La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    LA BUENAVENTURA
     

  • Cuando Gaudencio Arjonilla oyó lo de: «¡Ven aquí y déjame la mano que te voy a dezí la buenaventura, carita de emperaó, que ties en la profundiá de los ojos las penas de los quereles y las alegrías de los dineros! ¡Ven p’acá y dame eza mano, que te ví dezí el evangelio y te ví sacá toítas las penas que llevas en la mirá!», cuando oyó esto de labios de aquella gitana jarifa y sandunguera que venía hacia él con una mano alzada y la otra sosteniendo enmarañado revoltijo de niño, flores y pañoleta sobre el cuadril, lo primero que hizo fue mirar alrededor creyendo que se dirigía a alguien detrás o a su lado, pero se convenció de que era él el aludido cuando vio que no dejaba de mirarlo y que le añadió lo de: «¡A ti, a ti, que no te farta más que la jaca y er turbante pá parecé el rey moro! ¡Anda, dame eza mano que te ví sacá las cuarenta en bastos y las veinte en espá!»«¡Ojú!» fue lo único que se le ocurrió decir antes de que la resuelta cañí le cogiera la mano derecha y se la mirara poniendo en ello el mismo empeño que un perito en joyas analizando un diamante.

    Gaudencio Arjonilla le iba a decir que no a la gitana, que no le gustaba aquello de echarse la buenaventura, que esas cosas de adivinar el porvenir, las supersticiones y todo lo que fuera cosa de misterios le infundían mucho respeto, y que... Pero cuando la gitana levantó la vista de la mano abierta y lo miró a los ojos con la cara desprovista de las anteriores alegrías, latiéndole temblores de silencios en la roja línea de los labios y los ojos tan serios y brillantes como dos ascuas, le vino a las mientes un zurriagazo como de miedo o curiosidad que lo dejó callado y esperando que la mujer hablara todo lo que hubiera de hablar.

    Y habló: «Pero, ¿qué has jecho tú, rey moro, qué has jecho tú que ties clavá las ducas y las manducas como las espinas er Cristo? ¿A’onde se t’a perdío la suerte pá que er brojeró de arriba te haya quitao de las listas de los churumbeles güenos y haya dejao que te caiga encima tó er San Martín der mar de ojo que algún malnacío ta’chao?» -Así le dijo y de corrido la gitana. Como el que se tragó el cazo se quedó, esperando a que la calé continuara con su letanía de calamidades.

    Pero no fue hasta después de ponerse en la mano la moneda de quinientas pesetas -que se pusiera dinero le dijo la gitana- que escuchó entre repelucos todo cuanto la morena del clavel le fue diciendo sobre las suertes y desgracias que el destino le tenía guardadas.

    Cuando, ida la gitana, Gaudencio Arjonilla se quedó solo a las puertas de la caseta en donde quedó citado con la Loli, ni el bullicio de la gente alrededor suyo, ni el alegre compás de las sevillanas que sonaban por los altavoces, ni el rebufo de los caballos que caracoleaban llevados a paso corto por sus enjaezados jinetes, ni el estruendo de las mil músicas que acompañaban el continuado sube y baja de los cacharros feriales, ni siquiera el recuerdo de la cita con la moza para pasar juntos aquella noche de feria, ni nada de nada, conseguía sacarlo de su abstracción.

    La gitana le dijo: ¡Sangre, sangre, aquí veo sangre, mucho colorao de sangre, muchos días de sangre, por tos laos sangre... y una cosa grande, mu grande, un castigo mu grande que está pa ti guardao! ¡Ten mucho cudiao con los camiones y los artobuses, pichorri, que los castigos y la sangre, aquí lo dice, te vienen por ese lao...!

    Gaudencio Arjonilla caminó calle adelante con la mirada perdida en el interior de sus pensamientos y con los pensamientos envueltos y teñidos por la rojez de los sanguinolentos chorreones que brotaban en las mil heridas de su cuerpo destrozado...

    Sentía repelucos hasta de estar en la calle, por eso, tal como llegó a su casa, sin decirle ni hola a la vieja, se desnudó y se acostó. Pero, a pesar de que no cenó nada porque sabía que comer de noche siempre le hacía despertarse varias veces a beber agua, y además se tomó una cucharada grande de aquellos polvos que le mandara don Cándido el de la farmacia cuando los dolores de la pierna, que daban mucho sueño, pensando en la sangre y en cuanto le augurara la gitana de la feria no consiguió pegar ojo en toda la noche.

