La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • POESÍA


  • DÍPTICO DESDE EL DOLOR
    (Oda en la muerte de mi padre)





    Abril, día último.
    Aún en mí...



    Y llorarán las rosas si te vas...
    y el agua de los ríos serán lágrimas
    como dolor de cielos
    vertidas del azul hasta tu boca,
    hasta tus labios fríos,
    hasta tu esencia misma, ya inerte y dormida
    sobre el regazo de la tierra.

    No, no te vayas,
    no quieras ser de piedra o sombra,
    no quieras ser de la materia con que son los sueños,
    no inventes nada,
    deja que la luz camine desde tus pupilas
    hasta encontrarme dentro,
    hasta ceñir mi frente con tus labios
    igual que ayer y siempre.

    Los hombres somos ríos, padre,
    juanramonianos ríos de amarillos cauces,
    o árboles, quizás,
    ...o tal vez llanto,
    ácuea materia
    que cincela en tajos la distancia enorme de la piel y el alma.

    No puedes irte, padre,
    aunque tus dedos giman entre arrugas presos,
    aunque tus labios tiemblen y en tu voz restalle
    el íntimo lamento de un suspiro.
    No puedes irte, padre,
    no puedes irte porque tu sol aún no ha salido,
    porque aún están mis manos esperándote
    y todos los ecos te llevan mis palabras:
    Te necesito, padre, sí... aún te necesito.




    Mayo, día primero.
    ...y ya ido.



    Y te fuiste...

    Te marchaste sin mirar las ondas que el dolor labraba
    en lo interior,
    sin ver las lágrimas,
    sin saber que dentro estabas tú
    con tu perfil gimiente,
    con tu frente blanca,
    con tus manos doradas
    y tu cuerpo estremecido.

    Te marchaste sin notar apenas que unos labios fríos
    se derramaban en tu piel para ser beso,
    o tumba,
    y vencieron al amor y a la esperanza.

    Te dormiste...
    Olvidaste que es la luz la que hace al día,
    que los cielos beben luz de amaneceres,
    que el fulgir de tu pupila era la fuente
    y que el azul sin tu presencia no sería.

    Olvidaste que los sueños tienen alas
    y que en los aires y en tu voz se construían,
    que sin tu nombre ya no habría ni luz ni leyes
    ni sueños o existir de pajaritos.
    Olvidaste que las primaveras se suceden,
    que las rosas te esperaban en el patio,
    que unos brazos te aguardaban para ser tuyos
    y que la tierra es sólo afán de un pecho sin latidos.

    Te dormiste...
    Te dormiste solo,
    en un regazo de aire sin estelas,
    sin canción de cuna que te transmitiera los besos secretos
    que guarda la sangre.

    Apoyaste la cabeza sobre la almohada,
    leve, tiernamente,
    y dejaste abandonada la materia;
    dormiste tus labios
    y dejaste dentro la sonrisa;
    dormiste tus ojos
    y ocultaste en su luz las lágrimas...

    Pero las mías fueron a la tierra
    a reprocharle su impiedad desoladora,
    a gritarle
    que el dolor se queda,
    que no hay cáliz, tumba o cielos que lo apure,
    que lo mitigue,
    que lo atempere,
    que lo contenga...

    Te fuiste
    convertido en sueño,
    pero dejaste aquí el recuerdo de tus labios,
    padre mío, de tus labios,
    convertido en piedra.










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