La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    EL SUEÑO IMPOSIBLE
     
    HUCHA DE PLATA de Cuentos Certamen HUCHA DE ORO, CECA, Madrid, 1992

  • -La señorita Julia no quiere recibirte.

    Juaíllo fue a decir algo, pero, asintiendo con la cabeza, bajó la mirada, dio media vuelta y retornó por donde había entrado.

    Ella sabía que Juaíllo se iba de allí con una pena grande royéndole las entrañas, pero era lógico que las cosas sucedieran de ese modo, pues el hijo de un guarda no puede ni debe andar por la vida enamoriscado de la hija de los amos.

    Lo conocía bien, claro que lo conocía bien; cómo no habría de conocerlo si fue ella misma quien, casi veinte años atrás, con sus propias manos y su ya larga experiencia en aquellos menesteres, ayudó a su madre, a Justina, a traerlo al mundo. Fue aquel día un día grande en la casa de Justina y Roque, los guardeses de la finca, y hasta lo celebraron con las carnes de una de las corzas que en aquellos días de batidas había cobrado don Terencio; pero, aparte de buena salud y un rincón de casa donde vivir, poco más tenía y poco más habría de darle la vida a aquel pobre zagal nacido en una cuna pobre y en un humilde cuarto de una humilde casita que ni siquiera pertenecía a sus padres, los guardeses de la finca de don Terencio Cosme de Gabellán y Otagua, barón de Otagua, dueño de media comarca y de una de las fortunas más sólidas de toda la región.

    Pocos meses después que él, y también con su ayuda, nació la señorita Julia. Pero la señorita Julia, a diferencia de Juaíllo, nació en cuna de encajes y en lujoso dormitorio del palacete propiedad de sus padres. Y no hubo sólo un día grande para celebrar su nacimiento, sino toda una semana de fiestas y jolgorios.

    Lo único malo era que la señorita Julia siempre fue una niña endeblita y con una salud casi tan escasa como la de su madre, doña Clara, que era muy buena mujer, eso sí, muy bondadosa y siempre dispuesta a ayudar a todo el que necesitara ayuda, pero tan delicada, tan poquita cosa en eso de la salud que ni siquiera pudo amamantarla cuando nació. Hubieron de ser los robustos pechos de Justina quienes, quitados de la boca de Juaíllo, amamantaron a aquella niña rubita hija de los amos.

    Y crecieron juntos. Y juntos vieron desfilar los días gratos de la niñez y las sonrisas, esos días en que todo es rosa y los ojos muestran los más recónditos rincones del alma, esos días hechos del color del cielo, en que las flores y los pajarillos y las estrellas sólo son juguetes hechos y dispuestos para construir sueños de infantiles mentes, ilusiones y fantasías de corazones aún vírgenes de las otras cosas de la vida...

    Y juntos, más tarde, cuando la niñez fue quedando atrás y los cuerpos crecieron, cuando los interiores se fueron haciendo más anchos y los doce, los trece, los catorce años se les fueron anudando al corazón, descubrieron que eran hombre y mujer, y adolescentes sentimientos comenzaron a despertar en sus jóvenes interiores, y las miradas antes azules se tornaron brillantes, y los sueños comenzaron a ser construidos con esas materias que nacen en lo hondo del pecho... Y, también entonces, descubrieron que eran seres distintos, que la misma vida que les había unido había puesto a sus pies la hondura terrible de un abismo insalvable... Entonces fue cuando los labios olvidaron las sonrisas para dar paso a los suspiros, y los ojos se tornaron aún más brillantes con la luz amarga de las lágrimas.

    La distancia y el tiempo, cuando la señorita Julia fue enviada a París a estudiar a un colegio privado, hicieron que ésta olvidara en buena medida a aquel joven con el que compartió la niñez. No así Juaíllo que, cada día, cada mañana después de que el cartero pasara, venía a buscarla a la casa con unas palabras, siempre las mismas, unas palabras cargadas de ansiedad y en las que se adivinaban todo lo que sentía por dentro: «Tata... ¿qué se sabe de la señorita Julia?» Y ella siempre lo mismo: «Ya te dije que vendrá para Navidad... Pero, no seas loco, hombre, olvídate de ella... La señorita Julia no es de tu clase. Olvídala, olvídala...» Para nada, al día siguiente: «Tata... ¿qué se sabe de la señorita Julia...?»