    Cuando el gallo de la vecina subió a lo más alto de la tapia y lanzó a los cuatro vientos su chulesco y gallituerto pregón, aún continuaba pensando en la sangre, en las muertes, en los accidentes, en lo que leyó en la prensa sobre los cuatro o cinco que murieron en la autopista la mañana anterior y en tantos accidentes como decía la televisión, en los que él mismo había visto, en el del primo Roque cuando se le rompieron los frenos, en Juanelo, también chófer como él y compañero suyo de cuando estuvieron en la empresa que transportaba la grava de la cantera... Al Juanelo él mismo ayudó a sacarlo de entre los restos del camión cuando se le atravesaron los mulos de José el del Olivar y se estrelló contra la antigua casilla de camineros. Nunca podría olvidar aquel cuerpo destrozado y la sangre llenándolo todo...

    Y ahora, precisamente ahora, cuando estaba a punto de conseguir empleo, cuando ya estaba harto de estar parado y sin ponerse al volante de vehículo alguno debido a que la saca de grava en la cantera se acabó cuando se arruinaron los de la planta de hormigón, y el autobús de la viuda de Jaime también se fue al garete cuando la empresa de la capital extendió el servicio hasta el pueblo con la exclusiva para el transporte de viajeros; ahora, precisamente ahora, cuando más falta le hacía trabajar y ganar dinero para poder cumplir la promesa que le hizo a la Loli de casarse con ella antes de que se le notara mucho la barriga, ahora, precisamente ahora venía la gitana y le ponía los sueños y las intenciones vueltas al revés con las sangres leídas en la palma de su mano. ¡Sangre, sangre, mucha sangre...! Y como para no hacerle caso a los gitanos cuando te echan la buenaventura... y más con lo que dijo que era un mal de ojo que le había echado alguien, alguno ...o alguna, seguramente que la Amparo que le tenía en cuenta lo de haberla dejado plantada por la Loli... pero, claro, él no tenía culpa de haberlas dejado, a una plantada y a la otra preñada, porque lo que no se puede aguantar es estar siete años de noviazgo de la manera que lo tuvo la Amparo, que fueron siete años sin tocarle ni una manita, como un San José de puro y casto los siete años..., y claro, la Loli que era más espabilada y más ardiente y más puesta en el mundo, en cuanto tuvo ocasión le puso pelo en la mano -allí en el bosquecito, detrás de donde pusieron la verbena este año, fue- y le dijo las cosas que le dijo, lo de que estaba loca por él y que no le importaba que la hiciera una desgraciada para toda la vida; ...y luego, a los dos o tres meses, lo de que no le bajaba «la cosa» y que ya era la segunda falta y que se iba a tirar al pozo antes de que su padre supiera la deshonra que la mocita de la casa les traía con aquella barriga. Entonces fue cuando él le dijo que de eso nada, que él la quería y que ya mismo estaba buscando trabajo y juntando para casarse, y que antes de que se le notara demasiado la barriga ya estarían casados como Dios manda, y que luego, si el niño salía sietemesino o de los meses que fuera, eso ya no le importaba a nadie.

    Así fue como le dijo a la Loli. Y al día siguiente se fue a la ciudad y echó los papeles para aquel trabajo en el Parque Móvil de la Diputación. Y a los pocos días lo llamaban para que hiciera un examen y para que presentara los demás papeles. Y quince días más tarde le decían que estaba aprobado y que ya lo llamarían por carta cuando llegaran los nuevos vehículos que esperaban para que firmara contrato y comenzara su trabajo como conductor de la excelentísima Diputación Provincial.

    Pero... ¿cómo se iba a presentar cuando lo llamaran con lo que ya sabía?, porque estaba claro que su destino, dicho clara y rotundamente por la gitana, era un destino de sangre... de sangre y con una cosa grande, claro, un camión, entre las manos. Y esa gente cuando dicen algo... ¡Anda que no se lo decían veces su madre y su abuela cuando zagal!, que tuviera cuidado con los gitanos, que los gitanos eran brujos y sabían todo lo que iba a pasar, que echaban mal de ojos y que se llevaban a los niños que hacían rabonas en el colegio, y al que no se llevaban en un saco, como mínimo le echaban mal de ojos, ...como al Gerardillo, que le echaron un mal de ojo y se quedó más calvo que una bombilla... o al Güito, que se mató con el caballo del padre también a cuenta de un mal de ojos que le echaron, según dijo su madre.

