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    LA RELIGIÓN EN GRECIA

  • La religión griega no formó una doctrina cristalizada, un sistema fijo. Desde los orígenes, pasando por Homero, hasta la absorción romana, han sido profundas las variaciones experimentadas.


    TIEMPOS PREHOMÉRICOS.

    Otrora remontarse a los tiempos anteriores a Homero hubiese parecido una quimera pues se creía, con Fenelón, que la Iliada y la Odisea representaban la sencillez del mundo naciente. No obstante, los descubrimientos arqueológicos en Hisarlik, la antigua Ilion, en Micenas y en Tirinto, han revelado gran parte de este misterioso pasado, anterior a Homero. El jefe de una expedición arqueológica inglesa, míster Arthur Evans, descubrió el palacio de Cnosos, en Creta, cuyas paredes, adornadas profusamente con dobles hachas (en griego, labyrintos) debía ser el Palacio del Hacha, la fabulosa residencia del rey Minos. Estos descubrimientos han permitido remontarse, en la historia de la civilización griega, más allá del año 2000 a. de J.C.

    Empezando por las formas religiosas más elementales, parece señalarse como antiquísimo el culto de las piedras. Aún en el año 405 a. de J.C., una piedra que se creía caída del cielo fue objeto de veneración por los habitantes del Quersoneso. En el siglo II d. de J. C., señala todavía Pausanias, en los templos griegos, la existencia de estas piedras sagradas en forma de pirámide o coronadas con cabezas de divinidades.

    Los antiguos griegos añadieron al culto de las piedras el de los árboles. Sin hablar de los que se consideraban protegidos por una divinidad (como la encina de Zeus, el olivo de Atenea, el laurel de Apolo, y otros), muchos eran venerados como residencia de los mismos dioses. En Laconia, Artemisa vivía en un nogal, en Boia, en un mirto y en Orcómenos, en un cedro. Las Hamadriadas fijaban su morada en las encinas y las Melias, en los fresnos. Era creencia común que, hallándose así incorporadas a los árboles, vivían o morían con ellos. Se ha relacionado este culto con otro mucho más antiguo: el del fuego. Quizás la adoración habría pasado del fuego a los árboles, que proporcionan el combustible para mantenerlo.

    Los griegos consideraban como sagrados a algunos animales, y de modo especial a las serpientes. En la Acrópolis de Atenas se les ofrecían todos los meses panales de miel y estuvieron especialmente asociadas al culto de Esculapio, pues el dios de la Medicina se complacía en tomar su forma para manifestarse a sus adoradores. También los demás dioses tenían sus animales favoritos: el águila era el ave de Zeus; la paloma estaba dedicada a Afrodita; el mochuelo a Atenea; el delfín a Apolo y a Poseidón, etc.

    En las imágenes aparecen, generalmente juntos, el dios y el animal a él consagrado, pero las formas y los animales se mezclaron, dando lugar a seres monstruosos, que recuerdan a los Horus e Isis de Egipto (el Minotauro, la diosa-león, la diosa-águila, etc.).

    Una manifestación religiosa situada ya en un estadio superior fue el culto de los muertos. Numerosos sepulcros de distinto tipo, con cúpula, y en forma de pozos o excavados en la roca, se han descubierto en Creta y en varios puntos de la Grecia continental. Los cadáveres aparecen sepultados ordinariamente sin embalsamar, y, contra la costumbre de los tiempos de Homero, sin haber sido incinerados. Los griegos creían en una prolongación de la vida de sus difuntos y los honraban con numerosas ofrendas. Los huesos y cuernos de toros, corderos, cabras, etc., encontrados en la entrada o en el interior de los sepulcros, debían ser restos de holocaustos. En el vestíbulo de las tumbas rupestres de Micenas se encuentran gran número de huesos humanos.

    Además de los sacrificios aparece clara la costumbre de los dones que constituían un completo ajuar funerario para el muerto: armas, joyas, vasos de oro y de plata, etc. Estas ofrendas no se hacían sólo el día del entierro, sino que se renovaban con frecuencia. En Micenas, las tumbas formaban grupos en cuyo centro se levantaba un altar formado por gruesas piedras que servía para los sacrificios. No sin razón pueden considerarse estos ritos funerarios como el principio del culto a los héroes, que tan gran desarrollo alcanzó a partir del siglo VII a. de J.C.

