La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    HIPNOSIS
     

  • Hermelindo García sabía -siempre lo había sabido- que toda su fuerza y poder radicaba en sus ojos.

    El espejo le devolvía la imagen de unos ojos claros y luminosos, entre gris metálico y verde mar, perfectamente perfilados y enmarcados en unas doradas y densas hileras de pestañas -también su cabello era de un claro rubio pajizo- que él atribuía orgullosamente a la feliz y singular particularidad de sus orígenes nórdicos. Su bisabuela materna, Hilde Reikjanssen, danesa de nacimiento, era natural de un pequeño pueblecito de pescadores cercano a Torsminde, en la costa occidental de Jutlandia, lugar donde conocería a un recio marinero español que llegó hasta sus costas casi muerto de hambre y sed a bordo de unas tablas a las que pudo asirse con motivo del naufragio de su barco. Pero nadie sabría nunca que aquella ruda campesina, que casó con el náufrago y le dio catorce hijos, fuera la tal ruda campesina capaz de formar yunta con el percherón y ararse entre ambos y en un solo día -con el ex-marinero desertor de los mares y los vientos a los mandos de la reja- las dos fanegas de tierra que dedicaban a la siembra de trigo y patatas, sino que, en la ufana boca de su descendiente, sería recordada y citada como «la vikinga», o bien, si se terciaba, como «la walquiria», noble y aguerrida dama de los países del norte que al grito de «por Thor y Odín» guerreara en los nórdicos campos de batalla contra las huestes de los bárbaros y mongoles».

    Hermelindo García siempre estuvo convencido de que toda su fuerza y poder radicaba en sus ojos. Por eso, cuando vio aquel anuncio en la revista que el diario regalaba los domingos como suplemento, después de leer y releer con inusitada avidez, y hasta cuatro veces, todas y cada una de las líneas anunciadoras, determinó que allí estaba la tan esperada solución para todos sus problemas.

    Treinta y tres noviembres tenía; Sagitario, según constaba en su D.N.I., o treinta y cuatro eneros, Capricornio, según le confesó su madre -en una extraña historia de olvidos y circunstancias- a poco de que su padre saliera una mañana a comprar tabaco y aprovechara el viaje para saltarse el océano llevando de la mano a una furcia que trabajaba de administrativa en la misma empresa de conservas y salazones donde él lo hacía de representante y no regresara más ni siquiera a recoger las mudas de calzoncillos o la colección de novelas del Oeste que fue adquiriendo a lo largo de sus trece años y un día de matrimonio.

    A Hermelindo no le importaba lo de las fechas; le daba igual lo del siempre aceptado y de derecho Noviembre, o lo del más tarde impuesto como de hecho, Enero. Hermelindo se leía los dos horóscopos en su dominical revista y se quedaba con el más favorable sin que ningún reproche o remordimiento interno le aflorara para indicarle una posible falta de ética en su liberal actitud. Él no tenía culpa, se decía... Y uno de sus dos horóscopos, leídos inmediatamente antes que el anuncio, precisamente con el que más se identificaba, le auguraba cambios y mejoras para su inmediato futuro. «Venus Afrodita te ayudará a conquistar al ser amado», decía el horóscopo de Sagitario en el apartado AMOR. En SALUD, «Te sentirás con mucha vitalidad y optimismo, pero cuida tu hígado». En lo del DINERO le decía, «Magnífica ocasión para ganar mucho dinero, no la desaproveches...»

    Pero era el apartado SUERTE en el que los astros confluían cenitales sobre los cielos de su nacimiento para vaticinarle el más claro, exacto y sorprendente de los pronósticos. «Te llegará una información relacionada con un poder oculto que puede cambiar tu vida. Mantén los ojos bien alertas, pues en ellos radica tu destino».

    Naturalmente... Siempre había sabido que sus ojos no eran como los ojos de los demás, que se advertía fácilmente con sólo mirarlos que emanaban una fuerza misteriosa, un magnetismo o una mágica y arrebatadora atracción que fascinaba a todos, incluso, hasta a él mismo cuando se miraba al espejo. El horóscopo no se equivocaba... Y aquel anuncio puesto ante sus ojos inmediatamente después del pronóstico sobre su destino -cosa que de ninguna forma podía atribuir a una casualidad, sino como una de las diferentes maneras en que los hados o los dioses de la suerte tienen de mostrarse a sus elegidos- era, sin duda, la anunciada información que habría de llegarle sobre su poder oculto y que, tal como también decía su horóscopo, radicaba en sus ojos.

