La Web de ALFONSO ESTUDILLO
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    El ajedrez del diablo


  • Teófilo, en tanto observaba la llegada de los invitados más rezagados y aguardaba el comienzo de la cena, sintió que algo le removía los entresijos de la memoria para retornarle recuerdos de un año antes en aquel mismo lugar, de la noche absurda, desagradable y ya olvidada de la gran borrachera; sin embargo, oponiéndose tajantemente a la continuidad de ese y de cualquier otro incordio rememorante, desconectó la mente y paseó una vez más la vista en derredor comprobando la extraordinaria concurrencia que se aposentaba en las grandes y bien exornadas mesas del Salón Regio del Hotel Hilton Palace. Podía ver tipos de todas las clases y cataduras, provincianos incluidos, a los que, por los variados pelajes y vestimentas que lucían, juzgó que más que especímenes del oficio de la letras parecían tramoyistas, extras y figurones del mundo de la moda o de la farándula. Y las damas otro tanto; aires encopetados, joyas y aderezos hasta la saciedad y modernos peinados realizados a horas últimas por las delicadas manos de algunos de los renombrados estilistas que solían salir en la tele y en las revistas de colorines.

    Teófilo no se encontraba muy a gusto entre los dos comensales que se sentaban a su diestra y siniestra. A su izquierda, una señora de cara tocha y apuñetada, que no se recataba de ponerle pegas a todo cuanto se ofrecía a su vista y que, con voz átona y cascada y sin que nadie se lo preguntara, decíase ganadora de varios y distinguidos premios literarios. Y al otro lado, un joven de ojos saltones y escuchimizada anatomía, anodino y poco hablador, pero que, también de motu proprio, refirió ser maestro de primarias allá en su pueblo de las tierras donde el Quijote y Sancho escribieran sus gestas, y que, bisoño y primerizo en aquellas lides, asustado de verse formando parte de tan magna y distinguida concurrencia, veíase tan afectado por los nervios que no paraba de darle vueltas y más vueltas a la aún virgen e impoluta servilleta.

    Se fijó en el resto de los comensales y decidió que ninguno de ellos merecía el menor interés. Se advertía en todos a gente de medio pelo, insulsos y fútiles, jactanciosos héroes de su particular ficción que, desconcienciados de toda lógica y lucidez, añadían al castigo de sus apesadumbradas vidas el no menos doloroso y mortificante suplicio de garrapatear letras sobre los folios con los ánimos puestos en glorias y laureles. Decidió no mantener conversación con ninguno de ellos.

    Fue entonces cuando se fijó en el tipo que se aposentaba enfrente y casi al fondo de la mesa. Era un sujeto de mediana edad, no mal parecido, con amplias entradas y una bien cuidada perilla al estilo de los mosqueteros de D’Artagnan. Se fijó en su mirada penetrante y el extraño brillo que lucía en aquellos ojos que lo miraban sin el menor pestañeo. Pareció recordarle a alguien. Durante unos instantes trató de asociarlo con algún conocido sin que su memoria consiguiera situarlo. Sin embargo, y aunque nada tuviera que ver, sí le vino a la mente, de nuevo y como un ramalazo, recuerdos de la noche de la borrachera... Sin querer pensar tampoco en esto, le echó un último vistazo al de la perilla y lo zafó de su interés.

    En realidad, a Teófilo no le importaba nada ni nadie. Lo único que verdaderamente le importaba era salir de allí aquella noche como ganador del Gran Premio Internacional de Novela que convocaba la Editorial Muchapela y que, dotado con la bonita cantidad de 100.000 euros, no sólo era uno de los más prestigiosos y deseados por todos los juntaletras del país, sino que su obtención significaba consolidarse en el oficio y un seguro contrato con la misma u otras editoriales para continuar produciendo y publicando. Además, suponía la puerta abierta a las columnas de opinión en agencias de prensa de las que surten a varios periódicos y apoquinan pelas constantes y sonantes.

    Mientras terminaba el consomé se oyó por la megafonía de la sala el resultado de la primera selección de finalistas. La sonrisa se le asomó al rostro cuando escuchó el título de su novela entre los seleccionados.

    -«...la obra «Jaque al rey», con once votos...»

    Casi no se podía creer que su novela estuviera seleccionada y, además, junto con otra obra, «El ojo del diablo», con el mayor número de votos de los emitidos por el Jurado en aquella primera votación. No pudo evitar referirlo al tiempo que la nombraban y que los demás se enteraran.

    -¡Joder, la mía...!

