La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2007

    LA NUEVA ESPAÑA

  • Hace varios años, concretamente en febrero del 2000, escribía un artículo en esta misma revista en el que, con el título de "Con turbante o chilaba", comentaba la escasa natalidad que se observaba en nuestro país -una de las más bajas del mundo- y aseveraba que, de continuar así los índices natalicios y la masiva llegada de inmigrantes (entonces magrebíes en su mayoría), en un plazo más o menos corto, nos veríamos todos con un turbante o fez por sombrero y vistiendo una chilaba.

    Por supuesto que nada tengo en contra de nuestros vecinos marroquíes, argelinos o de cualquier otra parte de esta inmensa y maltratada tierra que tenemos ahí a un tiro de piedra. Y diría más, que a cualquiera de nosotros, los españoles que habitamos las antiguas tierras de Al Andalus, de Al Musata, de Al Sarq o de cualquiera de los otroras reinos y condados de España, nos hacen unos sencillos análisis genéticos y nos pondrían en claro que por nuestras venas corre más sangre musulmana que por la carótida del mismísimo moro Musa. Si pudiéramos rebobinar la película de la Historia, en cuanto nos remontáramos un poco en el tiempo nos toparíamos con más de un tatarabuelo -mío, de Vd. y de aquel señor de la corbata- que usaba turbante o chilaba y se postraba todos los días cinco veces hacia la Meca. Setecientos años son muchos años. Y esos son los que anduvimos los mismos caminos y convivimos bajo el mismo techo moros y cristianos. Así, pues, bienvenidos sean nuestros -aunque quizás ya lejanos- parientes de la chilaba y el Shalam Aleikum.

    Sin la menor duda, hay que reconocer que la inmigración, la enorme ola de inmigrantes llegada en estos último años, no sólo nos ha resuelto el gran problema de la escasa natalidad -y por ende, conseguido que España vuelva a tener unos índices de población más acordes con su status como país-, sino que la misma se revela como un factor de decisiva importancia para nuestra economía. Son ahora mismo más de cuatro millones, casi cinco, los inmigrantes llegados y establecidos -la mayoría legalmente, o sea, con papeles- en nuestro país (una de las mayores tasas de inmigración del mundo, tres o cuatro veces mayor que la tasa media de Estados Unidos y ocho veces más que la francesa), lo que viene a suponer alrededor de un diez por ciento de la población total española.

    Si profundizamos en los índices estadísticos de este fenómeno, veríamos que, por su edad (una media de 30 años), estos casi cinco millones de nuevos españoles y residentes -donde además de subsaharianos y magrebíes se cuentan muchos sudamericanos y de países del Este- se suman para rejuvenecer la población española, cooperan de manera importante en normalizar los índices de natalidad, colaboran eficazmente en mantener la Caja de la Seguridad Social -más de la mitad de las altas y nuevas afiliaciones-, ayudan al crecimiento del PIB de manera significativa, ocupan puestos de trabajo en sectores para los que antes apenas había oferta, como los servicios (doméstico, hostelería, recogida de basuras, etc.), la construcción, la agricultura y otras muchas labores en las que hasta hace unos pocos años aún veíamos a licenciados en paro.

    En definitiva, que los inmigrantes, los nuevos españoles, son necesarios.

    Pero, si continuamos revisando estos índices, nos percataremos -quizás con cierta sorpresa- que también tienen su parte negativa. Uno de estos efectos negativos -que nos lo sirven cada día en todos los medios de comunicación- es el de mujeres asesinadas aquí en España por sus parejas. Si le ponemos atención al asunto y nos preocupamos de saber la nacionalidad de la pareja, comprobamos que una buena parte de los protagonistas de estos luctuosos hechos -cuando no ambos, al menos uno de los componentes- son de nacionalidad extranjera. La proporción va subiendo por años y ya en 2007 podemos ver que ésta se va aproximando a la mitad, lo que supone, si tenemos en cuenta que la población extranjera es de sólo un diez por ciento, que la mayoría de estas muertes -si diferenciamos el tema en este índice común- tienen como protagonistas a personas llegadas de fuera. Podemos decir otro tanto de las mujeres inmigrantes que sufren malos tratos, que presuponemos muy superior a los datos conocidos, y cuyo índice de denuncias es ínfimo, sin duda por la aceptación de costumbres y las diferencias culturales, a lo que se añade el temor que supone la posible expulsión del país del homicida o maltratador.

    Otros temas negativos en los que que se ve implicada una alta tasa de población extranjera (mínima, si se quiere, comparándola con la mayor parte de los inmigrantes establecidos, que nos consta que son gente honrada, trabajadora y excelentes personas), son las bandas de atracadores que actúan en chalets y zonas residenciales, las dedicadas a la prostitución y la trata de blanca, a la introducción de dinero falso, al robo de vehículos y a otros muchos delitos. También serían reseñables las bandas juveniles (sudamericanos casi en su totalidad) comos los Latin Kings, Ñetas, Maras y otras que son un auténtico problema para la ciudadanía, sobre todo para menores y adolescentes, en algunas ciudades españolas. Palizas, extorsiones, agresiones, violaciones, asesinatos y violencias de todo tipo se van convirtiendo en una constante llevada a cabo, casi en exclusiva, por estos "tiernos infantes" repobladores de la nueva España.

    Nos podríamos extender en otros muchos factores observados en la TV y prensa diaria en las que los índices se dan como de la población española, pero donde, muchas veces, los protagonistas son inmigrantes, por ejemplo, los accidentes y muertes en carretera, los muertos en accidentes laborales, incluso, entre las víctimas del terrorismo de ETA, donde también comienzan a contarse inmigrantes junto a los españoles.

    En esta nueva España comienzan a perfilarse los horizontes de la universalidad. Comienzan a convivir etnias y culturas diversas, y, unas más proximas, otras más lejanas o más diferentes en sus orígenes, nos permite presuponer un futuro no muy lejano donde no existirán ni moros ni cristianos ni negros ni blancos ni buenos ni malos ni europeos ni subsaharianos, sino sólo hombres. Quizás sería necesario borrar de los anales de la historia y el conocimiento algunos nombres de los que brillan en letras de oro y por cuya virtud se ha derramado la mayor parte de la sangre de la humanidad, pero, apenas nos esforzáramos un poquito, unos y otros, oriundos y extranjeros, y sobre todo mandamases, gobernantes y dueños del capital, conseguiríamos un mundo bastante más perfecto y acogedor que este tan puñetero en el que nos ha tocado vivir.

    También es un sueño, pero, ojalá se cumpla.





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