    Una luz nueva brillaba en su cara cuando, allá por Navidades o por el verano, la señorita Julia aparecía a pasar las vacaciones en la finca.

    Siempre lo veía solo, envuelto en soledades, rondando la casa y atento siempre a cumplir el menor deseo o capricho de su amor imposible. Horas y días enteros pasaba allá a las puertas de las caballerizas, aguardando a que una figura menudita y rubia asomara a la balaustrada de la casa y le dijera: «Juaíllo, mañana saldré a dar un paseo a caballo». A la mañana siguiente, antes de que las primeras claras del día asomaran al patio de las cuadras, ya estaba preparada, ensillada, limpia y resplandeciente, la yegua «Galatea», la alazana de la señorita Julia. Y cuando la señorita Julia salía a lomos de su yegua, sola, como siempre gustaba hacerlo, Juaíllo, por si acaso pudiera ocurrirle algún percance en su solitario paseo, corría tras ella por prados y caminos, ocultándose tras los árboles y matorrales para que ella nunca se percatara de su presencia.

    De la misma manera, cuando la señorita Julia, acabadas las vacaciones, partía para reincorporarse a sus estudios en París, aquel pobre diablo desaparecía durante varios días sin que nadie supiera dónde y qué hacía, para reaparecer al cabo del tiempo, demacrado y llevando en los ojos todas las tristezas que le acarreaban sus sueños imposibles.

    Pero todas aquellas excentricidades y tristezas se multiplicaron desde que se supo lo de la enfermedad de la señorita Julia...

    El día que la vio aparecer en la ambulancia, y que la transportaron a sus habitaciones en una camilla, ese día no paró de dar vueltas, de maldecir, de llorar, de no dejarla tranquila hasta que le dijo todo lo que le pasaba a la señorita Julia.

    Hubo de decirle toda la verdad: que la señorita Julia andaba algo delicada del corazón y que había estado ingresada en un hospital de Madrid durante los últimos meses; que la habían operado y que necesitaba mucho reposo; que se encontraba bien, pero que quizás hubieran de operarla de nuevo si el aparato que le habían colocado no daba resultado.

    Juaíllo estuvo bastante mal después de oír aquello. Sufrió mucho, mucho... incluso más que la vieja sesentona que los había ayudado a nacer.

    Desde entonces, cada mañana: «Tata... ¿cómo está la señorita Julia?»; y al mediodía: «Tata... ¿cómo está la señorita Julia?»; y por la noche: «Tata... ¿cómo está la señorita Julia?»

    El día que nos vio preparándolo todo para trasladarla de nuevo al hospital, después de enterarse de cuanto pasaba, de que la señorita Julia había empeorado y habrían de operarla de nuevo, no paró hasta obtener de una vieja sesentona el juramento de que, dentro de la gravedad, a la señorita Julia no habría de pasarle nada, y de que llamaría cada tarde a su madre para mantenerles informados de todo cuanto pasara allá en el hospital.

    Así, a través de Justina, su madre, se enteró de lo de la nueva operación, de que ésta tampoco daba los resultados que los médicos querían, y, por último, de lo del trasplante... Los médicos habían dictaminado que la única solución para que la señorita Julia viviera era la de trasplantarle un nuevo corazón. Para ello había que estar a la expectativa de que hubiera un donante, y de que los órganos de éste fueran compatibles para que el corazón pudiera ser trasplantado al cuerpo de la señorita Julia.

    Y también se enteró de que los médicos habían dado un plazo...

    Por eso no le extrañó que, aquella tarde, dos días antes de que expirara el tiempo que los médicos habían dado como factible para poder proceder a la operación de trasplante, Juaíllo se plantara allí en el hospital y le pidiera verla por última vez, pues se había enterado de que la gravedad de la señorita Julia era extrema y sabía que ya no tendría ocasión de volver a verla nunca...

    Pero una vieja sesentona sabe que no está bien que el hijo de un guarda ande enamoriscado de la hija de los amos.

    Y, aunque sabía bien que a la niña Julia, no sólo no le hubiera importado verlo, sino que incluso le hubiera gustado decirle que nunca olvidó a aquel Juaíllo con el que compartió años y sueños de juventud, ratos felices, ilusiones, y hasta los pechos de una misma madre, y que, aunque las circunstancias de la vida los separaba, guardaba por él el mismo cariño de siempre, para una vieja sesentona que comprende que la vida es como es, que sabe que las cosas imposibles son imposibles, y que no hay que darle más vueltas, lo mejor era decirle lo que le dije aquella tarde: «La señorita Julia no quiere recibirte...»

