La Web de ALFONSO ESTUDILLO
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    EL AIRE Y SU PESO

  • Sobre cada metro cuadrado de terreno descansa una columna de aire que pesa más de 10.000 Kg. Sobre la superficie de nuestro planeta gravita, pues, un peso de unos 5.000 billones de toneladas. Los seres vivos estamos acostumbrados a esta presión, que equilibra la tensión de nuestros líquidos internos.

    Cuando la presión disminuye, por ejemplo, al subir a la cima de una montaña, respiramos con dificultad, se nos nubla la vista y, si continuáramos ascendiendo hasta encontrar capas menos densas, no tardaría en acometernos un desvanecimiento causado, en gran parte, por la falta de oxígeno, y también por la dicha disminución de la presión atmosférica. Estos efectos pueden ser pasajeros, pero si tal situación se prolonga el resultado puede ser fatal. Los alpinistas y aviadores saben que las hemorragias por nariz, ojos y oídos son frecuentes cuando se sobrepasan los 4 ó 5.000 m. de altitud.

    Un litro de aire pesa poco más de un gramo (1,293 g). Si llenamos un tubo con agua e impedimos que salga el líquido al volverlo boca abajo y lo introducimos en esta posición en un recipiente lleno de agua, veremos que toda el agua se mantiene dentro del tubo aunque éste tenga 10 m. de altura. El peso del aire equilibra el del agua contenida en el tubo. Si en lugar de aire colocamos mercurio, veremos que la altura que alcanza el mismo dentro del tubo, contada a partir del nivel del líquido, es de 760 mm. cuando el tiempo es bueno. Esta es la llamada presión normal y a nivel del mar.

    Es de todos conocido el experimento consistente en llenar un vaso de agua, cubrirlo con un papel y darle la vuelta al vaso. La presión atmosférica, que se ejerce también de abajo hacia arriba, es tan intensa que sostiene el líquido contenido en el interior del recipiente.

    El primer físico que estudió a fondo la presión atmosférica y logró medirla fue el italiano Evangelista Torricelli, que vivió a mediados del siglo XVII. Inventor del barómetro que lleva su nombre, abrió anchos horizontes a la Física y a la Meteorología.

    Los mayores recordarán al «frailecillo de la capucha» -que colgaba de la pared en muchos hogares-, cuya varilla mágica señalaba «buen tiempo», «lluvia», «viento» o «tempestad», y que constituía el oráculo de la familia. El aparato era un higrómetro sencillo -de cabello-, pero con su capucha y su brazo movibles.

    El popular “fraile” sería desplazado de nuestras casas allá por los 60, cuando comenzara a popularizarse la TV., y por el no menos popular Mariano Medina, “el hombre del tiempo”, con sus -no siempre- acertadas previsiones.





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