    Estaba claro que, a excepción de un señor mayor con cara bondadosa propia de catedrático o boticario, ningún otro de los doce comensales de aquella mesa había obtenido resultados positivos en la primera selección. La señora de la cara apuñetada que se sentaba a su izquierda, sin ni siquiera mirarlo, hizo un gesto despectivo, dejó el tazón de caldo sobre el plato y dijo, con todas sus letras, “vaya mierda de consomé”. El joven escuchimizado de la derecha le dirigió una temblorosa sonrisa de circunstancias y siguió dándole vueltas a la manoseada servilleta. Los demás ni siquiera se inmutaron: siguieron hablando -mal por supuesto- del certamen, de los miembros del Jurado, de los editores y de todo cuanto había de puertas para adentro.

    La segunda selección se dio a conocer justo cuando acababan de dar cuenta del «Confit de pato braseado al vino añejo». Se habían descartado a cinco de los finalistas y sólo tres obras pasaban a la siguiente y última calificación.

    Teófilo no pudo aguantar la euforia que comenzaba a aposentársele en los interiores y se levantó de su asiento cuando oyó de nuevo su obra seleccionada y empatada a votos con las otras dos. Entre risas y contentos apenas se fijó en la indiferencia de los demás. Cuando consiguió tranquilizarse, mientras el camarero comenzaba ya a servir los postres observó al individuo de la perilla y que éste le hacía un gesto como de asentimiento guiñándole un ojo y moviendo la mano, unidos el índice y el pulgar en un círculo, en claro gesto de dar en el clavo.

    De nuevo le asaltó la sensación de algo relacionado con aquel tipo, algo que, por mucho que buscaba y rebuscaba en las basuras del recuerdo, nada tenía que ver con la profesión ni con amistad ni con... Fue entonces cuando, súbitamente, como un rayo rasgando las tinieblas, se fue haciendo un destello de luz en su memoria y comenzaron a venirle jirones de recuerdos de lo acontecido tras aquella desagradable y ya olvidada noche de borrachera de justamente un año atrás...

    Sin poder oponerse a su conciencia, recordó aquel mismo escenario en el fallo del año anterior. Esa vez era ya la tercera que se presentaba sin que su trabajo hubiera pasado ni siquiera a la primera selección de finalistas. Recordó el impresionante cabreo que le hizo abandonar la sala sin apenas haber probado bocado ni del primer plato. Recordó que comenzó a beber whiskys a palo seco en la cafetería del hotel mientras, a medida que el alcohol le crecía la euforia, ponía a parir a todos los que tenían algo que ver con aquel maldito premio. Recordó que, cuando ya los whiskys superaban ampliamente la media docena, el barman le rogó que se moderara en sus gritos y que, dos o tres vasos más adelante, uno de los mozos del hotel tuvo que ayudarle a subir a su habitación. Recordó que se tumbó vestido sobre la cama y que clamaba contra vivos y muertos cuando, entre euforias y vapores de alcohol, le vino a la memoria el famoso tema que trataran Marlowe, Goethe o Klinger. ¿Por qué él no podía ser un Fausto cualquiera? ¿Por qué no adelantar las cuentas de algo que ya tenía perdido de antemano? Fue entonces cuando comenzó aquel soliloquio de alcohol y despropósitos.

    -¡Satanás, cabrón! ¿Me oyes? ¡Ven aquí y te tomas unos whiskys conmigo! Quiero venderte la parte buena de mi alma, la del poeta, la que todavía sigue pura, la que todavía es capaz de hablar de flores y pajarillos y llora y se enternece cuando ve que el hombre ni siquiera en los versos es capaz de escalar el arcoiris o trepar por los rayos de la luna... Ven aquí y cómprame esta parte que nunca será tuya... Te la vendo por un mísero triunfo... Llévatela y déjame que le gane una partida a esta puñetera cosa gris que llaman vida... Déjame darle jaque mate a la puta más puta de todas las putas... Luego te la juego a ti, y si me ganas...

    Recordó que, tras la perorata, se quedó callado y que sólo el silencio de la noche se erigió en respuesta a su parlamento. Tras varios minutos, notó la boca reseca y que los vapores del alcohol se le subían a los ojos para cerrarlos y rendirlos a la inconsciencia de los sueños. Recordó que ya mandaba al carajo a Satanás y a toda su corte celestial y se disponía a dejarse invadir por el sueño, cuando oyó los golpes de unos nudillos en la puerta. Se incorporó un poco y, aún extrañado, consiguió hilvanar un somero y algo embarrullado «adelante». La puerta se abrió y vio entrar a un elegante camarero empujando un carrito de servicios. No le dio tiempo a preguntar nada.

