La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    LAS TREINTA MONEDAS
     

  • Cuando Honorato Cifuentes se acostó aquella noche, a pesar de que se había colgado del cuello los dos escapularios que su difunta madre siempre había llevado con el hábito del Carmelo y el «Detente» que le regalaron las monjas cuando era pequeño y la abuela Frasquita lo llevaba de la mano a la misa de los domingos en la capilla del convento, y aun cuando el sueño se le arreguindaba de los párpados y se los bajaba como si los tuviera lastrados con las ruedas del molino del Fulgencio, no podía dormir pues cada vez que cerraba los ojos se le aparecían más de una docena de diablos con cuernos y barbas de chivo que lo pinchaban por todas partes pretendiendo echarlo dentro de los hirvientes potajes de sus calderas.

    Así que no tuvo más remedio que levantarse y prepararse un buen tazón de café bien cargado para poder pasar toda la noche en aquel inevitable velatorio a que se veía forzado por culpa de la maldita carta que le metieron por debajo de la puerta y que encontró aquella mañana cuando iba a salir para echarle el pienso a los gorrinos.

    Él no era religioso; ni era religioso, ni iba a misa ni había estado en la iglesia desde la vez que hubo de ir con los primos y el Celestino cargando la caja para que le echaran los responsos al viejo, pero se acordaba de las cosas que le decían doña Amalia, la maestra, y el padre Cirilo cuando era chico y lo vistieron con el traje de marinero y los zapatitos de lona pintados de blanco que habían servido al primo Ambrosio y que le prestara a su madre la tía Catalina para que hiciera la primera comunión.

    Doña Amalia la maestra y el padre Cirilo le hablaban del Catecismo, de Dios y de los apóstoles, de que Dios era uno y trino y que tenía un ojo encima de la cabeza encerrado dentro de un triángulo que le servía para verlo todo, y que vivía por encima de las nubes en un sitio muy lejos que se llamaba cielo, y que tenía muchos ángeles y querubines rubios y con alas para hacer las cosas del cielo y para castigar y echar del Paraíso con una espada llameante a todos los que fueran malos y se comieran las manzanas o hablaran con las serpientes. Y también que había unos ángeles malos llamados diablos, que eran los que tenían cuernos y rabo, que vivían en los infiernos y que se llevaban a los pecadores para hervirlos en el aceite caliente de las calderas de Pedro Botero y dárselos a comer a los ogros, al hombre del saco y a la mano negra, bichos y demonios que por aquellos tiempos también se llevaban a los niños que eran malos o no iban a misa.

    De manera que, aunque él no hacía buenas migas con lo de la religión, ni con la iglesia ni con todas aquellas cosas que decía don Cirilo... don Cirilo o el nuevo, el padre Venancio, el cura nuevo que vino cuando don Cirilo estiró la pata, como el resquemor y la duda siempre estuvieron dentro, y persistían latentes y a la espera del momento, y como el momento era, no tenía más remedio que sentir aquel repeluco que sentía cuando pensaba que no había hecho caso de la carta ni de las cosas que decía, ...y que quién sabe si todo aquello podía ser verdad y colarse por allí los demonios para llevárselo a los infiernos y... qué sé yo, porque de estas cosas tan misteriosas y tan oscuras nunca se sabe -se dijo.

    La carta recibida aquella mañana, y que leyó nada más levantarse, decía lo siguiente:

    ¡Oh, hermano, pecador ingrato, que abandonaste la fe entre los cardos del camino y vendiste al cordero! ¡He aquí las treinta monedas como pago por tu traición... mas no olvides que la bendita sangre derramada está sobre tu cabeza y clamará para exigirte penitencia por tus pecados! Pagado has sido; ahora mira tus manos manchadas por la sangre de quien vendiste y siente y padece los justos remordimientos por tu infamia. ¡Arrepiéntete, duélete de tu ignominia y devuelve al templo el vil metal que recibiste por tu traición! ¡Devuélvelo e invoca el nombre de aquel que está a la diestra de lo inmenso! ¡Que los apóstoles tus hermanos te perdonen y te ayuden ante la suprema bondad para que los frates del Iscariote no hayan de comprar nuevo Haceldama con tus treinta monedas de sangre!

    (Se han de rezar diez oraciones seguidas, devolver las monedas al templo multiplicadas por diez y encender diez velas al santo que más devoción se le tenga. También se deben hacer tres copias de esta carta, adjuntarle a cada una treinta monedas y enviarlas en un sobre a quienes se quiera preservar de los demonios del infierno).

    Así decía. Y por supuesto, traía sus treinta monedas, treinta monedas de a duro envueltas en un papel de aluminio y metidas dentro del sobre.

    Después de leer la carta dos veces, contar otras tantas la treintena de monedas y buscar inútilmente un remite o algo que delatara su procedencia, deduciendo de dónde podía venir aquello que consideraba una chifladura, determinó que no debía darle mayor importancia. De inmediato pensó que aquello era obra de alguna secta religiosa de esas como la que llegó un día al pueblo, unos extraños tipos con las cabezas rapadas y tocando panderetas y otros artilugios, que no paraban de cantar no sé qué de krisna are y are krisna todo el tiempo... O de alguno de esos churrindunguis medio chiflados, que también hay muchos, que tienen las entendederas llenas de cosas raras y sólo piensan en los santos y en chinchorrerías de las que vienen en los libros de curas.

