La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    CELIA DE NOCHE
     
  • «Se dirá que tenemos
    en uno de los ojos mucha pena,
    y también en el otro, mucha pena,
    y en los dos cuando miran,
    mucha pena...»
    César Vallejo


    Aunque tú no lo sabes, Celia, te vi salir a la calle y caminar por el silencio de la noche, de tu noche, de una cualquiera de tus noches de siempre. Te vi salir y atravesar despacio por entre los relumbros de luna hasta llegar junto a las viejas acacias que te aguardaban en la alameda de la orilla oeste del río. Te vi salir y llegar y pasear por entre esas soledades que te esperaban para cobijarte los recuerdos en sus senos grandes de noche y silencio, que te aguardaban para restañar con pequeña luz de estrellas las viejas heridas que desde tu pecho dejaban escapar apagado grito de conmiseración y súplica, que te esperaban para ponerle bálsamos de brisas a las grandes cicatrices que te nacieron en la piel del alma, para redimirle siquiera un poco de dolor a esos inevitables y perennes estigmas de cuando las cadenas del destino te ataron a la rueda inmisericorde de la vida, de cuando los años y los días y los momentos todos, dentellada tras dentellada, te mostraron sus terribles fauces de perro furioso, de cuando el mundo hizo de ti eso que eres ahora, Celia, sí, eso que eres, ese ilusorio proyecto desmilagrado que arrastras por este asqueroso fango que tenemos bajo nuestros pies y del que somos parte consustancial tú y yo y todos, Celia, de siempre, todos, pero tú más aún que nadie, Celia, más aún justo desde aquel momento en que la vida se te puso delante y te dijo aquí estoy yo y te mostró su lánguido y morboso cuerpo de ramera y descubriste que su mirada subyugante y enferma te atraía como los odiseicos cánticos de las sirenas a los navegantes del estrecho de Sicilia. Sí, ya lo sé, ya sé que tú no eres un mítico y omnipotente héroe griego, que ni sabías lo de la cera para los oídos ni hallaste en tu barco algún palo mayor al que atarte, que eres sólo debilidad de carne y hueso y que estás sujeta a las leyes que imperan para los humanos, que toda tú no eres sino parte de esta interminable cadena en la que giramos todos, un existencial eslabón obligado a desarrollar el proyecto que de sí mismo es cada hombre, cada persona, cada ser que nada en esta formidable contracorriente de ahoras y despueces, un simple milagro biológico que lucha con el ánimo puesto en llegar cuanto más tarde mejor a ese otro ningún sitio que puede ser la meta final, esa única e irrebatible meta de cuando hasta el después se agote consumido en sí mismo, cuando el desnacer te parta por medio y te traslade a la otra parte del temido umbral del ahora y el yo. Ya sé que no pudiste evadir tu mísera condición de humana a la imparable vorágine que te formó la existencia justo allí donde apoyabas los pies, a esa vorágine que te engulló como las alcantarillas engullen a las hojas muertas caídas de los árboles junto al remolino de las aguas en los días de lluvia, a esa vorágine que te trajo, nos trajo, pero a ti más, Celia, a ti más que a nadie, a este trasmundo de miseria, a esta aberrante y temida trastienda de manicomio que subyace como única realidad tangible a la sombra incógnita de las estrellas.

    Fue la vida, sí, la vida pura y dura, la existencia, la gente toda, el devenir cotidiano de las miserias humanas, el mundo todo, desnudo de virtudes y colorines y despojado de su ignominioso disfraz de fango y mentiras quien te hizo así, quien te hizo conocer cuán duras y amargas son las singladuras cuando tu barco lo gobierna el timonel de la ilusión, cuánto duelen los instantes cuando el tic-tac que alienta el alma lo mueve un motor de fantasía, cuánto llanto agolpa el ojo cuando las ilusiones y los sueños fenecen al cumplir su inevitable y fatídico destino de morir bajo el tajo inmisericorde de las realidades...

    Por eso trocaste tu soñado y querido proyecto inicial de niña y muchacha, mujer, esposa y madre en eso que eres ahora, por eso abandonaste virtudes y principios y te subiste a este barco que navega sin brújula ni bitácora, sin timonel ni cámara de derrota, sin anclas y sin timón, un barco al que le marca los rumbos esos alisios vientos que nacen en cualquier parte, que te llevan de aquí para allá cual pobre gaviota desorientada, que te llevan de cama en cama, de una piel a otra, de la mentira de un falso sueño a la realidad de otro aún más falso, de soledad en soledad, de miseria en miseria y de mañanas descoloridas como ésta a tardes y noches tan desvaídas como las que te aguardan apenas sigan sucediéndose las horas. Así es, Celia, así de claro y así de duro... Así es la vida de las putas, Celia, tu vida de puta, tu vida de mujer de nadie, de hetaira de lujo como Friné o Tais, como Leontion y Aspasia, ramera sin título de este moderno templo de Astarté, cortesana sin fueros ni privilegios recogidos en ningún Código de Hammurabi, suripanta de salones y alcurnias, meretriz de las gloriosas filosofías de las hambres y del formidable destino de los seres, mujer de la vida, prostituta hecha de una sola pieza y modelada y pulida por la más experta puta que jamás existiera: la existencia misma, la vida misma, Celia, la puta vida misma...

    Sí, Celia, ya sé que no te quedan dentro lágrimas para llorarlas, que no puedes, que te esfuerzas y no puedes, que querrías ver asomando a ese mar verde y triste de tus ojos el pequeño consuelo de las lágrimas, que darías cualquier cosa por llorar en este instante, por sacar de dentro de esa piel prostituida y doliente a aquella niña que soñaba la vida de color de rosa, a la ingenua adolescente que soñaba y vivía con el corazón aferrado a un futuro de amor y esperanza, a aquella joven mujer que soñaba y vivía como suelen vivir y soñar las mujeres, a la mujer que eras justo hasta el día en que el hachazo inclemente de la vida te rebanó de un tajo la yugular de los sueños...

