La Web de ALFONSO ESTUDILLO
  • CUENTOS Y RELATOS

    LAS VACAS LOCAS
     

  • Las diferencias entre Leoncio Orozco y Agapito Seisdedos existían desde que eran dos zagales y comenzaron a poner los ojos en las jovencitas que iban a lavar la ropa al pilón de la fuente del pueblo. Ambos tuvieron la ocurrencia de fijarse en la hija de Honorato el carnicero, una niña con poco más de catorce primaveras, cara graciosa y nariz algo chatilla, pelo moreno y abundoso y un cuerpo que ya apuntaba a jaquetona y que, a no dudarlo, lo sería en cuanto los años terminaran de crecerle las curvas.

    La Jacinta, aunque se dejaba cortejar y le daba palique a los dos zagalones, nunca terminaba de decidirse por el uno o por el otro. Lo mismo tenía una coqueta sonrisa para el Leoncio que un guiño cómplice para el Agapito. Y lo mismo dedicaba toda la tarde noche del sábado a pasear por la calle principal con el uno que se marchaba la mañana del domingo a recorrer los caminos que circunvalaban el pueblo con el otro. Naturalmente, ninguno de los dos estaban de acuerdo con aquellos preludios de amores compartidos, sin embargo había una aceptación tácita, pues ni uno ni otro se atrevía a requerirla en exclusiva, más que nada por falta de decisión, pero también para evitar el riesgo de que la moza pudiera enfadarse y retirarles su amistad.

    En tanto se iban sucediendo días y satisfacciones, tardes y resquemores, noches y amarguras, compartido todo ello casi al cincuenta por ciento, ambos comenzaron a olvidarse de los no muy lejanos tiempos infantiles, de la concordia y buena amistad que se aposentara en ellos mientras crecían, de la camaradería y el afecto que les nació dentro mientras jugaban y se divertían juntos en los tiempos niños cuando llevaban a pastar sus respectivas vacas. Incluso, zagalones ya de voz semi grave, insulsos pelillos negreando el labio superior e ideas esclavas de la varonil condición, en más de una ocasión les tentó el diablo para que se dejaran de gazmoñerías y arremetieran contra el otro, de la forma que fuera, para eliminarlo y conseguir lo que -pensaba cada uno para sí- en justicia les correspondía.

    En esto fue el Leoncio, más resuelto y decidido, o más impaciente y agobiado, quien se dejó llevar por los diablos y urdió una treta para que su amigo dejara de gozar de la amistad de la Jacinta. Sabiendo que su amigo había quedado para salir aquella noche con la moza, por la tarde, junto con otros dos amigos, se las ingenió para que el Agapito bebiera unas copas más de la cuenta. Cuando, ya entrada la noche, borracho y sin poder sostenerse de pie, lo dejaron tendido en uno de los bancos de la plaza, Leoncio se fue al paseo y, haciéndose el encontradizo con la Jacinta, la acercó hasta donde su amigo dormía la borrachera. Su intención era que la moza, al verlo de aquella manera, tomara de él la opinión de que era un tajarina y, por tanto, persona no muy grata ni de fiar. Sin embargo, la reacción de ésta no fue la que Leoncio esperaba, sino que, por el contrario, al ver al Agapito maltrecho y tumbado por el exceso de alcohol, la moza dio muestras de una gran pena y ternura y, mostrándose en una recia e inamovible actitud maternal, no consintió en abandonarlo hasta que el joven se fue reanimando y pudieron acompañarlo a su casa.

    El Agapito nunca dio muestras de tener en cuenta la jugarreta que le hizo el Leoncio. Ni tampoco la Jacinta cambió en su comportamiento con uno y otro; sin embargo, el distanciamiento se fue haciendo más ostensible entre los dos amigos. Poco a poco dejaron de dirigirse la palabra, a eludir todo encuentro y a procurar que nada los relacionara.