    No le dio importancia. Claro que cuando llegó la noche...

    Cuando llegó la noche y se acostó y apagó la luz, aunque trató de olvidar la carta y convencerse de que esas cosas eran cosas para las viejas y las beatonas que se llevaban todo el día en misa o rezando rosarios, cuando vio la luz del relámpago colándose por las grietas de la ventana y oyó el estampido del trueno que se le metía por los oídos como si hubieran estallado las entrañas de la tierra, y sintió la lluvia repiqueteando sobre los cristales como si repiquetearan los dedos de mil diablos enloquecidos, y oyó lejano el tañido de la campana de la torre de la iglesia tocando sola, entonces, ...entonces soltó un tímido taco y pensó que vaya cosa rara lo de levantarse una tormenta y llover cuando todo el día había lucido un sol espléndido y media hora antes había visto todo el cielo lleno de estrellas y ninguna nube por los horizontes.

    Y entonces comenzó a mirar hacia el techo, hacia los rincones y hacia la ventana que se iluminaba de vez en cuando con el cegador restallido de los fucilazos. Y entonces pensó si no sería que hay algo por ahí arriba y que lo de la carta y las monedas y todo eso tenía algo que ver...

    Y entonces fue cuando tragó saliva y comenzó a pensar en las cosas que le decían doña Amalia y el padre Cirilo cuando era chico, sobre todo en aquello de los demonios con cuernos y barbas de chivo que hacían potajes con los pecadores para dárselos a comer a los ogros y al hombre del saco y a la mano negra y... y que quién sabe si..., y... Y entonces fue cuando se levantó y se colgó al cuello los dos escapularios de la vieja que estaban guardados en un cajón de la cómoda y el «Detente» que colgaba junto a una ramita de olivo en una alcayata al lado de la cama...

    Pero ni aun así consiguió que los diablos se fueran a sus infiernos y lo dejaran dormir tranquilo aquella noche. Por eso se levantó y se preparó el tazón de café, convencido ya de que habría de estar toda la noche de velatorio por culpa de aquella maldita carta.

    Honorato Cifuentes, apenas el sol rebulló por detrás de los montes y el gallo lanzó a los cuatro vientos su farruco pregón de cada mañana, apañó de pienso y agua la zahúrda de los gorrinos, abrió las puertas del gallinero para que las gallinas se fueran a picotear los bichillos de la hijuela y trabó a las vacas y las soltó en la trocha, luego, sacó la palangana al poyete bajo el olivo, la llenó con agua del pozo, se lavó, se afeitó y se puso el traje de los domingos y se dispuso a ir al pueblo a hacer todo cuanto hubiera que hacer de acuerdo a lo que ponía en la carta.

    Honorato Cifuentes compró en el estanco tres avíos de escribir e hizo tres fotocopias de la carta, cambió quinientas pesetas en monedas de a duro en el banco y, luego, le preguntó a Hermógenes el del kiosco que dónde podía comprar unas cuantas velas que le hacían falta para tenerlas en casa por si se le iba la luz. Hermógenes le dijo que ya, ya..., y que enfrente de la Iglesia habían abierto hacía no mucho tiempo una tienda en la que vendían velas, cirios, estampas de santos y todo lo que le hiciera falta «para cuando se le fuera la luz». Honorato Cifuentes pensó decirle al kiosquero que es que los cables que llegaban a su casa estaban ya muy viejos y se rompían en cuanto caían dos gotas, que ya se había quejado a la compañía y que se los iban a cambiar, pero viendo que el Hermógenes lo miraba con la cara irónica y mordaz de quien está de vuelta de todo le dio las gracias con un gruñido y tiró calle arriba en busca de la tienda de las velas.

    Honorato Cifuentes, cuando entró en la cerería y le pidió a la dependienta las diez velas que necesitaba y ésta le dijo que ya no le quedaban de las pequeñas, que tenían que ser de las gordas y que costaban más caras, pero que eran de la mejor calidad, como no le resultaba conocida aquella cuarentona con cara de loro y olor a sacristía, no se atrevió a andarle con regateos y gitanerías y no tuvo más remedio que decirle que se las envolviera en un papel y pagarle las dos mil quinientas pesetas que costaba la decena de cirios.

    Y cuando entró en la Iglesia y se fue al altar de San Canuto Trebejos, el patrón del pueblo, a rezarle los diez padrenuestros y encenderle el pabilo a las otras diez penitencias, no se extrañó de ver que en el altarcito y en el suelo alrededor del santo chisporrotearan alegres las llamitas de buen número de cirios iguales a los que él le traía. Se los encendió y los colocó como pudo a los pies del santo patrón y rezó diez veces y de corrido el padrenuestro que llevaba apuntado en un papel y que había copiado del viejo Catecismo que guardaba de cuando niño antes de salir de casa; luego se fue al cepillo, echó las treinta monedas que recibiera en el sobre, más las mil quinientas que llevaba preparadas en dos billetes, se persignó de la manera que recordaba y salió de la Iglesia.