    Sí, ya lo sé, sin que tú me lo digas, yo sé cuántas mentiras sonaron en tu oído con el aterciopelado tono de las frases hermosas, cuánta promesa nacida en la tarde murió apenas llegada la mañana para vestir tu corazón con el negro luto del recuerdo, cuánto suspiro tuyo ascendió sincero a la línea de tu boca para ser bebido por efímera y transitoria avidez de otros labios y cuánto suspiro de otros labios penetró hasta lo más hondo de tu pecho revestido con falso indumento de sinceridad. Yo sé cuántas manos recorrieron tu piel y cuántos besos fueron bebidos en el amor de tus labios, cuántas noches te entregaste con pasión y cuántas mañanas amaneciste sola con tu soledad, en esa soledad terrible de sábanas y almohada, cuántas veces creíste haber encontrado lo siempre esperado y cuántas veces la noche, tu amiga la noche, hubo de tenderte su embozo de piedades y silencios para cobijarte los recuerdos y restañarte con pequeña luz de estrellas tanta herida acumulada en la piel del alma.

    Aun así, Celia, aun así, tuya es casi toda la culpa... No me puedes negar que tuviste oportunidades, quizás no muchas, pero tuviste oportunidades, recuerdas... Oportunidades que nunca quisiste o pudiste o supiste aprovechar.

    Por eso no eres nada ni nadie, Celia, nada... Ni siquiera tuviste el valor de parir a aquel hijo que podíamos haber tenido, aquel hijo con que el cielo, o los dioses, o lo que haya por ahí, nos quiso gratificar. No, no podías tener un hijo en los mejores momentos de tu carrera, no podías evadirte al fasto de los escenarios y al oropel de las lentejuelas, no podías dar de lado a aquel mundo de quimeras donde tú eras la reina... Celia de Noche, ese era tu nombre, la gran Celia de Noche, la reina del espectáculo, el espectáculo en sí mismo, el espectáculo hecho mujer... Pero, ya ves, Celia, ya ves cuán efímera y voluble es la fama cuando de belleza se trata, ya ves qué pronto cambiaron los tiempos y los gustos y las modas, ya ves qué pronto aquellas enfervorizadas multitudes que te aplaudían cada tarde, que suspiraban por ti y soñaban cada noche con tu cuerpo de rosa fueron encontrando otros argumentos y motivos por los que aplaudir, qué pronto te olvidaron y encontraron otros cuerpos de rosa por los que suspirar y soñar en sus noches de sueños secretos.

    No quisiste tener aquel hijo, Celia, aquel hijo que ahora sería un motivo para seguir en la lucha, una solución de continuidad en este trance de soledades, no quisiste y ya ves cómo y cuánto nos alegraría ahora la existencia. Yo sé que te has arrepentido muchas veces, que son muchas las veces que tus ojos se ponen como ahora cuando miras esa cuna que compraste e hiciste poner al lado de tu cama en el dormitorio. Yo sé que la compraste en la esperanza de verla viva algún día, de ver a un pequeñuelo tendiéndote los brazos desde sus sábanas bordadas de esperanza y blanca ilusión, de mirarla y encontrar en ella algo por lo que mereció la pena haber conocido este valle de lágrimas... Ese hijo que nunca tuviste, Celia, ese hijo que sería ahora la única razón, la única, Celia, por la que ahora continuarías aguantando hasta el final.

    Yo lo sé, Celia. Todo lo sé, todo...

    Lo que no sé es por qué hago esto que hago, por qué hablo contigo, por qué te digo todas estas cosas que te digo... No lo sé... no sé por qué hablo contigo cuando ni siquiera acierto nunca en este absurdo papel de ser tu conciencia, de razonar contigo, de dialogar contigo, de censurarte en tus miserias, de reprocharte tantos errores pasados, de decirte pobre niña y pobre mujer, de maldecirte y compadecerte mientras te veo en tu miseria y soledad ahí frente a mí, donde cada día y cada noche, donde siempre, ahí frente a mí, reflejada en ese espejo...

    No debiera decirte nada, no debiera porque, aunque tengas mi misma imagen, tú no eres la Celia que tienes aquí enfrente... No eres ni veo en ti a la mujer que soy sino a la otra, a la de dentro, a esa otra mujer que nunca supe ni pude ser... Sí, Celia, tú no eres la mujer derrotada que está aquí a este lado del cristal, ésta que toma su último whisky en el mismo vaso que sostiene tu mano, esta mujer a la que perdono la vida cada día, esta pobre mujer a la que concedo un nuevo indulto cuando la veo en ti, cuando la miro y me muestra el terrible dolor que guarda dentro, ese tan terrible desgarrón del alma, cuando la miro y veo gritos invocando piedad desde esos ojos verdes como un mar que ya no saben llorar...

    No debiera perdonarte la vida un día más, Celia, no quiero, no debería, pero... después de todo... ¿quién soy yo para matarte?, ¿quién soy yo para matar tus sueños?, ¿quién soy yo para romperte la vida y las esperanzas?, ¿para desproveerte de esas ilusiones tan tuyas, de esos sueños que llevas tan dentro y que nunca te dejaron?

    Nos perdonaremos la vida un día más, Celia. Nos daremos un nuevo indulto, porque... quién sabe... quién sabe si en algún lugar, en algún recodo de este largo y tortuoso camino, una puerta se abre para redimir a la pobre y errada mujer de la vida, a la desgraciada que todas las que estamos a esta parte de la vida llevamos dentro...

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