La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    "MALALECHE"
     
    1º Premio de Narrativa Taurina "PEÑA TAURINA LITRI", Calatayud, Zaragoza, 1992

  • Juan García, "El Macareno", con la larga vara de sus veintisiete años matando toros, midió, pesó y calibró de nuevo al bicho que pisaba ya el reseco albero de la plaza. "Cascabelero" le dijo "El Tato" que se llamaba... "Malaleche" debía llamarse", le dijo él nada más verlo en los toriles el día antes. "Po te tocó, maestro", le dijo "El Tato" cuando vino de hacer el reparto con los otros mozos de espada. "Po mala suerte, Tato; qué le vamos a jacé", le dijo él. Y allí lo tenía. Casi seiscientos kilos de "malaleche" galopando de la puerta de toriles a las querencias y de las querencias a todo lo que se moviera. Cinco años hechos toro, cinco años largos de "malaleche" metidos dentro de aquel negro zaino, corrío, bragao, meano, de cara alta, corniveleto y algo bizco del izquierdo.

    Sabía, desde que le miró la cara el día antes lo sabía, que aquel toro, segundo de su lote y cuarto de la tarde para los demás, para él no sería el segundo. Ni el segundo ni el primero ni el cuarto... Aquel toro llevaba una muerte asomando por la negrura de sus ojos; aquel toro traía dentro esa muerte a la que siempre burló. Sabía, desde que lo vio lo sabía, que aquel toro sería el que se lo llevaría p'alante, que aquel toro era su destino, el último toro... Pero no tenía miedo, no... Cuarenta y siete años. Muchos años ya, mucha lucha, muchas cornás, muchos malos tragos, muchas lágrimas escondidas donde no las viera nadie... Pa qué... ¿Miedo?

    Juan García, "El Macareno", en los veintisiete años que llevaba matando toros jamás había tenido miedo. Ni siquiera en aquella corrida, tantos años atrás, en la que el bicho, derrote tras derrote, le había advertido que le huyera, que lo dejara, que se fuera de allí o se lo llevaba por delante. ¿Miedo?, nunca... Lo cogió, claro que lo cogió. Treinta centímetros, entre las dos trayectorias, abrieron el pitón en las carnes aún vírgenes de su muslo derecho. Un pañuelo, dos pañuelos... "Dejarme, quillos, tengo que matarlo..." "Pero es que hay mucha sangre aquí, maestro; que estás mu mal jerío..." "Dejarme, dejarme, amarra fuerte, aprieta fuerte, más fuerte, que aguante hasta que le corte el resuello a ese hijo de puta..."

    Cuarenta y cuatro días de briegas contra el dolor y la muerte en una maldita cama de sanatorio barato, luego varios meses de recuperación. La pierna no iba bien, ya no le dolía, pero no iba bien... "Que no, hombre, que no te vas a quedar cojo. Ya verás como se te va quitando con el tiempo..." Eso le había dicho el médico. La ruina, una ruina por cualquier parte que lo mirara. Las cuatro o cinco corridas que tenía apalabradas en aquella su primera temporada de matador se perdieron; el del Banco -Yo soy un mandao, decía- que se encabronó con lo del préstamo para la finquita y arrampló con ella, con el coche y hasta con la casa de los viejos por haber firmado en los papeles. Maldita sea... Y luego, días y días, meses y más meses llamando a las puertas de los que se decían amigos, acudiendo a los tentaderos para implorar unos pases a una vaquilla de mala muerte, rogando una vez y otra a los de traje y puro sólo para ver, una vez y otra, sus lustrosos carrillos moviéndose hacia los lados, hacia donde el no, hacia donde se pierden las esperanzas... ¿Miedo?, ¿miedo dices...?

    No... No se le aflojaron los machos ante aquel mal quite del destino. Se llenó las alforjas de esperanzas recompuestas y volvió a los caminos de la noche y de las hambres, al camino de las lunas grandes que llenaban de plata las barreras de los olivos y el silencio, a los caminos de aquella luna que siempre lo seguía con su mirar de hembra buena para aplaudirle los vuelos de la franela cuando saltaba las alambradas.



    -¡Maestro...!

    -¡Tírale capote por ese lao, Curro!

    -Ese bicho no me gusta ni un pelo, Juan... Está mu crúo y mu joío... Un aliño y a juí...

    -Calla, Tato, calla... Ese bicho es como tós... Ese bicho ha llegao ahí pa que le arranque las dos orejas, y se las vi arrancá, ya lo verás.



    Caminos y más caminos. Caminos largos y sin un destino fijo andados con las esperanzas a cuestas y pensando que llevarían a algún sitio. De vez en cuando algún festejo en algún pueblecillo. Unos duros para seguir tirando. En uno de esos festejos conoció al Tato.

