La Web de ALFONSO ESTUDILLO
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    LA MARINA: DE CORAZÓN A CORAZÓN

    Artículo ganador del 3º Premio de Periodismo "Zona Marítima del Estrecho", 1988


  • Sentado ante mi máquina de escribir, y al tiempo que colocaba un folio con cuya blancura no sabía qué hacer, percibí unas palabras que provenían de algún televisor al otro lado de la calle; fueron éstas: «...como homenaje a los hombres de nuestra Marina». Eran las últimas palabras de alguna noticia que acababan de transmitir en el telediario, y de cuyo contenido no pude enterarme. Tampoco me hacía falta; estas pocas palabras despertaron en mí interés suficiente como para preguntarme: ¿La Marina...? ¿Pero..., qué es la Marina?

    Para cualquier persona de tierra adentro o desvinculada por completo de ella, la respuesta sería, poco más o menos, ésta: «El conjunto de las fuerzas navales de la Nación». De inmediato se piensa en barcos, cuarteles, bases, etc. Difícilmente se caería en la cuenta de que la Marina es algo más, mucho más que esa simple definición de Diccionario. Difícilmente se tendría conciencia de que la Marina no es sino un conjunto de hombres, esforzados y responsables, que cada día se enfrentan -cada uno en su puesto- a los sudores, sacrificios, dificultades e ingratitudes de su trabajo.

    Sí, de la misma manera que el labrador ante la tierra endurecida por el sol o el minero que araña en las entrañas de la tierra; como el bombero, el policía, el médico, o tantos otros, en noches y más noches en vela; como el ejecutivo, el ingeniero, el magistrado o el director de una fábrica ante las dificultades y responsabilidad que conlleva sus altos cargos. Hombres, en suma, que han de trabajar duro, abnegada y eficazmente ...y aún a costa de crearse la antipatía o aversión de unos pocos.

    La Marina, pues, son sus hombres. Aquellos grandes marinos cuyos nombres nos resultan conocidos a todos porque con ellos denominamos muchas -muchísimas- calles y plazas de San Fernando (y de todo el país), unidades de nuestra Flota y cuarteles o dependencias de la Armada.

    Pero, ¡qué duda cabe!, además de todos estos grandes hombres e ilustres marinos tan conocidos, la Marina se compone también de aquellos otros que, aun sin ostentar títulos de Ilustres, sin que sus nombres vayan jamás a rotular ninguna calle, desde el más humilde de los anonimatos, están cada día «al pie del cañón», trabajando por la seguridad, el buen nombre y la soberana libertad de nuestra Patria.

    Estos hombres, los que sin grandes hazañas o gestas heróicas de las que trascienden para la Historia, luchan, sudan y se sacrifican cada día en los «puestos de combate» desde los que hacen la Paz, son los que hoy mueven la pluma del humilde escritor. Sería bien fácil hurgar en la biografía de cualquiera de los grandes hombres de la Marina para obtener referencias y datos con la suficiente envergadura literaria como para construir megalíticos monumentos narrativos (Modestamente: con tal calidad y abundancia de medios, ¿quién no?).

    Pero como no se trata de loar y engrandecer lo que ya por méritos y naturaleza es grande, ni tampoco de sentar cátedra de «constructor de monumentos», prescindo, por tanto, del recurso fácil, dejo de lado la encumbradora y miope óptica del escritor y, caladas -en todo caso- las gafas de gruesos cristales que permiten ver hasta más allá de los grandes árboles, me adentro en el bosque con el propósito de encontrar «esas pequeñas cosas» que me servirán para justificar mis opiniones y, al mismo tiempo, para plasmar en el papel unos modestos renglones que sirvan como homenaje a la Marina de un hombre ajeno a ella.

    Y es entonces que veo a ese soldado de Infantería de Marina, serio y circunspecto que, tras su fusil con la bayoneta calada, monta guardia estoicamente ante el Palacio de Capitanía. El pensamiento quizá se le escapa hacia aquella novia que le espera en las catalanas tierras donde nació, pero, mientras llega el día del retorno, el azul marino que engalana su piel y el dorado de las sardinetas que le distingue como tropa de Casa Real, le hace sentirse, ante todo, un soldado, un miembro de la Marina española.

