La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    EL GENIO Y LA FAMA

    (1º Premio de Cuentos CAFETÍN CROCHÉ, S. Lorenzo de El Escorial, Madrid, 1993)

  • «...(del gr. mythos) fábula, sin. fantasía,
    producto de la imaginación.
    Pero tranquilizan al hombre al afirmar su
    pertenencia a una realidad continua...»

     

    César sacó el folio de la máquina de escribir y lo releyó por encima con cara de mala uva. El papel ya estaba usado por ambas caras por lo que, considerando que había dado de sí cuanto podía, lo hizo una bola y lo arrojó a la papelera.

    Encendió otro cigarrillo. El vaso de whisky apenas contenía un fondo acuoso con restos de hielo derretido. Lo apuró de un sorbo y se levantó dispuesto a servirse otro. Apenas había comenzado a desperezarse cuando, lánguida aún la mirada, observó la palmaria vaciedad de la única botella de whisky que se exhibía en el mueble-bar. Naturalmente, era la última.

    Derrumbándose como un fardo se volvió a sentar en el gran sillón de mimbre y apartó de mala manera la máquina de escribir. El cabreo era patente. Gruñó. Estaba hasta las narices de aquella vieja máquina a la que la «o» minúscula le salía tan mayúscula como unos labios asombrados y el acento se traía consigo a la cedilla, su eterna compañera, como si tuviera celos de dejarla sola con los demás «tipos»; pero los asuntos económicos no andaban como para permitirse el lujo de relevarla por uno de esos sofisticados aparatejos informáticos...

    Y también estaba harto de otras muchas cosas: de emborronar folios con aquellos seudo-relatos que sólo conseguían sacar unos tímidos e indulgentes «muy bien» o «muy interesante» a los amiguetes que tenían la paciencia de leerlos; de las dos novelas que tenía escritas, dos tochos primerizos con los que no sabía qué hacer; del manojo de cuentos que descansaban en el cajón de la mesa, los cuales, tras haber viajado a los cuatro puntos cardinales de la geografía patria, no le habían reportado más satisfacción que la de un miserable segundo premio en un certamen de provincias... Carne de papelera, insulsa carne de papelera todo. Claro que él no tenía quien le echara un cable para meterse en alguno de los premios capitalinos, en los del millón de pelas. Y ya se sabe: escritor sin padrinos, muere moro. Él sólo podía contar con sus propias facultades, sus conocimientos, su ingenio natural... pero, ¡qué leches!, luego llegan esos sesudos y multidiestros señores del jurado y te rebanan de un tajo la yugular de los sueños. En fin, que no hace falta tener razón, sino que te la quieran dar, como dicen los picapleitos.

    De nuevo dirigió la mirada al estante. Era inútil. En el reducido botellero no quedaba bebidas de ningún tipo. Los restos de bebestibles que sobraron de la última fiesta con Cristina y los amigos los había ido consumiendo en ocasiones similares. Ajo y agua... -pensó-. A joderse y aguantarse... De súbito, algo le hizo envararse en el sillón y quedarse con la mirada fija en el mueble. Sus pupilas se llenaron con la grata visión de la botella que, junto a la placa que le dieron en aquel certamen y las dos fotos que se hizo con el alcalde, guardaba tras los cristales del aparador.

    Aquella botella se la regaló Cristina a su regreso de Ammán cuando estuvo destinada como corresponsal de prensa a cuenta de lo del Pérsico. Era una botella o vasija de barro cocido, artísticamente modelada y que representaba una rara figura de animal monstruoso. No tenía ningún tipo de etiquetas, pero sí unos signos árabes grabados al dorso. La cerraba un tapón, también de barro cocido, lacrado con una sustancia rojiza. Según le aseguró Cristina, era un licor espirituoso que secretamente destilaban y bebían los beduinos de cierta tribu jordana habitantes de la gran depresión del wadi el-Araba. En realidad, aquel tiesto, más que una botella de licor era un exótico objeto de adorno. Le había prometido que la conservaría siempre como recuerdo, pero...

    El lacre salía bien golpeándolo con el canto de piedra del cenicero. Cuando lo hizo saltar todo alrededor del tapón, extrajo éste con cuidado y olió el contenido. Hummm... ¡Olía bien aquel condenado líquido! Vació una porción en el vaso y se la bebió paladeándolo. ¡Pues también era bueno su sabor! Quizá algo fuerte, pero para un bebedor de whisky a palo seco cualquier bebida es soportable.

    Volvió a llenar el vaso y pensó en la conveniencia de añadirle unos tacos de hielo. No... estaba bueno tal como salía de la botella. Achicó de nuevo el contenido del vaso y, sin soltarlo, lo puso sobre la mesa... ¡Al diablo las letras! -masculló- ¡Mañana será otro día!

    Se retrepó en el sillón y terminó de vaciar el vaso. Fue a coger el frasco para servirse otra ración, cuando... ¡coño! Retiró la mano de súbito y se echó hacia atrás. Le pareció que la botella estaba caliente, incluso, que se había movido. Se quedó contemplándola indeciso.

    Al poco, primero leve y suavemente, un humo blanquecino comenzó a salir del recipiente. Se mesó la barba y pensó que qué tipo de reacción química podía haber sufrido el líquido al contacto con el aire. No le cabía dudas que algo le había afectado... De pronto, la leve columnita de humo fue creciendo y creciendo hasta hacerse gigantesca. Retiró cuanto pudo el sillón y pensó que tendría que recurrir a un cubo de agua o al extint... No hizo falta: el humo se fue cerrando sobre sí mismo y, ante sus asombrados ojos, comenzó a tomar forma una extraña y gigantesca figura.

