernante de otros) se aliaron con la mala suerte para que el "Titanic", justo en su viaje inaugural, el 14 de abril de 1912, terminara sus días bajo las frías aguas del Atlántico Norte cerca de Terranova. Un iceberg, un témpano de hielo mucho más grande que el mismo barco, le descerrajó una artera cuchillada en las ingles por debajo de la línea de flotación para mandarlo a su inconcebible destino de las negras profundidades.

    Pero está claro que este otro lujoso crucero, este supermoderno émulo del "Titanic", este "Sea Diamond" o Diamante del Mar, era poco más que unas pocas latas ensambladas alrededor de un engañoso y fraudulento sueño de lujos y perifollos, poco más que un juguete de cartón piedra con el que jugaban a los barquitos unos pocos chavales irresponsables. Porque ¿dónde coño estaba el capitán y el primer oficial y el segundo y el timonel y el oficial de derrota y los demás encargados de que 1.600 personas llegaran a puerto tras haberse gastado sus buenos dineros en un viaje de placer? Efectivamente, cogiendo moscas.

    Inaudito. Tan increíble y escandaloso como que las autoridades y gobiernos de este llamado primer mundo permitan que miles de personas suban a bordo de esas cuatro latas que andan los mares sin otra defensa ante cualquier vicisitud que una estampita de la Virgen de Veniduerme colgada en el pañol de proa y mucha confianza en que las olas y los vientos no quieran participar en el juego. Tan singular e infame como que los responsables de esta trastienda de manicomio que es la navegación marítima exijan a buques mercantes y petroleros su construcción con doble casco y otras medidas de seguridad, y a estos otros, con una carga de miles de personas recorriendo cada día miles de millas náuticas por simple placer y asueto, no se les exija ni doble casco ni tanques con mamparos estancos ni ninguna otra medida de seguridad que la ya referida estampita de la virgen.

    La triste estampa del majestuoso buque hundiéndose me causó una honda impresión -quizás a todos los que pudimos contemplarlas en la TV-, principalmente porque, una vez convencido de que los 1.600 ocupantes se salvarían sin más problemas (luego he sabido que dos ciudadanos franceses se encuentran desaparecidos), lógicamente, me dio por pensar que cómo era posible que aquel lujoso barco, aquella riqueza flotante, no dispusiera de unos elementales -y puede que imprescindibles para ese uso- sistemas de tanques, mamparos y compuertas estancas en su obra viva que lo hubiesen dejado flotando sobre las olas y permitido llegar a un dique para una simple chapuza de diez días y a seguir navegando. Está claro que los tanques se habían convertidos en camarotes y los sistemas de seguridad en 500 viajeros más que aflojaron la pasta para ver cumplido su sueño de un viaje de placer en un crucero por las islas griegas.

    El Capitán Ioanis Marinos y demás oficiales responsables tendrán que apechugar con sus culpas, es lo justo, pero, ¿y el armador?, ¿y los encargados de contratar a personal tan inepto?, ¿y los responsables de que la navegación, toda, pero más aún en los buques donde van miles de personas, sea segura ante cualquier eventualidad de las muchas que guarda el mar? Mucho me temo que, una vez más, como siempre, el pato lo paguen los cuatro artilleros que manejaban el cañón, mientras que los que ordenaron la guerra, los únicos y auténticos responsables, sigan allá en sus mansiones y despachos contando dineros y pensando cómo quitarle hierros a los barcos para que quepan otros 500 pasajeros más.

    Pueden que sus madres fueran unas santas, pero cualquiera que la vista fije en estos crisoles de bastardía sólo verán (y disculpen que me quede corto) a muchísimos hijos de puta.
     





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