    Naturalmente, cada uno por su cuenta procuraban obtener los favores de la Jacinta, si bien, ésta, sin perder un ápice de su locuacidad y espíritu alegre, los mantenía a raya sin comprometerse en nada formal y saliendo con el uno, con el otro y, también, con quienes le venía en gana cuando le parecía.

    Pero cuando la discordia se hizo más patente entre ambos fue a la vuelta de la mili. Ambos, de la misma edad, de la misma talla, de la misma cultura y del mismo pueblo, fueron destinados a los mismos regimientos y cuarteles para hacer su servicio militar. Ambos se incorporaron al mismo tiempo y regresaron licenciados el mismo día después de dieciocho meses de convivencia sin haberse dirigido la palabra ni un sólo momento. Y ambos se llevaron igual sorpresa cuando, la misma tarde de su llegada, despojados ya de uniformes y compromisos con la Patria, vieron a la Jacinta paseando por la calle principal del brazo del Genaro, el hijo de Antonio el ditero, ...y luciendo una barriga que no dejaba lugar a dudas sobre que hacía más de siete meses que habían llevado a cabo la consumación de los hechos.

    Nunca dejaron de acusarse mutuamente -más bien de pensarlo, pues ya nunca más se dirigieron la palabra- de que toda la culpa era del otro. Pero, pasó el tiempo, y con los años ambos se olvidaron de la Jacinta y encontraron sus respectivas novias con las que se casaron y tuvieron hijos. Y ambos siguieron con sus respectivos establos de vacas -cuatro o cinco de leche y media docena de toros y terneros destinados a carne- y las pequeñas huertas de las que sacaban algunas frutas y verduras con lo que tenían, si no riquezas y abundancias, sí un decoroso pasar.

    Con el tiempo, ya los hijos mayores y algunas canas en los aladares, ambos terminaron por soportar la mutua presencia en la taberna, sentarse juntos en reuniones comunes e, incluso, jugar alguna que otra partida de mus. Eso sí, hablándose sólo lo indispensable para jugar la partida o para dejar aclarado quién había perdido y pagaba las copas.

    Pero el Leoncio seguía teniendo los diablos en el cuerpo...

    Aquella mañana, a poco de amanecer, mientras el Agapito se aprestaba a sacar las vacas del establo para llevarlas a pacer al prado cercano, vio que el Leoncio cruzaba la cancela de su huerta. Se extrañó, y, por lo que fuera, casi estuvo a punto de entrar dentro de la casa a coger la repetidora, pero, al ver que su antiguo amigo no traía la cara tocha y apuñetada como en él era habitual, se tranquilizó y aguardó a que se le acercara. No parecía venir de malas pulgas.

    -A los buenos días, amigo.

    -Buenos los tenga usted... ¿Qué se le ofrece?

    -Pues, mira, Agapito, que como tú sabes que quieren proponerme para presidente de la cooperativa, y como yo no estoy por la cosa... había pensado que nadie mejor que tú para ese cargo. Así que si te parece bien lo voy a proponer en la junta que celebramos pasado mañana. Tu eres una persona honrada y preparada para ese cargo. Lo puedes hacer mejor que ninguno. ¿Qué te parece?

    El Agapito casi no se lo creía.

    -Hombre, Leoncio, yo... Claro que no me importa, es un honor que me haces, pero...

    -Ea, pues no se hable más. Pasado mañana eres el presidente de la cooperativa láctea de Villacañas del Carril. Ya me encargaré yo de que nadie más que tú salga de presidente.

    -Te lo agradezco, Leoncio. Siempre me ha ilusionado ser presidente de la cooperativa y...

    En ese momento comenzaban a salir las vacas y terneros del establo caminando hacia la cancela. Los dos hombres se echaron hacia un lado y se quedaron contemplándolas al pasar. Había algo raro, algo que, un tanto inconscientemente, les llamó la atención. La primera y segunda caminaban con normalidad, no así la tercera y cuarta que parecían que iban a caer al suelo en cualquier momento. Un tercer animal, un semental de raza retinta, también se le iban
    las patas delanteras y caminaba como si estuviese débil y sin fuerzas para mantenerse en pie. A ninguno de los dos hombres se les escapó el detalle. Fue Leoncio el que habló.