    Por unos momentos se quedó pasmado ante la visión, pero, casi de inmediato, tras llevarse las manos a los ojos y restregárselos con fuerza, reaccionó soltando una gran risotada.

    -¡Toma ya, lo que me faltaba! ¡Un genio... un genio de las Mil y una noches, un genio para mí solo! ¡Seré imbécil! Ja, ja, ja...

    La risa se le cortó en seco al oír la clara y potente voz que resonó en la estancia.

    -Mi amo y señor: soy Hama’ans, humilde servidor de Alá. Por mis pecados fui castigado a permanecer en las sombras hasta que alguien de este mundo me liberara. Su divina indulgencia, a través de ti, me permite volver de nuevo a la luz para servirle. Pero, antes de regresar a la diestra de lo inmenso, he de recompensar a mi libertador.

    -¡Ya, ya, ya...! Tres, no... te puedo pedir tres deseos, ¿no?

    -Sólo uno, mi señor. Sólo puedo concederte un deseo.

    -¡Vaya! Pues todos los genios del mundo han concedido siempre tres deseos.

    -Las costumbres cambian, mi señor.

    -Bien, está bien... ¿Y qué puedo pedirte?

    -Lo que quieras, mi señor. Sólo ha de tener en cuenta lo efímero de las cosas materiales.

    -¿Quieres decir que no debo pedirte riquezas o bienes?

    -Puede hacerlo, mi señor, pero la riqueza es algo perecedero. El dinero que se obtiene fácil se va más fácil todavía. No es aconsejable que me pida riquezas, mi señor.

    -¡Ajá! Bueno... ¿y qué me dice del poder, de hacerme persona poderosa? No sé... algo así como rey o presidente de una nación.

    -Mala cosa, mi señor. Un rey no es sino un cautivo de sí mismo y un esclavo de sus reales obligaciones; no tiene libertad para hacer lo que quiere y desea. Son como pájaros en jaula de oro... En cuanto a jefe o presidente de un estado, ha de tener en cuenta que es poder transitorio, efímero... Sus mandatos suelen durar poco. Además, demostrado está que el poder corrompe. Por ello, suelen salir malparados casi siempre.

    -En ese caso... Bueno, sabrás que me dedico a escribir, pero no tengo ni maldita suerte: todo lo que hago me sale como si tuviera diarreas mentales. Podía... ¡Claro, hombre, cómo no lo pensé antes! ¡Haz de mí un famoso escritor! ¡Que mis trabajos sean admirados por críticos y lectores! ¡Que domine el arte y la ciencia de la Literatura! ¡Que la fama, esa altiva diosa que me niega su favor, venga a mí y me sonría con su suerte! ¡Haz que la fama llame a mi puerta! ¡Tráeme la fama!

    -Bien, mi señor. Cuando me marche, justo en el instante en que me vaya, tu deseo se cumplirá. Tendrás todo lo es necesario para ser un gran escritor. La fama llamará a tu puerta. Es mi palabra en nombre de Alá. Que se cumpla tu deseo. Adiós, mi señor. Que Alá esté contigo.

    La figura se fue disipando en la semioscuridad de la habitación y un extraño silencio lo envolvió todo.



    César oyó los continuados timbrazos y se incorporó en el sillón. Se restregó los ojos y miró a todas partes. Nadie... ¡Claro, había estado soñando! Miró la botella de licor, la cogió y comprobó que estaba totalmente vacía. Sin duda, animado por los vapores del whisky, se le fue la mano y... ¡Un genio, ja, ja, ja! ¡Un genio en la botella, al que liberó y en correspondencia le había concedido hacer realidad su gran deseo... ja, ja, ja! Tenía gracia la cosa.

    Los timbrazos en la puerta volvieron a insistir. Miró el reloj y vio que eran casi las diez de la mañana. Se levantó soltando una maldición y fue a abrir. A través de la mirilla vio a Chema, el chico de la papelería de la esquina. Traía a la espalda un abultado paquete. Abrió de golpe.

    -¡Buenos días, don César! Creí que no estaba, pues llevo un buen rato llamando... Bueno, verá usted: que le ha tocado el premio que sorteamos todos los meses entre nuestros clientes: veinticinco mil pesetas en material de la casa... Y como don Eu..., bueno, don Eugenio, el dueño, sabe que a usted le gusta escribir, pues le manda todo esto. Aquí tiene usted... Son varios libros de Lingüística, una «Introducción a la Literatura», un Diccionario en dos tomos... y también cinco mil folios, pero de los buenos, de los de ochenta gramos... ¡Ah! Me dijo don Eugenio que lo felicitara de su parte. ¡Dice que con todo este papel tiene usted para llegar a ser premio Nóbel! ¡Que usted lo disfrute, don César!

    César dejó el paquete encima de la mesa y despidió al chico con una propina. Volvió al salón y, con el ceño fruncido, contempló el envoltorio y el membrete de la cinta plástica que lo cerraba.

    Se quedó alelado, entontecido, bobo, mientras leía aquellas grandes letras que se repetían una y otra vez a todo lo largo del papel:

    ...«LA FAMA» * Papelería «LA FAMA» * Librería y Papelería «LA FAMA» * Papelería «LA FAMA» * Librería y Papelería «LA FAMA»...

    .






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