La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    EL ATRACO
     

  • El hombre, un sesentón de orejas angloprincipescas y cara apuñetada, boina hasta los ojos y gabardina de brillo antiguo a sobaduras y lamparones, entró al interior de la pequeña oficina bancaria, se dirigió raudo y sin dilaciones a la ventanilla del cajero y poniendo un abultado sobre encima del mostrador gritó estentóreamente:

    -¡Esto es un atraco!

    Martínez, el empleado de caja, levantando las manos y poniendo cara de quien con soga al cuello ve al de sotana alzar el hisopo para echar la última bendición, reculó hasta donde le permitía la pared de su reducido recinto cajeril. Con la boca abierta y ojos como besugo desaguado vio al otro empleado de la agencia, Javier, el nuevo apoderado, que, un tanto extrañado, pero sin abandonar su habitual tranquilidad, se acercaba a su cubículo y preguntaba mirando al intruso:

    -¿Qué pasa?

    El vejete señaló el sobre colocado sobre el mostrador y le gritó con desparpajo:

    -¡Que esto es un atraco!

    El apoderado, recordando experiencias de los cuatro o cinco atracos sufridos durante sus siete años de meritorio funcionariado en la oficina principal del Banco, y por tanto ya algo más serio, miró al de la gabardina de arriba abajo y preguntó:

    -¿Y la pistola?

    Al otro le faltó tiempo.

    -¿La pistola...? ¿Qué pistola? ¡Sin pistola ni ná; aquí no hace falta ni pistola! ¡Esto es un atraco descarado y sin pistola! ¡Ahora van a ver...!

    Como mientras hablaba echó manos al sobre con la indudable intención de sacar algo de su interior, el apoderado, percatándose de la cara de manicomio que traía el fulano y que su furor se acrecentaba por momentos, previendo que pudiera sacar una bomba u otro artefacto explosivo, señaló la caja y ordenó a Martínez con expresivas señas que entregara el dinero. Cuando el otro vio el grueso fajo de billetes que le tendía el empleado, dejando el sobre en el mostrador, inquirió:

    -¿Y esto qué es?

    -¡Pues, el dinero...! ¿Qué va a ser?

    El vejete miró a ambos con cara de mosqueado y preguntó:

    -¿El mío?

    -¡Hombre, claro! ¿Usted no viene a hacer un atraco...? Pues ahí tiene el dinero. Eso es todo lo que hay.

    -¡Pero qué dinero, ni qué atraco ni qué niño muerto! ¡Esto -dijo mientras golpeaba el sobre-! ¡Esto es lo que es un atraco! -Y sacó un montón de papeles del interior-. ¡Estos recibos del LIBI, o del LILI, o del... de no sé qué, que me habéis cargado en la cuenta para los del Ayuntamiento! ¿A ver qué coño viene a ser esto?

    El suspiro del apoderado fue tal como el de candoroso e inofensivo amanuense acusado de brujería e indultado in extremis por los capitostes de la Santa Inquisición; tan grande que arremolinó por los suelos hasta el montón de las letras devueltas... El otro no, el otro ni suspiró ni chistó; el Martínez -aún inmerso en el nimbo de su primera experiencia atraqueril-, con una mano detrás y otra delante, tapaba ostentosas y no muy fragantes humedades a las alturas de la bragueta. Serio como un palo y tras algunos tartajeos, mientras se dirigía presto al baño, dijo:

    -¡Qui... qui... quillo, Javier, ...que ahora vengo!



    Javier, en un alarde de destreza en la oratoria, y usando de toda su paciencia y diplomacia, explicó al vejete que aquellos dineros cargados en su cuenta eran debido a la subida experimentada por el IBI, el Impuesto de Bienes Inmuebles, tras la necesaria revisión para adecuarlos al actual nivel de vida y a los tiempos, porque, claro, luego todos exigimos al Ayuntamiento porque queremos que las calles funcionen y que estén limpias y que las plazas estén bonitas y bla, bla, bla...

    ¿Que si lo convenció? ¡Joé, como que hasta lo convidó a una cerveza con tapa de calamares en lo del gallego!

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