La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    ANTESALAS DE LA GLORIA

    (2º Premio de Relatos Nueva Acrópolis, 1992)

  • Volvió a mirar el reloj y encendió otro cigarrillo. Pensó que aún habría de transcurrir un buen rato antes de que se conociera el fallo del jurado y el nombre del ganador. En aquellos momentos, era probable que los componentes del jurado, junto con miembros de la Academia, autoridades y demás invitados estuvieran comenzando a devorar las suculentas viandas y mejores caldos que les servirían en aquella cena-gala en que se fallaba el premio literario.

    De los dos relatos que había mandado al XII Certamen Literario convocado por la Academia de Bellas Letras San Zocato el que más le gustaba era el titulado «Muerte de un gorrión»; el otro, «Los girasoles», no es que fuera malo, también tenía posibilidades de alzarse con el premio, pero consideraba que la historia era algo inferior en calidad, o menos original o... en definitiva, que no se podía comparar con el otro.

    En «Muerte de un gorrión» exponía las vicisitudes que le acontecía a una joven de pueblo en su afán de triunfar como reina de la belleza. La trama estaba bien urdida y el desenlace era perfecto. Aquel relato era el fruto de muchas horas pensando y corrigiendo, afinando y puliendo una primera idea que, más tarde, terminaría por convertirse en la obra definitiva. A la vista del resultado final, bien que mereció la pena haber roto la primera versión que escribió, incluso, a pesar de todas la correcciones que ya le había efectuado. Esta segunda versión, este nuevo enfoque del mismo tema, le había proporcionado una gran satisfacción, una íntima sensación de plenitud y suficiencia por lo redondo que había quedado. Estaba seguro de que los miembros del jurado sabrían apreciar y tener en cuenta la calidad de aquel trabajo.

    Descolgó el teléfono para cerciorarse de que tenía línea, que no había impedimentos en los entramados telefónicos, que no había nada que pudiera obstaculizar el mágico sonido que vibraría en aquel aparato rojo cuando, alguien, posiblemente el mismo secretario de la Academia, marcara su número para comunicarle la feliz noticia de que era ganador del certamen.

    Después de escuchar el monótono pitido durante algunos segundos, convencido de que funcionaba perfectamente, volvió a colgar el auricular con sumo cuidado. Pasó la mano por el rojizo y arqueado lomo del aparato y le pareció estar acariciando a «Momo», aquel gato pequeñito y juguetón que tuvo de niño. «Momo» arqueaba el lomo y runruneaba cuando le pasaba la mano de la cabeza a la cola. «Momo» fue su mejor amigo hasta aquel día en que su madre le pasó una cuerda por el cuello y lo colgó de una rama del limonero que crecía en el patio. Nunca supo por qué lo hizo, nunca llegó a entender la animadversión que su madre sentía por los animales... Recordaba que, en ocasiones, cuando alguna gallina o pollo saltaba al patio de la casa desde el corral del vecino, siempre lo llamaba para que presenciara cómo le retorcía el pescuezo. Recordaba que su madre se reía a carcajadas mientras el animalillo pateaba entre agónicos estertores. A su madre no le gustaban los animales... Ni los animales ni las personas.

    Consultó de nuevo la hora y pensó que deberían andar por los postres: no tardaría mucho en que el secretario de la Academia abriera la plica y leyera el nombre del ganador. Cerró los ojos y le pareció estar en el gran salón del Club en que se celebraba la cena, escuchando directamente el título del relato ganador y el seudónimo que le inspirara aquella canción antigua que, no sabía por qué -ni tampoco quería saberlo-, le sonaba a un poema de García Lorca. El secretario, que previamente habría dado a conocer los nombres de los integrantes del jurado, continuaría así su intervención: «...y después de las correspondientes deliberaciones, por los méritos literarios que concurren en el mismo, y porque es de justicia, han decidido otorgar el premio de la Academia en su XII edición al relato titulado «Muerte de un gorrión», presentado bajo el lema «Trigo Verde» y cuyo autor es...»

