La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2008

    EL DINERO, NUESTRO SEÑOR

  • Muchas veces me he preguntado quién manda realmente en este país, quién hace y deshace, quién controla el dinero y la economía de España y los españoles.

    La respuesta, a pesar de su complejidad, me va resultando cada día más clara: ni el Ministro de la cosa ni el gobierno en pleno son los responsables de las subidas de la vivienda, de las hipotecas, de la cesta de la compra, de la luz y el agua y el teléfono y los coches y los seguros, etc. Sí son responsables de la política económica interna, de regular los diferentes sectores y de vigilar la aplicación de las normativas legales existentes en cada uno de ellos (leyes -o mandamientos- hechos a la medida), pero, está claro que no tienen potestad alguna para decidir una subida o bajada del precio del dinero, del tipo de interés, de la inflación, de los cambios en la Bolsa, etc. Por lo tanto, si Vd. ha de hacer frente a una subida de 80 euros en el recibo mensual de su hipoteca, no es porque su Banco, ni el Gobierno ni el señor ministro de Economía han decidido subirle el interés de lo prestado, sino porque el poderoso Banco Central Europeo, representante máximo del omnipotente dios Dinero en esta barriada llamada zona euro, unilateralmente y porque así se lo requiere su santa doctrina, ha decidido subir 0,25 puntos el precio del dinero. Y si le suben dos euros el litro de gasolina, no es porque al dueño del surtidor o al ministro del ramo les dé la gana, sino porque, con superior permiso de la divinidad y toda su curia, el barril de Brent en el mercado interbancario se cotiza cada día a lo que les interesa a los diferentes evangelistas mediadores.

    Explicar al ciudadano de a pie -ni siquiera a este nivel divulgativo- qué es realmente la economía y las finanzas -y cómo les afecta-, me parece algo imposible. Desde hace bastante tiempo veo y escucho a varios expertos en finanzas, entre ellos a dos magníficos economistas, Emilio Ontiveros y Juan José Toribio en la CNN+, a los que escucho con complacencia por sus profundos conocimientos del tema y la claridad expositiva con que nos muestran cada día sus opiniones y análisis de la situación. Pero la filosofía y doctrinas que envuelven a esta "divinidad" son tan complejas que, pienso, ni siquiera estos expertos teólogos podrían hacernos comprender técnicas y métodos, fundamentos, principios, objetivos, jerarquías, estructuras, etc., etc., y mucho menos revelarnos con absoluta claridad quién manda aquí y quiénes son los supremos pontífices en la Tierra del tan poderoso dios Dinero.

    Y, no, naturalmente, no se trata de que nos ilustren en esta ciencia social que estudia los procesos de producción, intercambio, distribución y consumo de bienes y servicios, o, en clave marxista, "la ciencia que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución, la circulación y el consumo de los bienes materiales que satisfacen necesidades humanas", ni que nos llenen la cabeza con las aproximaciones y tendencias en el comportamiento de las variables económicas, conceptos de costes sociales objetivos entre recursos escasos y alternativos o los grandiosos milagros de la ingeniería financiera. De lo que se trata es de que se explique a la gente común, a cualquier productor, que quién dicta e impone las leyes por las que el 99 % del valor neto de su producción se lo reparte -en proporciones variables- el binomio Estado/Capital y a él le conforman con las migajas que quedan.

    Una vez que el productor -la gente- sepa y tenga asumido que quienes dictan estas leyes no son de "este mundo", que no son ni los ministros ni los gobernantes sino seres extraordinarios tocados por la gracia del más omnipotente y poderoso de los dioses, seres excepcionales y etéreos que viven a la diestra de lo inmenso, y que, porque así está escrito en su sagrada doctrina, éstos nombran a otros semidioses y delegan funciones y poderes en prohombres y otros prosélitos, es posible que entiendan por qué a ellos no le alcanza el sueldo para llegar a fin de mes mientras a otros muchos les sobran los recursos, por qué ellos no pueden ni siquiera pagar una hipoteca para una humilde vivienda mientras otros muchos tienen varias en propiedad y viven en mansiones suntuosas, por qué ellos no pueden darle a sus hijos ni para el autobús que los lleve a la escuela de FP mientras otros tienen a los suyos en la Universidad de Princeton, por qué, en fin, ellos que son los que producen cada día las riquezas, el trigo, las papas, los garbanzos, los ladrillos y el cemento, los que sacan el hierro y el carbón de las minas, los que funden las piezas y montan los automóviles, los que construyen las casas y las líneas eléctricas, los que traen de la mar las merluzas y los langostinos, los que cavan los cimientos y construyen encima una nación viva no tienen nada mientras los otros, esos pocos otros, son los que disfrutan, gozan y viven la vida.

    Si nos pusiéramos un poco aristotélicos tendríamos que asumir, siquiera por reducción al absurdo, que la economía y las finanzas son buenas, justas y necesarias, que la neoeconomía del mercado global es aún más beneficiosa que la seguida hasta el pasado siglo y que la comunión Estado/Capital no persigue otros fines que el desarrollo de los pueblos y el bienestar de todos los ciudadanos. Pero, como no podríamos convencer al mileurista que no le alcanza el sueldo para llegar a fin de mes, ni a aquel otro que lleva cuatro años buscando trabajo, ni a aquel joven matrimonio que vive con la madre porque no pueden ni alquilar una casa, de que los sueldos son y deben ser así porque así lo marcan las sagradas escrituras de la economía y así lo quieren los omnipotentes señores de las finanzas, y como el productor -la gente de siempre- terminaría por rebuscar en bibliotecas y sindicatos, en la prensa y en los libros, en los archivos y en la Historia, para ver de encontrar una solución, una fórmula que explique cómo se soluciona esto, y para evitar tener que explicarle cosas tan abstractas como trabajo-mercancía, plusvalías de la inversión, capital y rendimientos, monopolio y explotación, acumulación y reinversión, etc. (que podría necesitar de explicaciones complementarias como el círculo vicioso, supervivencia gremial, prevención de dentelladas dentro de la horda de lobos, etc., que deberían ser tratados exclusivamente como asuntos internos), lo mejor sería -con permiso de Marx y Engels- fabricarles y distribuirles un cuadernillo a modo de breviario que recoja, breve pero claramente (no piense mal, nada que ver con el libro rojo de Mao), los principios, fundamentos y leyes de la economía actual, una especie de catecismo ilustrativo de la sagrada doctrina del todopoderoso dios Dinero y la necesidad-obligación de acatarla, venerarla y seguirla para todo aquel que ha nacido sin otra condición que la de proletario y vive a esta otra parte del Paraíso.

    La gente terminaría por entenderlo, y asumir que esta poderosísima neoreligión -la única en la que la deidad es absolutamente material y visible-, aunque los neófitos parten necesariamente de la mísera situación del mileurista, no hace dudosas promesas para la otra vida, sino una propuesta real y tangible de prosperidad y abundancia para vivirla en ésta. Y así dejarían de estar siempre mascullando entre dientes improperios tales como "los muertos de estos hijosdeputas explotadores", "estos cabrones no son más que vampiros chupasangres...", y otras lindezas por el estilo.

    Y termino con una cita (de un tal C. M.) que dice: "Los que se oponen al dios dinero pueden ser muy numerosos, pero sólo pueden triunfar si están unidos por la organización y guiados por el saber."

    ¿Qué querría decir el camarada Carlos con esto? ¿Acaso le era dable pensar en una sublevación contra aquél que todo lo puede? Ni pensarlo: el triunfo de nuestro inmarcesible y poderoso señor dios Dinero está asegurado.






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