    No, de ninguna manera, no quería morir tan joven y estrellado al volante de un camión. Estaba decidido: si lo llamaban de la Diputación diría que ya tenía otro trabajo y que no iba. Y a la Loli le diría que... -Aquí alzó los hombros y torció la mirada, pero la recompuso y fue cuando dijo: «Ofuuuuffffff».

    Gaudencio Arjonilla se llevó los tres días de feria sin salir de su casa para nada. «Que tengo mareos y me duele la cabeza», le dijo a su madre cuando, viendo que no salía de la habitación, fue a llamarlo al mediodía para el almuerzo. Tres días, unos tras otros, amontonando los pensamientos y sin poder apartar de la cabeza la sentencia terrible de su destino de sangre.

    No fue sino hasta el lunes, acabada la feria, cuando llegó su madre con la carta y le dijo que era de la Diputación, y la leyó y vio que le decían que se presentara al día siguiente para comenzar a trabajar, y estando rompiéndola en pedazos entró de nuevo su madre y le dijo que abajo estaba Martín, el padre de la Loli, con una cara muy seria y que quería hablar con él «de un asunto que tenemos que hablar los dos, él y yo, los dos solos» le dijo-, que se le desamontonaron los pensamientos y vio claro que si no quería vérselas con el viejo de la Loli, con la Loli y con la madre de la Loli, que era peor que los otros dos juntos, el camino era el de apencar a la mañana siguiente para los garajes de la Diputación.

    Al fin y al cabo, por mucho que huyera de su destino, más tarde o más temprano pasaría lo que tuviera que pasar. Además, no podía dejar a la Loli de aquella manera; la quería y, además, estaba el niño que naciera, que era su hijo... No, no podía dejarlos, había que apencar.

    Que le dijera a Martín que no salía porque estaba malo -le dijo a su madre-, pero que no se preocupara por lo del «asunto», que ya iría a hablar con él a la tarde del día siguiente cuando volviera de trabajar, que había encontrado trabajo en la Diputación y que ya las «cosas» se estaban arreglando.

    «¡Le dice usted que no vaya a faltar, que yo ya no quiero venir más a buscarlo! -le oyó decir a Martín mientras se alejaba de la casa con la cara aún más seria y apuñetada de lo que en él era habitual.

    Cuando Gaudencio Arjonilla llegó aquella mañana a los garajes de la Diputación para comenzar su trabajo, llevaba los pensamientos atados con gruesos eslabones forjados en lo más hondo de su voluntad, la boca reseca de amarguras y el corazón encogido y temblón como el de un pobre pajarillo atrapado en la red.

    Pero cuando entró en las oficinas del parque a ver al jefe de personal, y le dijo que era el nuevo conductor, y que cuál era el camión que tenía que conducir, y éste lo miró sonriendo y le dijo que no era un camión sino un autobús, y lo sacó fuera y le señaló un flamante y moderno autobús aparcado en mitad de los garajes, y le dijo que lo cuidara como si fuera suyo porque tendría que conducirlo durante un montón de años; y se fue para el vehículo y le dio dos vueltas alrededor con la cara rebosante de asombro, admiración y alegría al mismo tiempo, entonces... entonces sintió que el corazón le latía como el de un caballo desbocado y que los pensamientos se le desataban de las mortificantes cadenas que lo ataron a las penas desde que una gitana de flores y niño al cuadril le leyera la mano y le dijera aquello de: ¡Sangre, sangre, aquí veo sangre, mucho colorao de sangre, muchos días de sangre, por tos laos sangre... y una cosa grande, mu grande, un castigo mu grande que está pa ti guardao! ¡Ten mucho cudiao con los camiones y los artobuses, pichorri, que los castigos y la sangre, aquí lo dice, te vienen por ese lao!

    Gaudencio Arjonilla comprendió que la gitana no se había equivocado en nada, sino que lo interpretó todo a su aire... El «castigo» -pura filosofía cañí- no era tal castigo sino trabajo, un trabajo fijo para muchos años; la «cosa grande», era el autobús, claro... y la «sangre, mucha sangre, por tos laos sangre», también era cierto... Sin duda, tendría que llevarse muchos días rodeado de sangre en aquel magnífico autobús cedido por la Diputación y especialmente construido y equipado para eso, para la sangre ...para uso exclusivo de las extracciones como unidad móvil de la Hermandad de Donantes de Sangre.

    Sin pensarlo más se fue al teléfono y marcó un número. «¡Loli, que te vayas buscando nombre para el niño, que el mes que viene nos casamos! ¡Ah, y aunque se enfade tu padre, menos Martín, le puedes poner el nombre que quieras!

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