    Sonrió y rebuscó el paquete de cigarrillos. Mientras encendía otro pitillo pensó en el premio: No, quizás no era demasiado importante en cuanto a dotación económica, pero el prestigio que había alcanzado en los últimos años compensaba con creces la tacañería de los promotores. Lo verdaderamente importante era alzarse con el triunfo, que reconocieran sus méritos como escritor, que lo hicieran saber a todo el mundo, que sonara su nombre a través de las páginas de los diarios... Conseguir este premio sería un extraordinario trampolín para saltar a la fama; sería como si le crecieran dos alas con las que elevarse y dejar atrás las miserias y mezquindades de los mediocres; sería obtener el reconocimiento y la admiración de todos, pero, principalmente, de aquellas chicas que se le mostraban tan esquivas en el pub y en la discoteca; y por último, sería el más extraordinario «corte de manga» a aquellas risitas y veladas ironías que advertía en sus amigos cuando les había dado a leer alguno de sus trabajos.

    Conseguir aquel premio sería dar por bien empleado tantos calentamientos y dolores de cabeza, tanto tiempo como había sacrificado cabalgando a lomos de las teclas, tantos afanes para revestir los folios con las galas tenues de las letras, tantas dificultades como hubo de vencer para convertir un puñado de hojas de papel en bruñidos espejos en los que se viera reflejado el mundo...

    Volvió a mirar la hora: las once y veintidós minutos. Ya era tiempo de que hubieran terminado la cena, incluido postres, cafés ...y hasta el puro.

    Pasó la mano por encima del teléfono como queriendo sentir un latido que le dijera que estaba vivo, que estaba presto a soltar en cualquier momento el palpitar jubiloso de los timbrazos, ese vibrante grito de metal que sonaría a sus oídos como trompetas triunfales, como voz celestial anunciadora de que le requerían para colocar sobre sus sienes la sublime dignidad de los laureles... Pero lo notó frío, inerte, muerto, sin nada que palpitara en sus entrañas electrónicas, sin nada que le transmitiera el pequeño chorreón de esperanzas que ya comenzaba a faltarle.

    Pensó en los miembros del jurado: ¿Quiénes lo compondrían? ¿Serían justos e imparciales? ¿Estarían influenciados por tendencias modernistas de las que tanto abundan hoy? ¿Gozarían de total libertad de acción? ¿Estarían subordinados a cualquier posible interés?

    No podía saberlo, pero, en cualquier caso, no debería desconfiar, no debería temer nada, no debería pensar en otra cosa que no fuera ganar... Aquel relato, su relato, su obra cumbre, le había costado muchas horas de trabajo, muchos insomnios, muchas consultas a libros, a textos de todo tipo, muchos folios rotos y vuelta a comenzar... Aquel relato era el mejor de todos, no tenía la menor duda de que era superior a cualquier otro de los que hubieran presentado. Su madre, si viviera, estaría orgullosa de él, de su capacidad creadora, de su gran dominio sobre las letras, de su inteligencia, preparación, suficiencia y talento en el campo de la literatura...

    Pero... ¿por qué no sonaba el teléfono? ¿Acaso le habían otorgado el premio a otro...? No, no podía ser: su relato era el mejor, «Muerte de un gorrión» era muy superior a todos los demás. Tenía que ganar. Estaba seguro de que su obra había sido elegida por unanimidad.

    Pero... ¿Y si habían abierto las plicas? ¿Y si habían visto que él era un don nadie, un perfecto desconocido, un escritor en los comienzos, sin fama, sin glorias y sin nada que aportar a la Academia o a los promotores del premio? ¿Acaso no ganarían más prestigio si se lo concedían a alguien con un nombre famoso, a un escritor ya conocido, o a algún otro que sin serlo fuera... fuera... hijo de un ministro, por ejemplo?

    Incluso, podía ser que su nombre y apellidos no les fueran gratos, que no sonaran bien a sus remilgados oídos: llamarse Vicente Vangochea y Cantarranas no era ningún pecado, pero... ¿Y si les daban por hacer chistes con su apellido?: bastaría que uno cualquiera dijera: ¿Cantarranas...? para que todos estuvieran de acuerdo en... ¿Pero cómo no lo pensó antes? ¿Cómo no tuvo en cuenta que todos se confabularían contra él? Además... seguro que el premio estaba concedido desde mucho antes que se celebrara aquel falso y vergonzoso simulacro de fallo...