    Y sabía que Juaíllo se iba de allí con una pena grande royéndole las entrañas, pero era lógico que las cosas sucedieran de ese modo, pues el hijo de un guarda no puede ni debe andar por la vida enamoriscado de la hija de los amos.

    Y lo conocía bien, claro que lo conocía bien; cómo no habría de conocerlo si fue ella misma quien, casi veinte años atrás, con sus propias manos ayudó a su madre a traerlo al mundo... Y también sabía todo cuanto Juaíllo sentía por la niña Julia, todo... Pero, aún así, aún conociéndolo como lo conocía, nunca hubiera sospechado que Juaíllo era capaz de ir más allá de donde van los hombres que aman, más allá de los sueños y de los sentimientos de las personas que aman.

    No, no lo entendió bien cuando aquella tarde en el hospital le pidió verla por última vez, pues se había enterado de que la gravedad de la señorita Julia era extrema y sabía que ya no tendría ocasión de volver a verla nunca. Claro que no lo entendió, claro que no supo entenderlo...

    Comenzó a sospechar algo cuando, al rato de que Juaíllo se fuera de la sala con la cabeza baja y las tristezas amontonadas tras los ojos, uno de los médicos llegó diciendo que se preparaba todo para intervenir de urgencia a la señorita Julia.

    Se acrecentaron sus sospechas cuando, mientras el personal del hospital procedía a trasladar a su niña Julia a los quirófanos y ella contemplaba llorosa la extrema lividez de su piel, una de las enfermeras vino a buscarla a requerimiento del médico jefe de la planta.

    Se confirmaron sus sospechas cuando, tras ser informada de todo por el médico, entró a uno de los quirófanos para reconocer el cuerpo que yacía en la mesa de operaciones y contempló el cuerpo de un joven con la cabeza destrozada por un disparo.

    Lo supo definitivamente cuando, tras serle entregada aquella carta, escrita por el joven y dirigida a su nombre, en la torpe caligrafía de Juaíllo descubrió que éste fue capaz de ir más allá de donde van los hombres que aman, más allá de los sueños y los sentimientos de las personas que aman.

    La carta, unas pocas letras, torpes y escritas con renglones torcidos, decía:

    «Tata, que como mi corazón siempre ha sido de ella, pues se lo doy para que se lo pongan dentro y se cure. Tú sabes que a mí nunca me ha servido para otra cosa que para sufrir esta maldita suerte que me dio la vida. Por eso, con quitármela, no hago otra cosa que conseguir lo que siempre soñé, lo de vivir junto a ella, dentro de ella, y ya para siempre. Ya ves que los sueños imposibles no siempre son imposibles. Dile a mis viejos que no sufran, y tú tampoco, y a ella no le digas nada de esto, pues, aunque este corazón, que ahora será el suyo, está bien acostumbrado a sufrir, hora es de que ni ella ni yo suframos más. Cuando se cure, mírala y verás que yo estoy dentro de ella, de la misma forma que ella siempre estuvo dentro de mí. Un fuerte beso de tu niño. Juaíllo.»






    Don Terencio, con la aprobación de sus padres, ordenó que Juaíllo fuera enterrado en el panteón familiar.

    Y allá íbamos cada mañana la niña Julia y yo a llevar unas flores a aquel zagal, hombre enamorado, que fue capaz de ir más allá de donde van los hombres que aman, más allá de los sueños y de los sentimientos de las personas que aman.

    Íbamos y éramos dos, la niña Julia y yo, quienes hablábamos cada mañana allá sentadas junto a la tumba, pero éramos tres los que estábamos, porque a los ojos y a la sonrisa de la niña Julia se asomaba la sonrisa de un Juaíllo feliz. Y esta vieja sesentona, mirando a la niña Julia, lo oía decir:

    «Tata... ¿te das cuenta lo felices que somos ahora yo y la señorita Julia?»

    Y la niña Julia también lo oía, porque me miraba, asentía con la cabeza y me decía sonriendo: «Que sí, Tata ...que es verdad.»

    .






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