    Aquella misma mañana metió cada una de las copias de la carta en su correspondiente sobre, les adjuntó a cada uno sus treinta monedas y, luego de unos minutos de reflexión, decidió que para mandarlos y que se salvaran del infierno a nadie mejor que al primo Ambrosio que era bastante agarrado con eso de los dineros, a su cuñado Celestino que últimamente le daba más de la cuenta al porrón y usaba demasiado mal genio con la Aniceta y los niños, y a Pascuala, su antigua novia, que tenía que estar pasándolo bastante mal con el Anselmo a cuenta del encanijamiento que éste tenía encima desde que el difunto don Cirilo les echó las bendiciones y lo declaró su marido para toda su vida.

    De modo que aprovechó que a esas horas de la mañana cada uno estaría en sus faenas, el primo Ambrosio en la cañada con las vacas, el Celestino arando con la yunta de mulos el campito de maíz junto al arroyo y la Pascuala liada con sus cables y sus lucecitas en el locutorio del teléfono, para pasarse por sus casas y dejarles a cada uno su correspondiente «salvación».

    Aquella noche, aunque comió antes de acostarse un gran plato de garbanzos con chorizo y su correspondiente pringada de tocino y morcilla, y más de medio litro de clarete, y sabía que los garbanzos le daban flato y las pringues no le dejaban hacer bien la digestión, como no hubo tormenta ni fucilazos ni la lluvia arañó en los cristales de la ventana, y, además, tenía la conciencia bien tranquila por haber cumplido todo cuanto decía la carta, apenas se tumbó y se echó por lo alto las dos mantas se quedó frito.

    Pero fue al día siguiente, cuando llegó el primo Ambrosio a decirle que tenía en tratos la casa de enfrente a la Iglesia, y que a lo mejor se la vendía a la sobrina del cura, la que había puesto la tienda de velas en el local de al lado, que le iba bien y que quería ampliar el negocio, cuando le cruzó por la cabeza el ramalazo de la sospecha y se le amontonó en los pensamientos todas las granujerías y chanchullos de los que desde niño le advertía su padre y que también estaba harto de leer en las novelas policíacas.

    Mucho pensó en toda la tarde y noche de aquel día. Y como resolviera que muy bien podía ser... y que no habría forma de coger al ladrón por otro camino que no fuera el del talento y la inteligencia, por si sí o por si no, y para que, si era sí, nadie pudiera decir que se habían cachondeado con él, decidió poner en práctica el plan que se le había ocurrido durante la noche.

    Apenas terminó de apañar a los animales se vistió y se fue al pueblo.

    Cuando la cara de loro de la tienda lo vio entrar y pedir otras diez velas, «de las más gordas» - que le dijo- lo miró así como un tanto extrañada, pero enseguida le sonrió y le dijo que qué alegría de tener tan buen cliente.

    Pagó las velas y en vez de irse para la Iglesia tiró calle abajo para su casa. Fue por la tarde, poco antes de que don Venancio cerrara la Iglesia cuando fue a llevárselas al santo. Después se fue a su casa y aquella noche cuando se acostó se quedó dormido pensando en que al día siguiente sabría de dónde le habían mandado a los diablos.

    La mañana pasó sin que nada alterara la normalidad y rutinas de cualquier mañana. Fue a la tarde, poco después del almuerzo, cuando sintió el agudo alarido de la ambulancia que corría carretera abajo en busca de los hospitales de la ciudad. Poco después llegó el Celestino con la noticia.

    No le extrañó en absoluto que su cuñado Celestino le dijera que a la sobrina del cura le habían explotado las calderas donde fabricaba las velas y que la habían tenido que llevar de urgencias en ambulancia a la capital con un buen montón de quemaduras y todo el cuerpo lleno de plomillos y perdigones...

    Y es que fueron dos cartuchos del doce los que le metió por el culo a cada uno de los cirios después de hacerles el correspondiente agujero y taparlos muy bien con la misma cera derretida.

    Y aunque tuvo que morderse fuerte en la lengua para no reírse y poder decirle que no al Celestino cuando éste le preguntó «si tenía unas cuantas velas que le hacían falta por si se iba la luz, y con el accidente de la moza no tenía dónde comprarlas», y nada más verlo trasponer la puerta con cara de resabiado le entró un ataque de risa que le duró toda la tarde, y, además, antes de acostarse volvió a comerse otro gran plato de garbanzos con chorizo y morcilla, aquella noche durmió mejor y más satisfecho que todas las anteriores.

    Y tan era así que, enmedio de su satisfacción, con una sonrisa que le nacía desde lo más hondo y le ponía ribetes de diablo a su rostro de santo varón, y elevando a sublimes y epicúreos estadios las connotaciones de su primaria pero efectiva filosofía, cada vez que el vientre le reclamaba alivios... apretaba con todas sus ganas y se lo remitía a aquella lista de la sobrina del cura.

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