La Web de ALFONSO ESTUDILLO
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    ¡A SUS ÓRDENES, MI ALMIRANTE!

    Artículo ganador del 1º Premio de Periodismo "Zona Marítima del Estrecho", 1990


  • Anclado en estas riberas de sol, sal y esteros, llenas las bodegas de esperanzas, apilados los sueños y estibadas las ilusiones, en tanto los aires cosquillean por sus gavias con cantiñas salineras, se azulean de cielos los velachos y los rayos de sol bruñen de albor la piel de sus cubiertas, mi barco, mi «Ciudad de San Fernando», se prepara tranquilo para proseguir sus singladuras por las aguas grandes de la Historia.

    Mecido por las mansas aguas que bañan el Sur-Suroeste de la península Ibérica; fondeado entre los límites que le marcan la Carraca, Torregorda y el Castillo de Sancti Petri; dejándose acariciar la amura de babor por las olas atlánticas y abarloado por estribor a los senos grandes de la Bahía, mi barco, este barco-pueblo que enarbola gallardete de Almirante y cuenta entre sus hombres a tantos de los que visten el glorioso uniforme de los botones de ancla, alza orgulloso el perfil de su proa al azul infinito, a esos horizontes de cielo y mar que le aguardan para seguir brindándole rutas que surcar y glorias que conseguir.

    En su larga historia de casi tres mil años, hechos, acontecimientos y avatares de todo tipo, buenos y malos, contribuyeron a poner su quilla y levantar sus cuadernas, a diseñar sus perfiles y construir sus estructuras; en definitiva, a que se nos mostrara tal y como es en la actualidad. De todos ellos, los malos... mejor olvidarlos, pero, entre los buenos, el hecho más notable -y obligado destacar- fue el de ser designado sede del entonces denominado Departamento Marítimo de Cádiz. Con ello fue dotado con una tripulación de hombres que, hoy por hoy, y mírese por donde se mire es necesario considerar como la mejor, más segura y mayor de sus riquezas.

    Para testimoniar lo dicho, para dar fe de su ancestral, irrefutable y feliz relación con la Marina y los hombres del mar, sólo es necesario ojear su historia. Por ello, aunque sea de manera breve y sucinta, nos adentraremos por entre sus páginas y expondremos lo más significativo; así, además de divulgarla entre quienes no lo conocen, estos apuntes servirán para rebatir las ideas del posible detractor que quisiera ver en ellos una banal y gratuita exégesis adulatoria.

    Pero, comencemos por el principio.

    Ha mucho tiempo, cuando los caminos del mundo aún estaban por descubrir, cuando las aguas ponían fronteras infranqueables al avance y expansión de la humanidad, unos hombres de la mar, navegantes mediterráneos procedentes de la Fenicia, levantaron la mirada al cielo y dejaron que Baal y Astarté, Atargatis y Hadad, les guiaran hasta los paraísos que aguardaban al occidente de los antiguos mundos. Un día de hace tres mil años, dejando atrás el limitado confín del Mare Nostrum, estos hombres cruzaron el horizonte pequeño del estrecho y se asomaron a las inmensidades atlánticas.

    Mientras bordeaban la costa, a medida que subían y exploraban las tierras primeras de los otros mundos, las tierras en las que el gran Océano se desprende de cóleras y se amansa hasta hacerse caricias, sus expertos ojos de navegantes descubrieron unas orillas vestidas con olas de azul y ribetes de espuma, unas arenas que se extendían suaves como piel de labios y senos maduros. Varadas sus naves, en estas riberas percibieron la intención y la bondad de los dioses. Se fijaron en el sol y la sal de los esteros, en el latir unísono de tierra, mar y cielo, en la caricia leve de los vientos y en los besos mansos de las aguas al perfil plural de esta tierra. La vieron nueva y virgen, bella, espléndida, rotunda y radiante en la grata magnificencia de su desnudez. Y descubrieron en sus adentros todo lo que los dioses les habían prometido.

    Aquí se quedaron... Eran marinos, hombres de mar, hombres forjados en el yunque terco e inclemente de los vientos y las olas, hombres con el corazón siempre repartido por mitad entre novia de mar y madre de tierra; por eso, sin que la magnificencia de la empresa les hiciera sentirse pequeños, guiados por ingénito afán, y por la mano sabia del dios de los mundos, se erigieron en hacedores de proas y forjadores de horizontes. Hicieron atarazanas de los campos de espinos, levantaron gradas en lechos de sal y esteros, y pusieron la quilla al que, andando los tiempos, acabaría por ser el esplendente y majestuoso navío en que hoy navego.

    En su flamante proa de entonces ya campeaba un nombre: Erythea.

    Más tarde, mientras el sol apuntaba jornadas en sus diarios de cielo, mientras el mundo continuaba su imparable caminar por entre los pliegues elípticos del tiempo, hombres de los imperios de oriente y occidente, navegantes, conquistadores y hacedores de pueblos, prosiguieron aportando sudores y saberes para crecer sus perfiles, aprestar sus bagajes y ampliar sus horizontes. Así, antes de que la Historia los removiera para llevarlos al merecido descanso de sus páginas, carios, focenses, cartagineses, y en mayor medida romanos y árabes, sin olvidar autóctonos y repobladores, terminaron su configuración y dejaron levantada buena parte de sus estructuras.