    Anthony Kline, el autor de «Curso de hipnosis en 13 lecciones» y de «Metodología y Técnicas secretas de la Hipnosis», afirmaba -así ponía en el anuncio- que podía hacer un hipnotizador de casi cualquier persona, pero que si, además, el comprador de sus libros poseía esas cualidades innatas que definen a los auténticos hipnotizadores, garantizaba al alumno la realización de proezas que sólo son dadas realizar a unos pocos y muy escogidos magos de la hipnosis. Y si no, le devolvemos su dinero, claro...

    Hermelindo García, cuando por la noche cerraba los libros del gran maestro Anthony Kline y se acostaba, pensaba en sus treinta y tres, o treinta y cuatro, años y en que aún no sabía lo que era un empleo fijo. En los últimos años, muy de vez en cuando, un contrato por seis meses para ejercer sus actitudes como chupatintas supliendo a algún empleado enfermo en las oficinas del Banco, para, luego, acabado el contrato, seguir buscando en las secciones de anuncios de los periódicos y seguir mandando curriculums a todo cuanto tuviera el más mínimo viso de posibilidad. Pero no había nada que hacer: excepto las ventas de libros a domicilio, o los seguros y las máquinas de coser -que se anunciaban a los incautos parados como si ofrecieran cargos de director general de una empresa de la NASA-, pocas ofertas se podían sacar de las desilusionantes columnas de la prensa.

    Y pensaba que sólo le quedaban treinta días para finalizar el actual contrato con el Banco. Y pensaba que, Cándido, el director de la sucursal, lo llamaría dos o tres días antes del cese para decirle que lo sentía, que le hubiera gustado que se quedara ya definitivamente en aquel puesto de empleado de Caja que tan bien desempeñaba, pero que tendría que arreglarse con los otros cuatro empleados y esperar hasta que la dirección general le autorizara la tantas veces anunciada ampliación de personal, y que...

    Hermelindo García pensaba también en Sara, y en Mame, y en María Rosa, y en Alicia, y en Georgina, y en Begoña, y en... En todas, en todas las chicas con las que iniciara relaciones, casi siempre con muy buenas intenciones, pero que siempre terminaban cuando comenzaban las referencias a lo del empleo, las posibilidades, la marcha de los asuntos económicos, etc., y cuando aún no había traspasado el límite mínimo de las tiernas miradas ante unas cervezas y unos calamares en la barra del bar. Pero, sobre todo, pensaba en Maite, con la que llevaba casi un mes de relaciones -sin tocarle ni una manita- y con la que le gustaría, si no llegar a una formalidad, e incluso, casarse, por lo menos llevar a cabo y en la realidad todas las fantasías con que la soñaba en las nocturnas soledades de su cama vacía.

    Hermelindo García sabía que el mundo sería suyo apenas tuviera en su mente todas las enseñanzas y técnicas que su gran maestro el profesor Kline le brindaba en aquellos libros. Por eso se los llevaba consigo hasta al Banco y aprovechaba todos los momentos que podía para estudiar y familiarizarse con los procedimientos y técnicas de su admirado mago y maestro.

    La primera prueba de que iba asimilando las enseñanzas, y que el gran poder que llevaba dentro estaba despertando, la tuvo cuando, a los quince o veinte días de comenzar la experiencia, vio que de la verruga que le saliera en la pierna, aquella maldita verruga que tanto le molestaba al roce del pantalón, sólo quedaban unos leves vestigios; minúscula huella que de ninguna forma se podía comparar con la escamosa costra que allí se aposentaba antes del experimento. Se lo contó a los compañeros del Banco y les mostró varias veces la verruga a lo largo de los días para convencerlos de cómo él, con sus ingénitos poderes, y sin utilizar otros productos o herramientas que el poder de sus ojos y mente, era capaz de hacer que la tenaz verruga desapareciera de su pierna sin dejar el menor rastro. Hipólito, apoderado y segundo de «a bordo» del Banco, era el más incrédulo y el que más se reía de lo que consideraba una chaladura de Hermelindo. Pero le caía bien y se permitía gastarle algunas bromas guiñándole a los demás empleados mientras le llamaba con irónico acento «El hipnotizador loco de la calle 23». Sólo que a Hermelindo no le inmutaba. Estaba completamente convencido de su poder...

    Hermelindo, sabiendo que los días se acababan y que Cándido, el director, le llamaría en cualquier momento para anunciarle su consabido despido, decidió no esperar más y llevar a cabo su plan aquella misma mañana. Por eso, aprovechando unos momentos en que no había ningún cliente en el Banco, y que los demás estaban ocupados con sus letras y recibos, entró al despacho de Cándido aduciendo que tenía que hablar con él de cierto asunto. Apenas lo tuvo delante, sin ni siquiera hablar palabra, se le quedó mirando fijamente a los ojos mientras realizaba determinados pases mágicos y con su mente le trasmitía la serie de órdenes que ya llevaba meticulosamente pensadas de antemano.

