La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • ARTÍCULOS DE OPINIÓN
    Año 2010

    OBAMA, HIJO DE LA AURORA

  • Mi sorpresa fue mayúscula. Fue la noche del pasado jueves día 22, cuando, tras el último bostezo viendo las continuadas chorradas con que nos martirizan cada día cualquiera de las cadenas de TV -da igual que analógica o en TDT-, apareció el rostro más popular y esperanzador de todos los tiempos. Nada menos que el mismísimo Presidente de la nación más poderosa de la Tierra, el emperador de la tez de bronce en uniforme de trabajo y tras la mesa púlpito desde la que sus palabras se erigen en Ley que hace retemblar los cimientos de todas las naciones.

    Barack Obama estaba serio. Y sus palabras también parecían muy serias. Su dedo acusador no señalaba al cielo sino al frente y algo arriba, al altísimo de aquí, al gran dios de la Tierra, al todopoderoso señor que todo lo puede y cuyo omnipotente poder extiende su verde manto por los bolsillos, las conciencias y las esperanzas de los hombres.

    "No voy a consentir más que los ciudadanos sean rehenes de los Bancos. No consentiré más que sean los ciudadanos quienes paguen sus errores. No consentiré más que sus ambiciones destrocen la vida de mi país y la de mis conciudadanos. Exigiré que paguen el dinero recibido hasta el último dólar. No habrá más manga ancha y no les dejaré crecer más allá de lo que alcance mi mano..."

    Sinceramente, no podía creérmelo. El presidente Obama rebelado contra su dios, convertido en un Luzbel redivivo, en el Portador de la Luz para los hombres, en el Lucero de la Mañana para las conciencias de los humanos, en el Hijo de la Aurora para las esperanzas perdidas... Por un momento pensé que ya me había dormido y me restregué los ojos con fuerza... No, qué va, no estaba soñando. En absoluto. Allí estaba el Gran Jefe, aseverando con ojos de convencimiento y voz grave: "Y si quieren guerra, la tendrán, aquí estaré, aquí me encontrarán..."

    No podía ser. Pero era. La primera reflexión -a vuelapluma- me trajo de inmediato a la mente la otra cara de la moneda: un vulgar montaje, una connivencia pactada entre el gran dios de los verdes resplandores y su hijo más querido, su lucero electo para los futuros mañanas, su ángel más bello para la continuidad de todo, que vendría a acallar las maledicencias de los humanos y a convencerlos de que antes de que cante el gallo los ríos de dólares fluirían desde la gran manzana a los bolsillos de todos los creyentes.

    Pero, por otro lado, ¿por qué no podía ser verdad?, ¿por qué no podía el Hijo de la nueva Aurora, elegido apenas un año antes por millones de norteamericanos y contando con todas las bendiciones del mundo occidental, rebelarse contra el Gran Amo y cantarle las cuarenta en bastos y las veinte en espadas? ¿Acaso debía tener miedo? ¿Él, el Comandante en Jefe del ejército más poderoso de la Tierra, el Presidente electo de la nación más rica y potente del mundo, el Caudillo y paladín de las esperanzas de 300 millones de norteamericanos y de 3.000 millones más de ciudadanos de todo el mundo? ¿Miedo?

    Claro, que, pensándolo bien, en un tema tan trascendental como éste, se hace necesario tener en cuenta las experiencias de los tiempos pasados. Y las experiencias nos dicen que nada ni nadie puede rebelarse contra el dios que todo lo puede, incluso, aunque este dios sea sólo el dios de la Tierra... Yo no sé cómo lo haría y con qué poderes contaba aquel bello ángel que, tiempos ha, se rebeló contra el Dios de las alturas, pero, según nos cuenta Isaías, profeta y cronista de la época, el batacazo fue de órdago a la grande. Así nos refiere el asunto: ¡Como has caído de los cielos, oh, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Has sido abatido a la tierra, dominador de naciones! Tú, que dijiste en tu corazón, "Al cielo subiré. Por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono y me sentaré en el Monte del Testimonio, a los lados del norte. A las alturas de las nubes subiré y seré como el Altísimo..." ¡Ya! Has sido precipitado a lo más hondo del pozo. Los que te ven, en ti se fijan, te miran con atención. ¿Ese es aquél, el que hacía estremecer la tierra, el que hacía temblar los reinos...? (Isaías 14.12-14).

    Terrible dilema el que se nos presenta. Por un lado, el Lucero Esperado, la Gran Esperanza para los parias de la Tierra, rebelado y puesto en pie de guerra, ¡por fin!, contra el poderoso caballero dios de los mortales para despojarlo de sus etéreos póderes y reducirlo a la misma condición de los humanos. Y por otro, el dios de siempre, cabreado e iracundo, que recurrirá a toda la fuerza de sus verdes poderes para echar al pozo más hondo a aquél a quien había dotado de poder sobre los hombres y depositado toda su confianza.

    ¿Quién vencerá en lucha tan desigual? ¿Será el querubín de los morenos perfiles, el adalid de los sueños y las esperanzas de los hombres... o llegarán las espadas llameantes del dios de siempre para asestarle al hijo de la utopía certero tajo en la yugular de los sueños?

    La cosa casi no admite dudas, pero... ¿Qué quieren que les diga? Cerremos los ojos y, como nadie puede impedirnos que usemos de esta bella y única libertad que nos queda, soñemos un rato...







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