La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • POESÍA

  • TRÁNSITO DE LA MEMORIA





    I

    La luz brotó en crepúsculos sin tiempo,
    en una invasión súbita...

    Perfil, primero, de tibia morenez sin sombras,
    égida bastante, maternal,
    en breves tornasoles de colores aún húmedos.
    Sensaciones de piel,
    sensaciones de latido alerta a la estantigua errante,
    sensaciones de alas hilvanando besos,
    de labios dándose desde la aurora de unos senos,
    ubérrimos, maduros, llenos,
    hablando el lenguaje mudo del amor...

    Latidos quietísimos del alba.



    II

    Horizontes...
    horizonte todo, inédito, apenas enlazado
    en la pequeñez naciente del iris que comienza.
    Arcoiris de caminos mañaneros, quietud
    estática de mariposas... ¿blancas?, ¿rosas?,
    aladas margaritas de los prados; nidos
    encumbrados, cupulares,
    esquivos en las rámeas primaveras;
    dulzuras,
    sabores dóciles, de tránsito breve y raudo por el rosa.
    Colores, colores... cascadas amarillas, rojas, verdes,
    pétalos pujantes,
    lucha polícroma de la tierra y el tiempo.
    Sueños, levísimos sueños,
    atados a la cintura flamante de la luz temprana.

    Pálpitos en azul de la mañana.



    III

    Horizontes...
    mediodía, pleno, de horizontes.
    Sol ardiente,
    venas henchidas en la luz, espigas
    inhiestas, erguidas ya por una sangre que quema.
    Candor de pétalos fragantes,
    presencia viva de tersa piel que en la amapola invita;
    galope rampante de ansias desbocadas,
    latir de labios encontrados,
    caricias hundidas en la media luz de las sombras,
    alas de piel de luna, jadeantes
    orillas que palpitan como pétalos vivos,
    interiores rosa chorreando ansias y gemidos, éxtasis...
    horas ingrávidas disfrazadas de quietud,
    tiempo de sol ardiente,
    plétora, cumbre casi, de las horas,
    plétora ya de orgasmos, ansias
    degolladas por la blancura redonda de la piel...

    Apogeo de sol ardiente.



    IV

    Horizontes...
    horizontes tibios de la tarde.
    Madurez de trigo granado por mil soles que se fueron,
    semillas fértiles germinadas,
    hipérboles de la savia que brotó en henchidas venas,
    raíces creciendo con la fuerza homóloga de la sangre...
    la sangre... ¡ah, Dios, la sangre!,
    la sangre es lágrimas, casi siempre lágrimas,
    escondidas,
    casi siempre ocultas, en la quemazón del alma...
    Interrogantes, sí... interrogante y penas.
    Plenitud, quizá, de sueños
    llevados a una cumbre efímera.
    Y el camino terco, ineludible, que sigue avanzando,
    desvaído, cóncavo,
    apenas lleno de estímulos apagados,
    estímulos poliédricos,
    simples eclipses de aquel grito poderoso,
    susurros leves de la fuerza, anudada toda
    a la enclenque parvedad de la esperanza muerta.

    Horas sin retorno de la tarde.



    V

    Horizontes...
    horizontes, ya sin horizonte.
    Escasa luz, lejana y fría, tan lejana
    como la aurora de entonces,
    como el tibio néctar de los senos
    que saciaron labios en el alba,
    como aquel perfil moreno...
    Y un lejano aletear de mariposas...
    ¿...o eran rosas?
    Había nidos, arriba había nidos que invitaban a soñar,
    y colores, sí, había colores,
    amarillos, verdes, rosas...
    y un sol,
    un sol ardiente que quemaba en las entrañas...

    Pero...



    VI

    Ya no hincha el sol las arrugadas venas,
    ni hay potro rampador que se desboque;
    no quedan ya semillas preñadoras,
    ni ansias, ni suspiros,
    ni en la amapola hay flor...
    No queda nada del león, si acaso
    amarillentos recuerdos tras cortinas de tupido gris,
    ojos macilentos y roble con piel de olivo,
    piel astrosa cubriendo el alba de unos huesos...
    Están ahí los dedos terribles del crepúsculo
    hurgando, lujuriosos, en la tierra...
    Y la tierra, hembra fácil, abre sus labios
    con lascivia de vulpeja.
    Se oyen leves los susurros de la parca
    cuchicheando con las sombras...
    Discuten el precio de su celestinaje...

    Silencio último en la muerte de las horas.

    Pero...
    quizás arriba, eternos, intactos,
    aguardan los besos vivos
    de un moreno perfil sin sombras.








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