La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • POESÍA

  • CÁNTICO A LOS TOREROS DEL SILENCIO





    El aire de los campos,
    el aire de los páramos y yermos.
    La luna de los campos,
    la luna de los páramos siniestros.
    Luna y estrellas,
    espectadores pálidos con voz de viento
    entre las breñas.
    Burladeros arbóreos con mil arrugas
    de ramas viejas.
    Barreras sin claveles, sólo espinos,
    juncos y piedras.
    Y el silencio...
    Barreras en silencio.

    Y una luz que apenas es plata por la noche,
    como un sol muerto,
    resbala retorcida entre guadañas
    de un toro negro,
    gloria y triunfos, o muerte disfrazada
    con ojos negros...
    Quimera y luto, indescifrable,
    de los toreros.

    Y unos ojos ansiosos de sol de albero,
    trémulos, casi niños, casi sin miedo,
    miran al Cielo.
    Un mudo rezo ...y el pensamiento
    lleno de domingos y clarines,
    lleno de sueños,
    de grana y oro, de cinco de la tarde,
    de pasodobles y oles en los tendidos,
    sueños toreros...

    Hierve su sangre de león tierno,
    las manos llenas de un trapo rojo
    y el pecho al viento.

    ¡Jé, toro, toro...!

    ¡Ya va corriendo!

    Centellas en los ojos de la fiera,
    remolinos de patas y potencia,
    verdugo en negro.
    Cita de rojo, naturales, por derecho,
    remates largos al ímpetu ciego,
    vuelo sin alas del corazón,
    temple de hierro.
    Y uno de pecho, entre aplausos imaginarios,
    sin barreras que tiemblen con la faena,
    sólo el silencio,
    sólo el bufido terrible de la fiera,
    chorros de vapor y fuego,
    monstruo siniestro.
    Revuelos encarnados de franela
    entre corvos cuchillos, espirales
    buscando un cuerpo.
    Y ese cuerpo buscando los triunfos
    en los mismos cuchillos espirales
    de olor a muerto...

    Pero un torrente de furia desatada,
    un vórtice de cuerno huracanado,
    un torbellino de aristas retorcidas,
    arrancan un gemido del silencio.
    Y un cuerpo, de dolor estremecido,
    un cúmulo de vida envuelta en sueños,
    se alza desgarrado de la tierra
    como un clavel tronchado por el viento.
    Y el páramo se empapa de la sangre,
    y los juncos se esconden bajo el yermo,
    y la luna se oculta horrorizada,
    y el olivo se yergue maldiciendo
    al verdugo sombrío que se aleja
    con claveles de sangre entre los cuernos...

    ¡Oh, dioses impasibles de la suerte!
    ¡Oh, furias desatadas del averno!
    ¡Oh, sol, que tanto sabes de estas muertes!
    ¿Por qué no iluminaste el firmamento?
    ¡Por qué no redimiste de esta suerte
    a tanta juventud llena de sueños?
    ¿Por qué no fuiste al quite con tus rayos
    haciéndote barrera ante los cuernos?

    ¡Oh, luna, que eres reina de la noche,
    del reino de las sombras y los muertos!
    ¿Por qué te lo llevaste a tus cuadrillas
    de estrellas y luceros?

    ¿Por qué, Dios mío, por qué? ¡Sólo era un niño
    con sangre brava y ansias de torero!

    Sólo el silencio...
    Silencio a los pies del viejo olivo
    y el cuerpo muerto.

    Un cuerpo que soñaba con la gloria
    del oro y el azul de los alberos,
    de brindis, de barreras y tendidos
    vibrando con la púrpura y el miedo,
    de oles enervando a la franela
    en las fiestas granates de sus vuelos,
    del éxtasis final en la igualada,
    en alto los pitones y el acero,
    las muertes encontradas, frente a frente,
    y la fiera que se humilla ante el torero...
    De apéndices que suben a las manos,
    de lágrimas que suben a los besos,
    de aplausos que suben a los aires
    en tardes que suben a los sueños.
    De sueños que a las cinco son la gloria
    y quedan a las cinco de lo eterno...
    Las cinco de la tarde del triunfo.
    Las cinco de la tarde del torero.

    La muerte te esperaba en el camino,
    chaval mío,
    para ponerle lutos a tus sueños...








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