    El Tato era aquel chaval alto y desgarbado que hablaba con el concejal que llevaba lo de la becerrada la mañana que fue al Ayuntamiento para ver si lo metían en el festejo. Nada más verlo lo reconoció. "¡Hombre, maestro, uzté es "Er Macareno"! ¿Qué hace uzté por aquí?" El Tato le dijo que lo había visto torear tanto de novillero como de matador, y que fue una lástima lo de la cogía. Y al concejal: "Don Manué, aquí tié uzté a un torero de los güenos, na menos que "Er Macareno". Torero fino, don Manué, er mejón torero der mundo con las medias verónicas y las chicuelinas..." Y don Manuel lo contrató y al día siguiente hicieron el paseíllo juntos. Y otros varios paseíllos en otras varias becerradas, novilladas o festejos sin nombre de fiestas de pueblos. Pero el Tato no estaba hecho de la madera con que hacen a los toreros: el Tato se vestía de azul y miedo cuando las cinco de la tarde abría las puertas de los toriles y el mugido de la fiera se le subía a repelucos por el cuerpo buscándole los tuétanos... Y el día que aquel novillo cuatreño le dijo que los pitones de los toros cortan las carnes como navaja barbera, cuando vio que el toro no mentía y que la sangre le brotaba de la barriga como si se la hubieran abierto en canal, aunque la herida no fue importante y curó pronto, se cortó la coleta, los sueños y los miedos para los restos. Era un buen mozo de espadas el Tato. Veinticinco años ya.



    -¡Quillo, Curro, déjalo ya...! ¡Arretírate y vente p'acá!

    -Juan, t'as fijao la mirá der bicho... Parece que echa jumo...

    -Po claro que ma'fijao... Anda, trae p'aca er búcaro y échame un poco agua en las manos, que las tengo suosas.

    -Po a mí lo que me sua es er corazón... ¡Que tengas cudiao, chiquillo, que ese bicho es una alimaña!

    -O peó tovía, no lo sabes tú bien... Bueno, allá voy.



    Un día, ya casi bien de la pierna -apenas si se le notaba la cojera-, en una novillada-festejo en una plaza de medio pelo, en la que suplió a uno de los espadas anunciados por cogida de éste, tuvo suerte con el lote y consiguió poner de pie al respetable. Con el capote se lució por chicuelinas y medias verónicas en el primero; luego, en su segundo, un cuatreño "dibujao", cargó la muleta y le sacó una serie de naturales con un remate de pecho que hizo que el público se volcara como en sus mejores tiempos. Mató bien, una entera, y tocó pelo. Las dos orejas y el rabo se pasearon en sus manos en las tres vueltas que el respetable le obligó a dar a la plaza. Pero lo mejor de todo fue que lo llamó don Benito, apoderado de dos o tres toreros de cartel, y le dijo lo que tantas ganas tenía de escuchar en unos labios de los que fuman puros: "Maestro, mañana lo espero a usted en el despacho. Tenemos que hablar de negocios usted y yo. No me falte".

    ¿Faltar? ¿Cómo podía faltar a aquello por lo que llevaba tanto tiempo de luchas y hambres, de recomponer esperanzas, de...? ¿Faltar?

    Don Benito no era mala gente, un poco pejiguera y bastante enamorado de los duros si que era, pero no era mala gente. Las dos corridas que le firmó se le quedaron chicas y, nada más celebrarse, hubo que buscar un papel más grande donde cupieran las otras quince que le contrató para lo que quedaba de temporada. Buen año fue. El siguiente, mejor. Treinta y nueve corridas, además de otras dos en Francia; después, a saltar el charco. México, Guadalajara, Puebla, Veracruz, Lima, Quito, Medellín... Éxitos y más éxitos, carteles de "No hay billetes" en las taquillas, grandes letras en las planas de los periódicos: ¡"Macareno", genial!, ¡Tres orejas y un rabo en la segunda de Feria para "Macareno"! ¡Un torero de clase y tronío el hispano Juan García, "Macareno"!

    Varios años buenos. La finca vuelta a comprar; más grande ya al unirle otra finca y un pedazo de tierra colindantes. Algunas vacas y dos o tres buenos sementales para ir haciendo una ganadería. El negocio del hotel y unos cuantos duros invertidos en acciones... Todo bien.



    -¡Venga, "Botijo", venga esas banderillas! ¡Pero ten cuidao, no vayas a queré jacé lo mismo que er Curro, que tú ya no eres un chiquillo! Se las clava donde puedas... o le tocas el lomo y a juír.

    -Hoy no es mi día, Juan... Er puto bicho este...

    -¡Ar salí, "Botijo", ar salí, ...venga, tira millas y p'aentro!

    -¡La mare que lo parió!



