La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    DE LOS DÍAS EN LA MAR DE UN SOLDADO DE SU MAJESTAD
     
    1º Premio «RELATOS DE LA MAR», de Carreño, Asturias, 1993

  • "No es la mar lugar para cristianos flacos, menguados o cagones, ni para los puestos de rúa o amantes del tocino, sino que la mar, hembra de alto talle y fiera allí donde las haya, necesita encima hombres de pelo en pecho, de grandísimo valor y que sepan muy mucho que no les sirven de nada ni los documentos ni las bachillerías que hacen al ingenio confiado por las filaterías de la Dialéctica.

    La mar es hembra buena cuando quiere, a veces, según le pille la cordura, y otras es mala y aún peor que mujer de marido ochodurmiente, espelunca de igual virtud que la sota de espadas, tan peligrosa que ni león hambriento comparársele pueda, tan temible y destructora como únicamente serlo pueda la lengua de los humanos.

    Y digo esto y digo bien cuando añado que en preguntándole a aquel filósofo cuál era el animal más ponzoñoso en la mordedura, respondió que de los malos el maldiciente y de los mansos el lisonjero. Tan es así que, aun cuando no de hechuras de culebra la primera, tal como la segunda, es de fácil movimiento y tanto o más veloz que el rayo; se alarga o se encoge en su movimiento propio y se ensangosta o ensancha según apetece; con ligereza sube a lo alto y baja a lo bajo y se mueve al un lado y al otro y sale afuera y vuelve adentro movida siempre por esa fuerza que la obliga a ser ardiente beso o terrible destrucción de todo cuanto alcanza con la agudeza y maldad de su grandísimo poder.

    Alcanzóme a mí las furias y culebreos, no de la mar sino de aquesta otra pata del símil, y de tal suerte, que siendo cristiano de virtud, vida honrada, fiel servidor de Dios y del Rey nuestro Señor y preciado de cartas viejas, tal como vil rufián de garitos y ferias hube de huir, abandonar familia y hacienda y hacer casa de la que los vagamundos hacen, al punto de que, tal que si de vulgar gayón o tragasangre se tratara, viera mi nombre vilipendiado en los tablones de los edictos judiciales.

    Y en dicho esto, he de añadir, que vime huido a Italia y vime hecho soldado al servicio de Su Majestad Cristianísima, a quien sirvo y bien he de servir siempre con mi espada y con mi sangre, no porque fuera o sintiérame culpable y medroso de la acción de la Justicia, sino porque considero mi deber y el de mi honra el demostrar mi grandísima inocencia, sacudir de mi nombre las ponzoñas vertidas por aquellas malas lenguas y dejar mi reputación tan limpia y fulgente como una patena.

    Pero pasemos, según era mi intención, a narrar los gloriosos hechos que para la Historia escribieron nuestros esclarecidos y valientes Príncipes y los muy modestos episodios acaecidos a un soldado de Su Majestad en aquestos días de sus primeras andanzas en la mar...



    Fue en el día del Señor de diez y seis de septiembre del año de mil y quinientos y setenta y uno cuando zarpamos de Messina.

    La gran Armada, o Flota de la Santa Liga, como se la dio en llamar por los muy nobles e ilustres señores que la negociaron y bendijeron, con un número de doscientas ochenta embarcaciones entre galeones y naves gruesas, urcas, pataches, galeras, carabelas y transportes, y cerca de treinta mil combatientes, de capitán a paje y de todas las calañas, credos y naturalezas -sin contar los galeotes, la chusma y cautivos de levas-, estaba constituida por las armadas venecianas, la pontificia y la española de Su Majestad.

    Venían éstas al mando del almirante Zanne, la primera, de Marco Antonio Colonna la de Su Santidad, y comandadas por el señor Marqués de Santa Cruz y el almirante genovés Andrea Doria, al servicio del Rey, don Felipe II, nuestro Señor, las escuadras españolas.

    El mando de toda la flota, después de que Su Santidad Pío V hiciera oír su voz y apoyo desde Roma -aunque, bien es verdad que por expreso deseo de Su Majestad, sus decisiones estaban mediatizadas por la opinión y pareceres de sus lugartenientes y los restantes jefes de la Santa Liga-, fue confiado con el superior cargo de Almirante y Generalísimo al señor hermanastro de Su Majestad, su Excelencia el Señor don Juan de Austria.

    Aunque en un principio, de acuerdo a las capitulaciones de la Santa Liga, que fueron tomadas en el día de veinte y cinco de mayo, la entrada en combate de la flota no estaba prevista sino hasta el siguiente año, como quiera que los turcos, al mando de Alí Bajá, y ayudado por Uluy Alí, virrey de Argel, comenzaran a principios de verano una larga razzia de castigo que se extendió desde las islas de Zante y Cefalonia y hasta la mismísima Venecia -que fue saqueada a mediados de julio-, y, además, sólo un mes más tarde, tuvieron la gran osadía de tomar Famagusta, el último reducto veneciano en Chipre, y como nadie de honesto nacimiento y natural fe en nuestro Dios Todopoderoso y en Santa María la Virgen podía permitir que turcos y moros y alárabes fueran imponiendo sus falsas creencias y mancillando con sus medias lunas el honor y lugar que sólo le corresponde a la cruz, Su Santidad de Roma y Su Católica Majestad decidieron que hora era de pararles los pies a los infieles yendo en la su busca e infringiéndoles la mayor derrota de cuantas hubiera conocido el orbe.