    ¡Hostias! Esos bichos están enfermos... Eso es la enfermedad que salía en la tele no hace mucho, la enfermedad de las «vacas locas», ¿te acuerdas?

    -Venga, Leoncio, no me mientes ruina, que mis vacas siempre han estado sanas como las que más... Eso será que ayer estuvieron comiendo algunas palas de tunas y tendrán el estómago suelto.

    -¡Qué coño! Eso que están haciendo es lo mismo que las vacas que salían por televisión. Observa que no se mantienen de pie, que están a punto de caerse... Si tuvieran el estómago suelto por las palas de tunas, como tú dices, se estarían cagando patas abajo... -Se llevó la mano a la barbilla y se quedó rascándose pensativo. Tras unos instantes de silencio se volvió al dueño de la huerta-. Esto te puede traer un disgusto gordo, ¿lo sabes, verdad? En cuanto se enteren los de la cooperativa y mi sobrino el veterinario, ya te están quitando todos los animales... Digo, para incinerarlos, que por lo visto es la única forma que tienen de curar esa enfermedad. Ahora que...

    -¿Ahora qué, Leoncio?

    -Que te voy a echar un cable, hombre. Que te las voy a quitar de aquí y ya me las arreglaré yo con mi sobrino. Ahora, eso sí, me las voy a llevar compradas... Aunque sea por un precio simbólico, pues no quiero que te puedan perjudicar más.

    -¿Y un precio simbólico cuánto es?

    -Hombre, digamos que dos mil duros por cada bicho. Seis mil duros por los tres y me pasas las guías... Ten en cuenta que esto lo hago como un favor, que si te los dejo aquí, en vuelta de dos días te los quitan todos y te quedas sin animales y más pelado que Gasparito...

    -Hombre, es que esas dos vacas, la “Dorotea” y la “Casilda” son las dos mejores que tengo, las que dan más leche... y el macho ya sabes que es el mejor semental que hay en toda la región.

    -Tú verás lo que hace. Yo sólo quiero ayudarte.

    -Bueno, déjame que lo piense... Mañana te digo lo que sea. Total, por un día no se tiene que enterar nadie.

    -Bien. Por la mañana vengo y me dices lo que sea. Hasta mañana, Agapito.

    -Hasta mañana, Leoncio... Ah, y gracias por lo de la presidencia.

    A la mañana siguiente, dos horas antes de que amaneciera, el Leoncio y su hijo el soltero atravesaban la cancela y se introducían en el establo de Agapito. Al igual que la noche antes, sacaron las botellas de la caja y le metieron dos litros de vino tinto a cada uno de los tres animales. Estos se hacían remisos al principio, pero se lo bebían sin apenas forzarlos en cuanto que tragaban los primeros buches. Terminada la operación, los dos hombres recogieron las cuerdas, las botellas vacías y la caja y abandonaron la estancia.

    A poco de amanecer el Leoncio traspasaba la cancela de Agapito. Éste ya se encontraba en el establo contemplando a los tres animales que se hallaban echados. El Leoncio se quedó mirando la escena desde la puerta. Tras sacar la petaca y liar un cigarro, se acercó al otro.

    -¿Qué? ¿Cómo van esos animales?

    -Pues, ya lo ves, Leoncio, siguen igual o peor que ayer. A la “Casilda” se le está retirando la leche... En el ordeño de anoche apenas dio quince litros...

    -Pues, bueno, ya sabes lo que tienes que hacer. ¿O quieres que te las quiten y te metan la ruina?

    -No, hombre... En fin, puedes llevártelos. ¿Cómo te los va a llevar?

    -Luego te mando a mi hijo Paco con el camión. Los meteré en el establo del campito de abajo... y ya veré cómo me las arreglo con mi sobrino. ¿Ah! No se te ocurra decir nada de esto... Pero ni media palabra a nadie, ¿estamos?