    Aquel año vino la segunda cogida de importancia. El pitón de "Bulerito" le rompió las ingles. Trece o catorce meses pasaron antes de volver a coger la muleta. Después, dos o tres temporadas para olvidarlas... Los toros, ganaderías de segunda y tercera clase, unos pencos la mayoría, productos más para mataderos que para ser lidiados en plaza de toros. También la gente sabía cada día más de la fiesta y exigía buenas tardes y buenos espectáculos a cambio de los buenos duros que se dejaban en las taquillas. Normal. Pero ni los ganaderos ni los veterinarios ni nadie sabía por qué se caían tanto los bichos. La gente se daba cuenta de que aquellos animales eran borricos con cuernos. Almohadillas y tiestos de todas clases volaban hasta los alberos ocupando los sitios que les correspondían a claveles, sombreros y botas de vino.

    Fue la primera retirada. Trabajo le costó cortarse la coleta en aquella tarde, que fue hasta buena, pero era lo mejor. La gente se quedó con buen sabor de boca aquella tarde. Y él, entre lo que le iba rentando la finca y los negocios, tenía para ir tirando sin agobios. Todavía era joven, si más adelante encartaba, a lo mejor volvía a vestirse de azul y oro y regresaba a buscar la emoción y los aplausos de las cinco de la tarde...



    -¡Hala, venga pa'entro, "Botijo"! ¡Superió, has queao superió! Toma, ten ahí, Tato, y dame la muleta... No, esa no, la otra... y sarpícale un poquillo agua pa que coja cuerpo.

    -Tienes que tené muchíjimo cudiao, Juan, mucho cudiao con la muleta que ese "Cascabelero" tiene ganas de tocá los cascabeles... ¡Que no me fío de ese mar bicho, Juan! ¡Por mi mare de mi arma, quillo!

    -No te preocupes, Tato, ahora no va a pasá ná... Más tarde, al matá...

    -¿Qué dices, chiquillo?

    -¡Ná, hombre, ná... cosas mías! ¡Trae p'acá el trapo, cagaleras!



    Varios años dedicados a sacarle rentas a la finca con lo del trigo y la remolacha, y a procurar que aquellos novillos que llevaban su hierro no se hincaran de rodillas nada más salir a las arenas. "Revoltillo" era un buen semental, muy bueno, un toro perdonao que demostró en la plaza tener tantos cojones como nobleza. Y las vacas tenían casta. La cosa iba bien.

    Algunos días, tentando a los erales en la placita de la finca, sentía dentro algo que le hacía mirar arriba, primero al azul del cielo y luego a todo el alrededor de la placita, como queriendo encontrar el bordado de las mantillas, el grana de los claveles, el aplauso de unas manos blancas y finas y el requiebro de unos ojos negros y una sonrisa escapando en la promesa de unos labios... Pero sólo veía al Tato, quieto, mirándolo siempre embobado y con los ojos brillantes de quien siente dentro una pena o un sueño encadenado a la realidad y condenado a ser siempre pena y sueño, o sueño y pena, que tanto da... Y entonces recordaba a Inés, aquella chiquilla, casi niña, casi mujer, casi novia, casi sueño, a la que un día, siendo un muchacho, cuando no era nadie sino un puñado de ilusión y esperanzas, entre correría y correría por los campos de las lunas y las hambres prometió amor eterno.

    Ella era una flor, quince años tenía, una flor... Nunca podría olvidar aquel día que nada más llegar al pueblo después de mes y medio por campos y tentaeros, contento por unas promesas buenas que traía, corrió a su casa para compartir con ella el aire y los sueños y las alegrías... Nunca podría olvidar aquella cara de niña, casi mujer, casi novia, casi sueño, que dormía para siempre entre los blancos lienzos de su mortaja.

    Muchos días llorando a su flor muerta; muchos días escondiendo las lágrimas muy dentro y hondo para que nadie viera llorar a un torero.

    Él le había prometido amor eterno, quererla para siempre, "tú mía y yo pa ti, pa los restos amor mío, pa siempre niña mía..." Nunca más se miró en los ojos de una mujer; nunca más los buscó ni quiso que su imagen se reflejara en otras pupilas. Sabía mirar para adentro y encontrar los ojos de una flor que le sonreían en sus interiores, que lo esperaba cada día allí donde las lágrimas y la sangre. Nunca más, no, nunca más...



    -¡Venga p'acá el hierro, Tato! Ya llegó la hora...

    -¡Ese bicho t'astao buscando tor tiempo con el derecho, Juan, y tú paje que ni te das cuenta! ¡Qué estás jaciendo, cojones! ¡Joé, que me va a dá argo!

    -No hay cuidao... Ya te dije que sería al matá... bueno, ¿y a ti qué te importa?

    -¡Ná, cojones, está mu bien! ¡Sigue, sigue, deja que te lleve p'alante, que los demás semos de jierro! ¡Cago en la má...!