    Su madre se lo decía, su madre le advirtió muchas veces que no se puede confiar en las personas; que los hombres te engañan siempre, y las mujeres también; que es de torpes, de pobres idiotas, creer que la gente es decente, honesta, justa, honrada, ecuánime, imparcial, digna...

    Sí, no le cabía dudas... Estaba claro que aquellos miserables podían haberle quitado lo que le pertenecía, privarlo del premio a su trabajo, de la recompensa a lo que tantos esfuerzos le había costado realizar, del reconocimiento a sus méritos, del... Sí, seguro que todos estaban vendidos, sometidos a oscuros intereses que nada tenían que ver con la literatura... ¡Todos!: los miembros del jurado, el secretario, el presidente, los componentes de la Academia! Seguro que no habían querido ver que su relato era el mejor, que él era un escritor excepcional, un verdadero artista de las letras, un genio...

    ¡Malditos asesinos de sueños! ¡Malditos degolladores de ilusiones! ¡Malditos homicidas de las letras! ¡Malditos exterminadores de la buena literatura! ¡Malditos abusadores de la buena fe! ¡Malditos ultrajadores de la honestidad de unos confiados e ingenuos escritores!

    Pero aquello no quedaría así... Los buscaría, les haría pagar cara su traición, les haría confesar que él era el único y auténtico ganador, que su relato era el mejor, que se vendieron y sometieron a unos turbios intereses, que «Muerte de un gorrión» era el mejor relato que se había escrito por los tiempos de los tiempos...

    Y luego los estrangularía... Sí, les retorcería el pescuezo de la misma manera que su madre a aquellos insolentes y jactanciosos pollos que se pavoneaban tras haber invadido una propiedad que no les correspondía. Les haría pagar caro el haber avasallado su derecho al premio, haberle desposeído de algo que era suyo, haberle privado de una gloria que le correspondía. Les haría pagar su angustia, todo aquel sufrimiento; les apretaría y apretaría el cuello hasta ver sus sucias lenguas arrastrando por los suelos, hasta que se les salieran los ojos de las órbitas, hasta que la piel de sus caras se tiñeran del color morado de la penitencia, hasta que la muerte les redimiera de su maldad y de la injusticia que habían cometido con él...


    La puerta se abrió y dos hombres entraron sujetándole con pericia y rapidez; sabían perfectamente lo que tenían que hacer... Y lo hicieron.

    Después de colocarle la camisa de fuerza, lo tendieron sobre la cama y el más joven le inyectó el contenido de la jeringa. Cuando el sedante comenzó a hacer efecto lo soltaron y se quedaron unos minutos contemplando cómo el sueño iba cerrando lentamente los ojos del enfermo. Después, mientras trataban de poner un poco de orden en la habitación, recogiendo del suelo libros, papeles y los pedazos de lo que antes fueran mesa y silla, el enfermero más veterano, chascando la lengua, comentó:

    -¡Pufff... Lástima de joven! Cada vez está peor... Este es el octavo ataque en lo que va de mes.

    -La esquizofrenia paranoide es así...

    -Sí, eso dice el doctor Velasco. -El enfermero pasó la vista por algunos de los folios que había recogido del suelo; luego, mirando al auxiliar, le comentó-. Era escritor: novelas y cosas de esas... Pero... -se llevó un dedo a la sien en un significativo gesto- se le aflojaron los tornillos, y ya ves... Ya lleva aquí cinco meses.

    -¿Y qué posibilidades tiene?

    -Pocas... Estos casos de esquizoides tardíos suelen tener mal final... Según dijo el doctor Velasco, el desencadenante de su estado fue la tensión a que estuvo sometido mientras esperaba el fallo de un concurso literario en el que había participado. Algo debió pasarle... Algo que le provocó un primer y fortísimo ataque, pues, cuando fueron a buscarlo para comunicarle que había resultado ganador, atacó a los que le llevaban la noticia hasta casi estrangularlos...

    .






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