    El día siete de octubre del año del Señor de mil y quinientos y setenta y uno, día de la Nuestra Santísima Señora del Rosario, cubierto ya sin que nos faltara viento de popa el mar de Jonia y habiendo recorrido nuestras naves casi el total de leguas que separan Messina de nuestro destino en Corinto, a poco de bordear el golfo de Patrás y adentrarnos en el de Lepanto avistamos a la flota otomana. A la vista de las muchas roñas y mediaslunas tornadas, aunque ya lo sabíamos y tal cosa no nos menguaba el ánimo, no nos fue difícil comprobar que la flota berberisca era superior en número de naves y de huestes a la nuestra.

    Nuestro señor Almirante, don Juan de Austria, bien atendiendo a la prudencia, o bien por motivos de su alta responsabilidad, o quizás aconsejado por su fino y grandísimo sentido de la estrategia, no estaba dispuesto a presentar cara en frío y de inmediato a los otomanos -punto de vista del que discrepaban los jefes de las tres escuadras-, pero los consejos del señor marqués de la Santa Cruz, venturoso y jamás vencido Capitán, don Álvaro de Bazán, rayo de la guerra y padre de los soldados, y del sobrino de Su Excelencia el gran Capitán Alejandro Farnesio, aun en contra de las opiniones del catalán Luís de Requesens y del genovés Doria, hicieron que Su Excelencia cambiara de parecer y ordenara presentar batalla al punto.

    Comenzó ésta con la disposición de las veintiséis naves españolas de más porte situándose en la batalla o centro y la clara posición de las naves turcas que comenzaron una maniobra envolvente por el ala derecha a fin de empujarnos hacia el interior del golfo y encerrarnos en él.

    Durante las maniobras, la nave real de don Juan de Austria fue embestida y abordada por la del generalísimo turco, Alí... Pero no contaron aquellos malditos turcos con que cada uno de los arcabuceros de Su Majestad vale por más de diez sarracenos, y que un piquero español, de Castilla o de Asturias, o de Aragón, de la Andalucía o de La Mancha, o de cualesquiera otras tierras de las muchas de las que nuestro muy amado Señor don Felipe es el Rey, aun viéndose las asaduras caídas y arrastradas por el suelo, no se rinde mientras una sola gota de sangre aliente en sus venas.

    Yo, soldado de Su Majestad, infante de Marina del tercio marítimo de la Armada del Mar Océano y soldado a las órdenes del bravo Capitán de la Infantería, don Diego de Urbina, aquel día tuve la mala suerte de estar afecto por unas calenturas que me mantenían retenido so cubierta y a la espera de mejoría.

    Cuando comenzó la lucha, a los ardorosos gritos de ¡muerte a los turcos! que proferían mis compañeros en cubierta, me eché afuera del transportín y tomé mis armas dispuesto a cobrarme tantas vidas de sarracenos como se pusieran al alcance de mi espada.

    Don Diego de Urbina, capitán de mar y de guerra de mi nave la galera «Marquesa», bien mirado de mi amparo, en viéndome de tal guisa, se opuso a que peleara y junto con algunos otros de mis compañeros insistió en que me mantuviera fuera del alcance de los alfanjes enemigos. Por supuesto que me opuse a huir el culo como las putas cuando prefería morir peleando por Dios y por mi Rey. Y no sólo me opuse, sino que insistí tanto y con tanta vehemencia que don Diego -dado a todos los demonios, después de mandarme a la mierda y vomitarme otros rangos que por pudor no reseño- me mandó ocupar plaza en el esquife junto con otros diez o doce hombres que, unos por faltas cometidas y otros por ser raleas de difícil trato y comportamiento, estaban destinados a ocupar los sitios más comprometidos y peligrosos en las batallas.

    Más de cinco larguísimas horas duró la contienda. En su transcurso, y después de ser rechazados varias veces y muertos muchos por las picas y alfanjes berberiscos, los bravos soldados de la Santa Liga que batallaban en el centro consiguieron entrar a la capitana turca y matar a su general. Esto fue decisivo, pues el ala derecha de la escuadra, mandada por el gran Doria, sostenía una desigual pelea con el jefe turco Luchalí que se había infiltrado hábilmente por el centro en la primera fase del combate, y que trató de atacarlo cuando ya se retiraba vencedor con las naves capturadas. La pronta intervención de Juan de Cardona y la posterior de la reserva mandada por el señor Marqués de la Santa Cruz, obligaron a los turcos a huir proejando y enmedio de gran confusión y trulla hacia la costa de Morea. Barbarigo, el jefe veneciano que mandaba el ala izquierda, resultó muerto por los gayones, pero la ayuda de la reserva y el grande arrojo de los venecianos permitieron su triunfo sobre la derecha otomana y la muerte de Siroeco que iba a su frente.