    Toma, aquí tienes un talón por los seis mil duros. Y me mandas las guías y los papeles de la venta con mi hijo.

    -Bueno, está bien... Vaya desgracia, hombre, que me tuvo que tocar a mí... En fin, que le vamos a hacer. Dios abrirá puertas por otro lado...

    -Si ves que alguna otra vaca se pone mala me avisas. Seguiré haciéndote el favor, porque, total...

    -Muy bien, Leoncio, muchas gracias. Mandas el camión cuando tú quieras.

    -Al mediodía viene mi hijo a por los bichos. Hasta luego, Agapito.

    -Adiós, Leoncio.

    Cuando llegó Paco, el hijo del Leoncio, a llevarse a los animales, Agapito se extrañó del mal aliento que echaban los bovinos mientras ayudaba a subirlos al camión. Era un aliento raro en un animal, como a agrio, pero un olor que no terminaba de resultarle del todo desconocido... Se lo iba a comentar al muchacho, pero decidió que era mejor callarse. Seguramente aquel mal aliento era propio de la enfermedad...

    Tras la marcha del camión, mientras amontonaba las boñigas del establo en el montón del estiércol trató de olvidar el raro olor del aliento de las vacas. Pero, cuando ya echaba las últimas paladas de excrementos en el carrillo, le extrañó el ruido de la pala al incidir sobre un cristal. Barrió un tanto la superficie con la pala y contempló varios cristales rotos de lo que podía haber sido una botella. Recogió algunos de los cristales y parte de una etiqueta. Se rascó el cogote mientras leía algunas de las letras impresas en el papel. Durante un rato se mantuvo pensativo; luego, aún con los restos de etiqueta en la mano, tiró la pala a un lado y salió resuelto de la estancia.

    Una semana más tarde se comentaba en la taberna que el Agapito había comprado un semental de gran calidad. Algunos decían que un charolés, otros que un frisón y otros que un toro suizo. Lo que sí parecía ser cierto, según habían oído al hijo del Agapito, era que el toro era extraordinario, un semental fuera de serie.

    Eso mismo fue lo que oyó Leoncio cuando, al ver que Agapito llevaba unos días sin aparecer por la taberna, le preguntó a Lucas, el hijo de su amigo, el que llevaba lo de la lonja: que era un toro selecto, que lo tenía encerrado en el establo nuevo, que él no sabía exactamente de la raza que era, pero que, según le había oído decir a su padre, lo estaba dejando que se aclimatara y en pocos días lo tendría en disposición de montar a todas las vacas que le llevaran.

    Leoncio se quedó rumiando algo para sus adentros antes de decirle a Lucas que le dijera a su padre que iría al día siguiente por la mañana para hacerle una visita y de camino echarle un vistazo al nuevo semental. También le dijo que le advirtiera al viejo que tuviera cuidado, porque la enfermedad esa se pegaba con menos de nada.

    El Lucas le dijo que perdiera cuidado, que así se lo diría al viejo.

    Cuando, a poco de amanecer, el Leoncio, acompañado de su hijo y con las cuatro botellas de vino tinto metidas en una capacha bajo el brazo, traspuso la cancela de la huerta del Agapito y se dirigió al establo nuevo -construido a continuación del otro-, iba pensando en que otra vez le iba a hacer la puñeta a aquel churrindungui por culpa del cual perdió a la Jacinta... Y, además, que se reía y se lo pasaba de órdago a la grande con tomarle el pelo a aquel tonto del bote. Aquello no tenía precio... Y si se quedaba sin sus mejores animales, que se jodiera; también él se quedó sin aquella buena jaca con la que tanto soñó y suspiró en sus tiempos de zagal...

    Eso pensaba cuando abrió la puerta del establo y se disponía a entrar para hacer la prevista faena. Pero, nada más abrir la puerta, la sonrisa se le borró del semblante y la sangre se le heló en las venas cuando oyó el mugido del toro que albergaba la estancia y que, como un huracán, salía por el hueco de la entrada con los ojos inyectados en sangre y buscando cualquier cosa que se opusiera a su paso.

