La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    EL GENIO DE LAS BIBLIOTECAS
     

  • Cuando don Serapio de Montechico y Montemayor recibió como herencia de su difunto tío abuelo, el estudioso y escritor don Serapio de Montemediano y Montegrande, la totalidad de su bien provista biblioteca, como para alojar la inmensa obra contaba con las dos grandes salas del ala oeste, anexas a su despacho particular, y el carpintero le dijo que en una semana tenía terminadas las estanterías, sabía que el único problema a resolver era el de ordenar y clasificar los más de veinte mil tomos que componían la vasta y densa colección de títulos.

    Ojeando entre las cajas de libros -más de trescientas grandes cajas de cartón trajeron los de la mudanza-, y viendo la diversidad de obras de todo tipo que la componían -desde códices o facsímiles editados en siglos anteriores hasta colecciones en rústica de autores contemporáneos-, no dudó en afirmar que, así a ojo de buen cubero, su ordenamiento y clasificación le llevaría al menos tres meses a un experto bibliotecario.

    Por eso se extrañó cuando, después de que le dijera a Severino, su pasante, que pusiera lo del anuncio en el periódico solicitando un archivero-bibliotecario para un trabajo temporal, y le comentara que sería para los, aproximadamente, tres meses que tardaría en ordenar y clasificar los libros de su recién heredada biblioteca, que éste regresara al rato y le dijera: «Que mire usted, don Serapio, que como contratar a un bibliotecario durante tres meses le va a costar un dinero curioso, más el anuncio, etc., y mi hijo Juanjito, además de experto en ordenadores en un manitas, un chaval listísimo, un monstruo de talento, ya lo verá usted, y como lleva parado algún tiempo el pobre y le hace falta ganar algún dinerillo, porque los chavales ya usted sabe, que tienen gastillos con eso de las novias y sus cosas... y se lo dije, y me ha dicho que lo de los tres meses es una exageración, y que eso lo hace él en unos pocos días, y que usted le dé lo que usted vea... quiere decir, que si a usted le parece...»

    Le extrañó lo de que el chaval afirmara que podía hacer el trabajo en unos pocos días, pero de inmediato pensó «que como estos chavales de hoy te sorprenden cada día con todos esos ingenios que hacen con los ordenadores y todas esos inventos modernos, pues...» Y no le dio más vueltas. «Que dígale usted a su hijo que de acuerdo, que lo haga, que ordene y clasifique todo y que tiene libertad para adoptar el sistema que mejor le parezca. Yo, como usted ya sabe, he de marcharme para lo de la conferencia en Londres, pero no importa, que él comience el trabajo de la forma y manera que considere más oportuna... ¡Ah, y a ver si es verdad que a mi regreso lo tiene todo terminado!» Así le dijo a Severino.

    En Londres, con la interesante exposición que sobre «Derecho internacional comparado» hizo su amigo y colega el profesor ruso Komarovski, de San Petersburgo, dejó de pensar por unos días en su flamante biblioteca y en si el sistema clasificatorio que emplearía el joven monstruo de los ordenadores sería la clasificación decimal del norteamericano Dewey o alguna otra metódica, alfabética o cronológica, o quién sabe si hasta alguna de su invención.

    Fue cuando regresó, cinco días más tarde, y después de que Severino lo pusiera al día de todos los asuntos del bufete, que le preguntó por la biblioteca y si su hijo Juanjito había conseguido terminar el ordenamiento y clasificación de los libros. «¡Perfecto, don Serapio, ha quedado todo perfecto! ¡Venga usted a verlo!» Y lo condujo a las salas contiguas al despacho.

    Cuando entró y vio las estanterías repletas de tomos perfectamente ordenados, apenas si se podía creer que aquel jovenzuelo hijo de su pasante hubiera conseguido clasificar y ordenar más de veinte mil libros en apenas una semana. Y su extrañeza fue mayor cuando Severino le dijo muy ufano que fueron tan sólo dos días y medio los que tardó Juanjito en la tarea.

    No tuvo más remedio que felicitar a Severino y decirle que le trasmitiera las mismas felicitaciones a su portentoso hijo.

    Pero su extrañeza se trocó en asombro cuando, después de que el padre de Juanjito saliera de la sala y se fuera a sus obligaciones en el despacho, echó un vistazo a los papeles con la relacción de títulos que el joven le dejara sobre la mesa, volvió a mirar los largos y repletos estantes y descubrió el genial sistema utilizado por el «portento» para el ordenamiento y clasificación de la vasta obra.

    Efectivamente no había sido el sistema de clasificación decimal de Dewey el adoptado por el ingenioso y rápido archivero-bibliotecario. Ni el metódico clásico, ni el alfabético o cronológico... El ingenio del monstruo informático estaba demostrado allí en aquellas largas filas de libros, de tapas verdes todos los de arriba, azules los de más abajo, etc. Toda la cultura, en el paroxismo del ingenio, ordenada y clasificada para su acceso por el método más sencillo y práctico... Veinte mil libros clasificados por los colores de sus lomos.

    Entonces fue la carcajada.

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