    La Ilíada y la Odisea no son un tratado didáctico de Mitología, ni tampoco obra de una inteligencia preocupada por coordinar las leyendas y explicarlas metódicamente, pero en ellas encontramos la historia de numerosos dioses. 

    Los dioses de Homero eran hombres idealizados. Por sus venas circulaba un fluido misterioso que los mantenía inmortales. Eran más poderosos que los héroes, más ligeros que ellos en sus movimientos; podían hacerse visibles o invisibles a su antojo y habitaban en moradas espléndidas donde su existencia se deslizaba en una eterna primavera. Para vivir necesitaban nutrirse de ambrosía y de néctar y, si bien estaban exentos de la muerte, eran sensibles al dolor, se desesperaban, envidiaban, odiaban, se combatían y entre ellos surgían preferencias, venganzas, enemistades y rencores de índole puramente humana.

    Por lo que hace referencia a la moral, su imperfección era todavía más notable. Los dioses estaban sujetos a las pasiones, tenían sus amores y su patriotismo local era exacerbado. Apolo mató a Patrocio a traición; Ateneo lanzó contra Ares los epítetos de «azote de los hombres, asesino y bandido de profesión».

    Homero nos presentó la residencia de los dioses, el Olimpo, organizado en forma monárquica. Allí dominaba Zeus como soberano. Inferiores a él iban escalonándose los demás dioses y diosas: Hera, esposa de Zeus; Atenea, su hija predilecta; Ares, el dios de la guerra; Fobos, Hermes, Efestos, el herrero cojo y hábil; Afrodita, la de oro; Poseidón y Hades se repartían la soberanía de los mares y el mundo subterráneo. Al mismo nivel de los dioses, o más bien superior a ellas, mencionó Homero la Moira, la cual era concebida como un poder que fijaba el destino de los seres y en particular el de cada hombre y, sobre todo, la hora y género de su muerte. ¿Cómo explicarse el temor respetuoso de Zeus en presencia de la Moira, inclinándose ante ella y no atreviéndose a arrancar de sus garras a Héctor y a Sardepón, dos hombres para él tan queridos? Es que los griegos consideraban la Moira como expresión de la Ley que regula la vida de las míseros mortales, y manifestación de una regla superior a los mismos dioses y a su voluntad.

    Las griegos de los tiempos homéricos concebían el alma como un principio material, sutil como el aire, unida al cuerpo hasta el momento de la muerte. Acaecida ésta, el alma se separaba conservando la forma del difunto; era su imagen pálida. Este «fantasma» se encaminaba hacia la morada de Hades y, efectuado el sepelio, se le abrían las puertas de los Infiernos situados bajo tierra, en el Erebo.

    La suerte de los muertos era triste. Nada lo dice tan claro como la queja de Aquiles a Ulises. "Yo preferiría ser en la Tierra siervo de un pobre dueño, que ser rey de todos los muertos."

    Del ser humano no quedaba sino una sombra vaga, sin memoria, sin razón ni sentimiento, arrastrando una indecisa existencia. Para que alguna emoción se reflejara todavía en su descolorida faz era preciso que comiera carne fresca o bebiera sangre de animales negros.

    Hades no reservaba para las almas ni castigos ni recompensas personales, sea cual fuere la vida terrestre que hubiesen llevado. Sólo tres reos fueron sometidos a suplicios extraordinarios: Titio, Tántalo y Sísifo, los tres por atentar contra los dioses.

    Una sola vez se mencionó una vida dichosa ultraterrena. Proteo anunció a Menelao que no moriría sino que sería transportado en cuerpo y alma a los Campos Elíseos. Allí la vida se desliza dulcemente, sin nieves ni inviernos, sin lluvias. El motivo de condición tan privilegiada no fue la virtud de Menelao, sino su parentesco divino: "Tú te has desposado con Helena y eres yerno de Zeus."

    El resto de los mortales estaba destinado a la existencia oscura y monótona del Erebo.








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