    Diecisiete de nuestras galeras se quedaron para siempre en las aguas de Lepanto, pero fueron muchas más las turcas que nuestros cañones pusieron ante las barbas de Neptuno. Doce mil hombres de los nuestros perdieron la vida durante aquellas cinco horas de muerte y destrucción, pero en sus filas corrieron parejas hasta las mismísimas barbas de Satán dos huéspedes por cada uno de los nuestros. Ciento treinta galeras y más de ocho mil y quinientos bárbaros de su jarca les capturamos.

    Resumiendo, una grandísima victoria la de nuestros Príncipes para mayor gloria de Dios y del Rey nuestro Señor.

    De mi parte poco tengo que contar, a no ser, eso sí, que un arcabuzazo me hirió el pecho y la mano siniestra, heridas de las que me dieron cura a nuestro regreso a Messina. La mano la tengo anquilosada y retraída y no la puedo usar como de orden sería, pero no me impide cumplir con mis obligaciones como soldado. Por otra parte, estas heridas de guerra de las que estoy orgulloso, si la sangre que vierte un soldado por su Rey sirve para algo más que para preservar la suya, y ya que en su día no me hicieron caso desde Roma, razón y derecho me han de ser para solicitar de nuevo a Madrid limpieza de sangre y restitución de nombre e hidalguía.

    Aquel maldito Antonio de Sigura, al que debí dar muerte cuando a mis pies rogábame perdón para su vida, fue el culpable de que un hombre honrado, fiel servidor de Dios y del Rey y preciado de cartas viejas, como ya decía al principio de esta mi narración, hubiera de huir como vil rufián de garitos y ferias, de que hubiera de abandonar familia y hacienda y hacer casa de la que los vagamundos hacen, de que, como si de vulgar gayón o tragasangre se tratara, viera mi nombre vilipendiado en los sucios tablones de los edictos judiciales. «Ausente y en rebeldía, condénasele a que con vergüenza pública le sea cortada la mano diestra, a destierro por diez años y...» y a alguna que otra pena más. Así rezaba la letra del mandamiento judicial. Un duelo, una ofensa y un duelo. A espadas, tal y como él eligió, y con los padrinos y testigos que prescriben las normas. Matarlo debí, para lavar su ofensa y para que nunca hubiera podido verter las falsas acusaciones que hizo contra mí, que llórame el corazón gotas de sangre cada vez que a mi memoria torna el malísimo recuerdo de aquella pendencia y la sonada de precito y excomulgado que dejé en Madrid.

    En fin, y aunque mi alma lo sufre como las espaldas de una chusma azotada por un rebenque, todo eso es ya agua pasada que no mueve molino. Ahora, a la espera de que el Señor me muestre su grandísima misericordia y me sane de estas heridas, tan sólo debo preocuparme del ahora y por mi futuro; sopesar con medida prudencia la oferta que me ha hecho don Manuel Ponce de León para que me incorpore soldado a su Compañía del Tercio Lope de Figueroa, o esperar a que lleguen las respuestas a los escritos que envié a su Excelencia don Juan de Austria y a mi doctísimo y caro maestro don Juan López de Hoyos. Confío en que mi buen cura y admirado preceptor interceda por mí ante la Justicia de Madrid, y que Su Excelencia tenga a bien mandarme las cartas de recomendación que rogábale en mi misiva. Con ello podríame apartar del servicio de las armas, dar por segura mi vuelta a Madrid y dedicarme en cuerpo y alma a aquello que llevo tan dentro de mí y que tanta circunstancia adversa me obligó a abandonar: la Literatura.

    Si se cumplen mis deseos, si consigo cambiar esta espada con la que escribo historias de lucha y sangre por aquesta otra con la que es la luz de la mente y la pureza de los sentimientos los que se plasman en la virginidad del papel, creo que comenzaré a escribir esa historia a la que vengo dando vueltas en el magín ya hace algún tiempo... Quizás la entienda desde este ángulo tan recién conocido de mi vida que es la mar y sus hombres, y sus terribles luchas de cada día por vencerla y dominarla, y suba a mi protagonista, un viejo hidalgo de buen corazón y mente no muy lúcida, al puente de un velero del que ha de ser capitán y con el que correrá intensas y fantásticas aventuras navegando por los siete mares del mundo... O quizás siga con la idea con que llegome a las mientes en un principio y lo sitúe caballero a lomos de un escuálido jamelgo, lo arme de pica y rodela y le preste un fiel escudero con el que correrá desdichas y resabíos por caminos y ventorros.

    Pero esto ha de ser más adelante...

    De cualquiera de las maneras el título no ha menester de ser cambiado y bien que podría ser aquel que ya tenía pensado cuando las ideas se me fueron aposentando en la razón, o sea, que podría intitularlo «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha».

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