    Cándido se quedó inmóvil como un muerto durante los dos o tres minutos que duró la sesión y no reaccionó sino para tomar el cigarrillo que Hermelindo, acabadas sus extrañas gesticulaciones y sacado el paquete del bolsillo, le tendía. Rápida y automáticamente sacó el encendedor de un cajón de su mesa y le ofreció fuego. Hermelindo aspiró una larga bocanada de humo, la soltó mientras lo observaba de soslayo comprobando la efectividad de su acción y se volvió para salir con un algo tímido y lacónico: «Bueno, pues... hasta luego.»

    Pero no fue luego, sino al día siguiente cuando Cándido lo llamó a su despacho, le dijo que se sentara con cordialísimo tono y amplia sonrisa en su rostro y le tendió unos papeles para que los firmara. Apenas Hermelindo garabateó su firma, Cándido tomo los papeles los introdujo en un sobre y se volvió tendiéndole la mano. «Bueno... Ya lo ves. Voy a solicitar a la Dirección General que te hagan fijo... Les expongo razones suficientes y confío en que no habrá ningún problema para que lo acepten. Así que... ¡Enhorabuena, Herme...!»

    Hermelindo salió del despacho rebosante de satisfacción... ¡Su plan había resultado! ¡Sus poderes eran reales! Claro que lo sabía... pero, ahora, ya, además de su existencia, estaba demostrada su efectividad. Ya se podía considerar empleado fijo del Banco... Eso de principio, porque, luego, ¡je!, luego, ¡sabe Dios lo que podría conseguir con sus poderes! De momento ya se le estaba ocurriendo otro plan para hacer algo de lo que tenía ganas desde hacía mucho tiempo...

    Hermelindo García apenas bebió medio whisky en todo el tiempo que llevaba en la pequeña fiesta de cumpleaños que dio Aránzazu, amiga de Maite, en su casa aprovechando que los padres estaban de viaje por el sur de Francia. Aguardó apenas sin hablar con Maite y los demás a que cada uno estuviera más absorbido por sus «cosas», hasta que consideró que era el momento oportuno. Le dijo a Maite que le dolía un poco la cabeza, que lo acompañara a buscar una aspirina, y se introdujo con ella en una habitación al fondo del pasillo. Naturalmente era el dormitorio de los padres de Aránzazu. Cerró la puerta tras de sí y, tras asegurarla con el pestillo, se volvió y se quedó mirando fijamente a una sorprendida Maite que lo miraba con los ojos tremendamente abiertos. «¡Mírame fijamente! -le dijo-. Maite continuaba mirándolo con la misma extraña y asombrada expresión. Hermelindo continuó: «¡Y ahora... desnúdate! -le ordenó mientras le pasaba una mano por delante de los ojos y la llevaba hasta dejarla acariciante sobre la cúrvea línea de sus senos.

    Durante unos instantes Hermelindo notó que era el rey de la situación, que era dueño de Maite y de su voluntad y que en pocos momentos la tendría desnuda sobre la cama, ansiosa porque subiera al tálamo y la poseyera con aquellas ansias tanto tiempo guardadas. Durante unos instantes Hermelindo notó el palpitar de los senos de Maite y saboreó el tan especial placer del sexo en aquella piel cálida que ya se disponía a ser suya. Durante unos instantes...

    Durante unos instantes y sólo justo hasta sentir sobre su rostro el tremendo trompazo que le arreó la dama de sus sueños y que fue el primero de una tanda imparable de guantazos que lo tiró desmadejado y estupefacto sobre la puerta. Y... ¡anda que Maite no sabía pegar!, no sabía dar leña aquella bella y enfurecida dama que a sus muchos encantos añadía el de cinturón negro de kárate segundo dam y tricampeona provincial de la especialidad...

    Hermelindo García nunca supo cómo pudo fallarle sus poderes en aquella noche tan especial con la dama de sus sueños. Ni por qué vino denegada por la dirección del Banco -según le comunicó Cándido, el director de la sucursal, cuando al siguiente lunes fue a incorporarse al trabajo- la solicitud de pasarlo a empleado fijo que éste había cursado. Ni tampoco supo nunca que Cándido, el director, era un buen hombre que tuvo en consideración algún que otro porqué de los que lo impulsara a su descocada actitud y consideró mejor seguirle el juego que tener que denunciarlo en Comisaría por sus intentos de extorsión...

    Ni tampoco supo nunca Hermelindo García que, tras su marcha del Banco, ni Hipólito, el apoderado, ni sus otros ex-compañeros continuarían llamándole «El hipnotizador loco de la calle 23», sino que, comprensiva y cariñosamente, le cambiarían aquel apelativo por el de «El hipnotizador deshipnotizado de la calle 23»...

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