La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2008

    LA MATÉ PORQUE ERA MÍA

  • Martes, 26 de febrero. Cuatro mujeres más asesinadas en España. Así, en un solo día. Un terrible azote que venimos sufriendo todos en nuestras conciencias, un doloroso problema que, a tenor de lo que la realidad nos muestra cada día, parece no tener solución y que, inevitablemente, nos obliga a reflexionar, a preguntarnos qué está pasando. Hagámonos unas simples preguntas:

    ¿Por qué ocurren estos hechos detestados por todos? ¿Hacen las autoridades competentes lo necesario para que estos asesinatos no se repitan? ¿Hay realmente soluciones eficaces para eliminar de manera definitiva ésta y demás facetas de la violencia de género? Veámoslo de una manera cruda y objetiva.

    Diferenciemos. No debemos olvidar que el hombre, el género humano, no es sino un animal en plena evolución -mínima en su duración si aplicamos las medidas de nuestro actual conocimiento- que ha de continuar durante muchos siglos aún para borrar de sus genes las pulsiones e instintos desarrollados o adquiridos en los diversos procesos de su vida evolutiva. Es por ello que el hombre, aun cuando son muchos y ostensibles los cambios conductuales devenidos del raciocinio y la necesidad-obligación de adaptarse a los tiempos, mantiene en su conducta -o conjunto de conductas- tanto actitudes propias de la inteligencia con que está dotado como las inducidas por atavismos residentes en su genética. De ahí afirmamos -y podemos verlo en cualquier página de la Historia- que el hombre es tan capaz de realizar las acciones más sublimes como las más canallescas.

    Una de las pulsiones más fuertes existentes en todo ser vivo es, sin la menor duda, el sexo. Sabemos que los machos de cualquier especie pelean hasta la muerte por la posesión de la hembra y el derecho a aparearse. El macho humano, el hombre, no está desprovisto de este atavismo genético. La percepción o idea de la propiedad de la hembra nace en muchos individuos unida a un absoluto y total convencimiento de que nada ni nadie puede arrebatársela, ni siquiera ella misma tiene potestad alguna para romper ese vínculo de propiedad. A estos individuos, generalmente de carácter violento -y existentes en todas las clases sociales, si bien, el porcentaje es mayor, o más visible, cuanto menor el nivel cultural y social-, no les valen leyes ni argumento alguno que vaya en contra de su atávica idea. Con su pareja -normalmente también con la prole-, desde los mismos comienzos de las relaciones hace uso y abuso de la ley del más fuerte para imponer sus criterios. Cuando estas relaciones se quiebran, excepción hecha de que exista el repudio por parte de él, a mayor interés por el alejamiento por parte de ella -y más aún si interviene la ley u otros factores externos- más se exacerba su indubitable sentido de la propiedad y la idea de macho humillado, herido en lo más hondo e íntimo de su condición masculina. Y el resultado no es otro que el ya conocido por todos: pistola, navaja, gasolina, empujón por la ventana, etc. En estos casos, y a diferencia de una infidelidad sorprendida "in fraganti", no existe locura momentánea ni pérdida de control, sino, al contrario, una absoluta frialdad que le ayudará a maquinar hasta cumplir su obsesivo deseo.

    ¿Qué se hace? Las autoridades tienen perfecto conocimiento de lo que ocurre y, sobre todo en estos últimos años y gracias al tesón de muchas mujeres, hacen cuanto pueden por atajar o minimizar los hechos que se incluyen en la violencia de género (aunque los medios puestos a disposición son mínimos e insuficientes). La creación de la Ley Integral (aprobada en 2004) y otras medidas complementarias, a pesar de que recoge normativa antes no existente y útiles para la protección de la mujer, ha demostrado total ineficacia con respecto a las muertes de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Y es que no basta la creación de una ley (de la misma forma que las leyes Civiles o Penales no eliminan la comisión de los delitos) para atajar esta más que conocida y usual (pues existe desde el principio de los tiempos) violación de derechos de la mujer. Se necesitan soluciones que den respuesta a todas las posibilidades y situaciones que puedan dimanar del auténtico origen causal de los hechos.

    ¿Soluciones? Sí, pero no inmediatas. Recordemos que, a la equivocada -por descuidada, por no decir hecha adrede- educación recibida por todas las generaciones hasta la actual, se une el jamás combatido ni tenido en cuenta componente genético. Fundamental es la enseñanza desde la cuna de que hombres y mujeres son iguales a todos los efectos, con especial énfasis en dejar claro que nada ni nadie otorga derecho alguno de propiedad del uno sobre el otro. Pulsiones e instintos atávicos se irán disipando de la misma forma que otros felizmente superados, como, por ejemplo, el de apropiarnos por la fuerza de las cosas de otros. Nadie irrumpe hoy en día en la casa o finca del vecino y se hace dueño de ella porque sí, cosa que era muy normal hasta hace unos pocos cientos de años. Es, pues, un problema cuya definitiva resolución requiere tres componentes: Conciencia, educación y tiempo.

    ¿Y mientras tanto? Es una difícil papeleta en la que deberían entrar a saco psicólogos y especialistas en el estudio de la conducta humana. Supongo que las autoridades y organismos contra el maltrato de la mujer terminarán por percatarse de que estos graves hechos no se resuelven con temporales penas de prisión, órdenes de alejamiento o pulseras localizadoras, incluso ni con las actuales casas de acogida, y propondrán -como mínimo y a falta de otras posibles mejores soluciones- pautas de comportamiento a seguir por las afectadas en tanto no se disponga de una solución definitiva.

    Un problema difícil, sangrante herida que viene a recordarnos nuestros humildes orígenes de animal, y cuya solución, repito, ha de venirnos por el desarrollo de una conciencia colectiva, una correcta y lógica educación... y tiempo.






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