    Apenas le dio tiempo a salir huyendo como alma que lleva el diablo cuando ya tenía a aquel negro zaino a sus espaldas y dándole el primer revolcón. Por dos veces se vio enganchado en aquellos cuernos grandes como ejes de carreta y volteado por los aires hasta caer al suelo como un saco.

    Su hijo se volvió para llamar la atención del toro al verlo que subía y bajaba como una marioneta entre los cuernos del bicho. Aprovechó esos instantes para levantarse y salir corriendo hijuela arriba camino del pueblo mientras su hijo y el toro corrían tras él.

    Aún recibiría otros dos o tres topetazos y otro revolcón antes de llegar a las primeras casas del pueblo. Su hijo también se había llevado su parte y se dolía a grandes gritos tumbado en el suelo y diciendo que se moría. El toro continuó corriendo calle arriba y se perdió por alguna de las bocacalles. Entonces se acercó a su hijo caído mientras pedía auxilio a grandes voces. Varios vecinos y los dos guardias civiles de la ronda de noche se les acercaron. A no mucha distancia, en la puerta de la taberna, el Agapito y unos cuantos parroquianos madrugadores los miraban desternillados de risa. El Agapito, mientras se adelantaba unos pasos a los demás parroquianos, señalaba a su amigo Leoncio.

    -¡Arza, cabrón! ¿No querías saber cómo era y cómo se llamaba el toro? Pues ahí lo tienes: de las dehesas de Salamanca, un toro bravo encastao en miura y con más de seiscientos kilos... Y se llama «Bailaor». Y dale gracias a todos los santos del cielo que lo embolé para que no te matara, cacho cabrón. ¡Mira que ir a emborracharme a mis animales y decir que tienen el mal de «las vacas locas»! ¡Anda, anda, tócale la guitarra a ese «Bailaor», que te va a bailar otro ratito por bulerías...!

    El Leoncio, cojeando y con las espaldas echadas abajo por varias costillas rotas, se apoyaba en su hijo y su hijo en él mientras se quitaban de enmedio con las caras dolidas y mohínas y sin decir ni pío.

    El Agapito aún seguía con ganas de guasa.

    -¡Anda, Leoncio, no te vayas; acércate y te tomas una copita aquí con los compañeros! Pero de tinto del bueno, no la porquería esa que le metías por el pico a mis vacas. Anda, Leoncio, no te vayas, hombre, que un ratito que has estado bailando con «Bailaor» no es na... Venga, hombre, anímate...

    Casi dos años más se llevaron sin hablarse el Leoncio y el Agapito. Pero, un día, sin saber cómo ni quién comenzara, se dieron las manos en la taberna y sellaron la continuidad de aquella amistad que se les fue rompiendo desde los lejanos años mozos. Desde entonces se les veía todas los días sentados a la puerta del bar, compartiendo su botella de tintorro y comentando las mil y una diabluras que se les ocurrieron por culpa de aquel amor que sólo fue un sueño en sus inocentes mentes de zagales.

    Y raro era el día que no sacaban algún chiste de una convecina a la que conocían bien y que de vez en cuando veían pasar arrastrando el carrito de la plaza y sus más de ciento cuarenta kilos de peso.

    Primero, nada más verla, luciendo aún en sus ojos y cara el vivo recuerdo de las pasadas bellezas, un ramalazo de nostalgia les hacía escarbar en tantas ilusiones guardadas aún en sus pensamientos, pero, a continuación, apenas alejada unos metros, contemplando las prominentes y bailantes mollejas de su inexistente cintura y la inmensidad de su orondo trasero, llegaba inevitable la comparación con la deseada y atractiva jaquetona de cuarenta años atrás, se miraban, dejaban que un destello irónico y cómplice asomara a sus ojos y, ya sin poderse aguantar, contagiados el uno del otro, salían riendo a carcajadas...

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