    De sus manos y afanes, de sus conocimientos y buen hacer salieron construcciones tan significativas como el puente y el castillo. De ahí que, en aquellos entonces, se le denominara Castillo y Logar de la Puente.

    En las soberbias líneas de su casco, en la firmeza de sus bandas, en la arrogancia de su proa y en la armónica majestad de su arboladura, ya se adivinaba que estaba predestinado a ser navío de gran porte: un velero tan soberbio en su aspecto como marinero en su andar.

    Su botadura, su puesta de mar, hecha en dos tiempos, comienza en el Real Carenero, hacía 1540, y se completa a partir de 1717 en las flamantes aguas del Arsenal de la Carraca. En ese tiempo. Felipe V sabe ya de su importancia y decreta su anexión a la Corona, como Buque Real y con un nuevo nombre en sus bandas: Isla de León.

    En 1769, el rey Carlos III, hijo del anterior, apercibido de sus cualidades y virtudes marineras, ordena su dotación con personal y fuerzas de la Marina Real. Así, elevado a la categoría de buque principal de la Flota Patria, confiando su mando a la experta y prudente ejecutoria de un Almirante, cuando los hombres del botón de ancla suben a sus cubiertas, cuando los hombres de blancos uniformes y piel curtida por los soles y vientos de los siete mares son designados para tripularlo, no sólo se produce el hecho histórico con el que comienza su mayor grandeza, sino el que marcaría definitivamente los comienzos de unos lazos fraternos e indisolubles. La Marina, presente en mi buque, desde entonces y ya para siempre, significó algo más que una tripulación: ella, sus hombres, serían el motor, el afán y la sangre que moverían esta nave para conducirla a los horizontes grandes del futuro.

    Desde entonces, muchas fueron las batallas que hubo que librar, muchos los enemigos que le salieron al paso; circunstanciales unos, los de siempre otros... En resumen, batalló contra todos aquellos que pretendieron prosternar su grandeza, limitar su libertad o aherrojarlo al banquillo ominoso e inicuo del olvido. Batallas todas ganadas: con sangrantes heridas en las amuras, con los mástiles desvelados, los estais gimiendo y las gavias envueltas en dolor y sangre... pero con el bauprés firme y desafiante, con la frente, la moral y la fe erguidas hasta donde los humanos límites se confunden con las fuerzas indomeñables de los dioses.

    Como ejemplo, baste señalar que, en aquellos años que arrancan con la Guerra de la Independencia, la bravura y el tesón de toda su tripulación, desde grumete a serviolas y desde el Almirante hasta el último marinero, hicieron de sus bordas los únicos límites de la España libre. Desde el pie de las cureñas, con fusiles, hondas o herramientas salineras, y hasta con las manos desnudas, se le hizo ver a los gabachos las ovoides magnitudes de los hombres de esta tierra...

    Tropas de marina, guardia de arsenales, cuerpo de batallones, marinería, reclutas, paisanos, todos -respetando posibles discrepancias en cuanto a la bondad política del momento-, sirvieron con coraje y fidelidad para que en esta nave jamás se prosternara el fajeado tríplice y rojigualdo de la España soberana. Por ello, nave y tripulantes fueran considerados merecedores de ciertos privilegios, entre ellos, desde 27 de noviembre de 1813, el de que la nave ostente el nombre de Ciudad de San Fernando.

    Desde entonces a la actualidad, muchas veces gimieron sus mástiles y gritaron sus lonas desgarradas, muchas veces crujieron sus cuadernas, rechinaron las machos y aullaron los obenques... Pero, siempre, gracias a la fuerza y entereza que le confería su tripulación, supo doblegar a los vientos y salir airoso de todos los lances.

    Hoy, última década de un siglo y en los comienzos de un nuevo milenio, anclado en estos muelles de sol, sal y esteros; llenas las bodegas de esperanzas, apilados los sueños y estibadas las ilusiones, en tanto los aires cosquillean sus gavias con cantiñas salineras, se azulean de cielos los velachos y los rayos de sol bruñen de albor la piel de sus cubiertas, mi barco, mi Ciudad de San Fernando, se dispone a proseguir sus singladuras por las aguas grandes de la Historia.

    Podemos subir a bordo y navegar tranquilos y confiados: la Marina, y la Virgen del Carmen en su camareta de Capitana, van con nosotros.

    Yo, humilde observador y vigía, desde este puente pequeño tendido entre el corazón y la pluma, sabedor de todo cuanto significa esta tripulación para la prosperidad de mi pueblo, conocedor de la abnegada labor de los hombres del botón de ancla, de sus sacrificios y continuas luchas con el único objetivo de que este barco navegue por los mejores derroteros, sabedor también de que es el sentir mayoritario de todos cuantos navegamos en él, y como conclusión definitiva de todo lo antes dicho, sólo puedo añadir una cosa:

    ¡A sus órdenes, mi Almirante! El buque se encuentra preparado y listo para partir. El rumbo previsto es, de acuerdo con sus instrucciones: ¡hacía el futuro ...y a toda máquina!


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