    -Si me pasa argo, le dice a los viejos que mi úrtimo pensamiento fue pa ellos... Y tú no te preocupes que está to arreglao... Las partes están jechas y pa cá uno lo suyo...

    -¡Ahí, ahí, tú sigues jodiendo la marrana...! ¡Como te pase argo te vi cogé y... y... y...!

    -¡Venga, dame ese estoque! ¡Si sólo pasa lo que Dios quiere, hombre...! Ca uno tiene er día marcao... A lo mejó este es er mío, ...pero que se le va jacé.

    -¡No... no me toques más las cosas de aentro que no te vi dejá ni que mate ar bicho, Juan! ¡Que soy capaz de ir a matarlo yo!

    -Anda, dame un abrazo y trae p'acá ese estoque...



    La vida siempre fue dura para él; incluso en los buenos tiempos tuvo a la suerte jugándole partidas con cartas marcadas. Por eso no le cogió de sorpresa lo del incendio del caserío. Los dos viejos medio muertos, quemados entre el llamerío de infierno en que se convirtió la casa. Clínicas, injertos, operaciones... Dos o tres años hasta que los viejos pudieron salir a la calle recompuestos y medio vivos. Un dineral de gastos, las cuentas a cero, los negocios vendidos ...y sin un duro. A volver.

    No fue mala la vuelta, pero ya nunca volvieron a ser las cosas como antes; todo era distinto; había muchos chavales jóvenes que se arrimaban al toro y ponían las cosas muy difíciles. Unas pocas corridas en los primeros años, diez o doce o quince, pero cada año menos y costando más trabajo meterse en un cartel de figuras.

    Después de unos años, con unas perrillas juntas y la finca, no ya como antes, porque los terrenos del sembradío y la ganadería tuvo que venderlos cuando lo del incendio, pero por lo menos arreglada y con unos pocos animalillos de granja, a raíz de otra cogida que le trajeron otros pocos de meses apartado de la plaza, volvió a retirarse. Tres años. Tres años duró el apartamiento de los ruedos. Pero las cosas volvieron a ir mal... Aún podía sacar algunos duros con el arte. Volvió. Y hasta hoy.

    Ahora, cuarenta y siete años, harto de luchas y de briegas y de lágrimas escondidas donde nadie las viera, aquel negro zaíno le traía lo que esperó siempre. Estaba allí, frente a él, con aquella muerte que se le quería escapar por la negrura de sus ojos. Allí quieto, cuadrado de manos y con los alientos hechos dos chorros de vapor y fuego. Sabía que al entrar a matar, al tocarle el pelo del morrillo, aquel pitón derecho lo engancharía, lo levantaría por el aire para llevarlo a los sitios donde lo esperaba una flor, una niña, casi mujer, casi novia, casi sueño que le tendería las manos y le curaría para siempre las heridas que llevaba en el cuerpo y en el corazón.

    Alzó el estoque. Giró y se quedó mirando aquellos ojos negros que lo miraban con mirar de muerte... "Ven "Cascabelero", ven, muerte mía, vente tú también p'allá, vente que a los dos nos esperan, a mí una flor... y a ti... a ti..."

    Fue entonces, cuando, súbitamente, el toro alzó la cabeza, lo miró, lanzó un tremendo mugido fuerte y sordo y cayó en redondo sobre la arena...



    -Un infarto ha sio lo der toro, Juan; eso dice el veterinario.

    -¿Un infarto? ¡Cagondié! Trabajo me cuesta creerlo...

    -¡Po no veas tú cuánto m'alegro yo! ¡Ese hijoputa bicho tenía tricnina!

    -Cállate, Tato, cállate... Y tú, Curro, preocúpate de la cabeza de ese bicho. Es mi úrtimo toro ...el úrtimo y uno de los mejores toros que he lidiao en mi vía. Tú no lo sabes, Tato, pero ese toro llevaba dentro una muerte que era pa mí... Ese toro fue bueno toa la lidia; no me cogió porque no quiso, ya lo viste... Ese toro sabía que llevaba una muerte dentro, una muerte que se le escaparía por los pitones en cuanto yo me metiera en la igualá... Lo sabía y no quiso traspasármela, no quiso traspasarme esa muerte que le roía las entrañas y la reventó dentro, la estranguló dentro de sus venas de noble que era... Te vi decí una cosa, Tato: yo en mi vía había visto a un toro llorá, ...pero ese toro tenía como dos lágrimas en los ojos cuando arcé el estoque y le dije: "ámonos, "Cascabelero", ámonos que a los dos nos esperan..."

    .






volver      |      arriba

contador

BIOGRAFÍAS    |    CULTURALIA    |    CITAS CÉLEBRES    |    ARENA Y CAL


Islabahia.com
Enviar E-mail  |  Aviso legal  |  Privacidad  | Condiciones del servicio