    Y pienso en ese cabo primero, vecino de calle, con quien he mantenido alguna que otra charla. Es corriente para mí ver su ventana iluminada hasta altas horas de la noche. Tras los cristales, encorvado y clavados los codos sobre una pequeña mesa, está un hombre tesonero que se exprime las neuronas sin descanso, impregnándolas de conocimientos para poder conseguir la «chaquetilla»... Es un miembro de la Marina española.

    Y recuerdo a Antonio, al que no veo hace varios meses. Es un buen amigo, sargento especialista y destinado en un barco de la Armada. Por tal motivo ha de permanecer lejos de su hogar con más frecuencia de la que desearía. Rosa, su mujer, lo comprende y lo acepta, aunque, en ocasiones, los largos períodos de soledad le abruman y se esconde para que sus tres hijos no la vean llorar. Ellos son todavía pequeños, pero, ¿quién me asegura que no están sufriendo ya los efectos de esta obligada pseudo orfandad? A Antonio se le parte el corazón cada vez que zarpa su buque, pero, ...es un miembro de la Marina española.

    Y también, volviendo la vista hacia dentro, de entre lo entrañable, extraigo una figura de tez morena, muy morena, en la que se podían ver los vientos de los mares y los rayos de ese sol que cae a plomo sobre las cubiertas, en los patios de los cuarteles y en los campos de maniobras. Muchos años de vientos y de sol se unieron para forjar aquel bronce que contrastaba con la inmaculada blancura de su uniforme de marino. Unos galones de teniente y alguna medalla eran el premio a toda una vida de trabajo, esfuerzos y sacrificios. Pero había algo más; recuerdo que en cierta ocasión -de las pocas en que, a lo largo de bastantes años, le vi disfrutando de unos días de permiso en su casa-, al preguntarle -con la lógica e ingenua curiosidad de mi niñez-, por las condecoraciones que había obtenido, me enseñó algunas y me dijo: «Éstas..., pero la mejor de todas la llevo siempre por dentro del uniforme». Años más tarde, poco antes de que un fulminante y mortal ataque del destino se lo llevara junto al Supremo Almirante de los Cielos, le pregunté por la medalla que nunca pude ver, aquella que siempre llevaba por dentro del uniforme; me miró fijamente y me dijo: «Aquí dentro llevo la satisfacción del deber cumplido, el reconocimiento de mis superiores y el afecto de mis subordinados.» Mi tío Pedro era un marino, un miembro de la Marina.

    Y veo y admiro a Jesús, capitán de corbeta, que a sus cuarenta y tantos años, tras la agotadora jornada en el cuartel donde está destinado, estudia y «machaca» preparando un curso de Estado Mayor con la misma ilusión que cuando tenía doce. Y veo y me complace la mirada franca y afable de ese comandante de plateada cabeza al que veo pasar muchos días al regreso de su quehacer cotidiano en unas dependencias de la Armada. En su rostro siempre está presente una sonrisa y en su boca unas palabras amables. Su talante de hombre feliz mueve a preguntar qué motiva tal felicidad; la respuesta -oída de sus propios labios- es ésta: «Porque continúo siendo útil a los demás».

    Y veo a don Miguel, capitán de navío ya retirado, que colabora con sus experiencias de toda una vida en diversas facetas relacionadas con la Marina. Me resulta sumamente agradable cuando oigo decir de él: «¿Quién, Don Miguel...? ¡Don Miguel ha sido siempre una bellísima persona dentro y fuera del cuartel!

    Estos hombres son la Marina... Éstos y tantos otros que, como ellos, desde todas las alturas del escalafón, laten como pequeñas células que se aúnan para dar vida al Cuerpo de los dorados botones de ancla.

    La anónima -que no pequeña- función de estas células que palpitan en las zonas menos visibles, en los interiores, son tan imprescindibles como poco conocidas. Y es natural que así sea, porque, estas células, estos hombres, no componen o constituyen la estructura superior o más visible, es decir, la cabeza. Estas células, estos hombres, son las entrañas y la sangre, los nervios y los músculos... el corazón de este gran cuerpo vivo.

    La admirable majestad y grandeza que se acumula en su cabeza no es óbice para que -tras mostrarle la mayor consideración y respeto- pase de largo por ante su ilustre presencia y, desde mi corazón, rinda hoy este humilde homenaje al corazón de la Marina. Y debo pedir indulgencia porque, con la extrema pequeñez de mi voz y la escasa luz de mi pluma, me he permitido hablar de un cuerpo que no lo necesita; la Marina toda tiene tal prestigio que se puede sentir hasta cohibida por el peso de sus propios laureles...


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