    -Su botella de whisky, señor.

    -Ehh... Yo no he pedido nada...

    -Verá usted, señor... Si usted no lo hubiera pedido yo no lo traería. Además, le traigo un documento con los datos de lo solicitado por usted. Puede usted verlo y comprobar que todo está correcto.

    El camarero le tendió un papel. Cuando lo tuvo entre sus manos comprobó por la forma y textura que era un pergamino y que traía unos renglones manuscrito a modo de poema que decían lo siguiente:

    «Peón cuatro rey. El tema está servido.
    Loca la dama, pierde. El ojo está conmigo.
    Tres años el justiprecio. Anael es contigo.
    Con Jaque al Rey ganas. Tu deseo cumplido.”

    Cuando lo hubo leído un par de veces aún seguía sin entender nada. Fue después de una tercera cuando, recordando su faustiana propuesta y mirando al camarero por el rabillo del ojo, se atrevió a decir:

    -Tú... ¿No serás Satán, verdad?

    -Por Dios, señor... Qué más quisiera yo...

    -O Mefistófeles, o Leviatán...

    -Nada de eso, señor. Mi nombre es Anael y, como ve, sólo soy un camarero del servicio de noche o, si lo quiere, un simple peón...

    -Perdona, hombre... Es que tu cara... con esos ojos y esa perilla... No sé, me resulta algo así como esas puñeteras representaciones que suelen hacer del diablo en muchas ilustraciones...

    -Lo comprendo, señor. Bueno... No se preocupe, si no le gusta mi cara, no tiene por que volver a verla... ¡Ah!, eso sí... Permítame que le diga que justo dentro de un año he de volver y comenzaremos a jugar una partida... Una partida muy tranquila que durará dos años hasta completar los tres. Pero, le repito que no se preocupe, no es necesario que me vea físicamente. Sabré eludir mi presencia para que me vea lo menos posible... Y, ahora, permítame que brinde por su próximo triunfo.

    Dicho esto, el singular camarero sirvió whisky en las dos copas, levantó la suya, se la bebió de un trago y salió de la estancia sin más.

    Recordó que estuvo contemplando los renglones del pergamino durante un rato antes de que el sueño lo venciera; luego, convencido de que no entendía nada de nada, lo dejó sobre la mesita y comenzó a roncar.

    Teófilo, aún ensimismado en sus recuerdos, se quedó mirando fijamente al individuo de la perilla. Ya casi no le cabía duda de que era el mismo tipo que aquella noche hacía de camarero y le entregó el manuscrito con el extraño cuarteto. ¿Y el poema? Claro, ahora conseguía verle luz y algo de sentido a sus misteriosos versos... Las obras finalistas y empatadas a votos con la suya, eran, según las habían anunciado por sus títulos, una «La Reina loca», y la otra «El ojo del diablo». Coincidían plenamente con el segundo verso del poema: «Loca la dama, pierde. El ojo está conmigo». Naturalmente, las dos perderían y él sería el ganador con «Jaque al Rey», según el cuarto y último verso...

    Y su novela, «Jaque al Rey», también guardaba una estrecha relación con los versos del cuarteto. En ella, una obra de ficción con ciertos visos históricos, un joven cura denuncia la corrupción que observa entre los miembros de la Iglesia, y, con la Santa Inquisición por medio, pero con muchos valedores entre las gentes del pueblo, e incluso, de nobles y miembros de la Corte, ha de enfrentarse a un severo juicio en el que es condenado. Logra postergar el cumplimiento de la sentencia tras exponer ciertas teorías y argumentos que le llevan ante el Cardenal y de éste, confesor regio, al Rey, gran jugador de ajedrez, al que consigue convencer para jugar una partida en la que la mano y voluntad de Dios señalaría al poseedor de la razón. Naturalmente, y con buen número de jerarcas, clérigos, nobles y otros muchos elementos como testigos, le gana la partida al soberano, pero, antes de ser absuelto de sus cargos, los prebostes del Santo Oficio le juegan su particular «partida» a la sombra para llevar el caso a un inesperado desenlace.

    El tema le había ido viniendo a la mente casi de manera automática, sin apenas un riguroso y exhaustivo desarrollo previo como solía hacer en todos sus trabajos y tanto en poesía como en narrativa. Recordaba que encabezó el primer folio con aquel título que le rondaba la mente «Jaque al Rey», y que comenzó la narración con aquellas primeras palabras que, sin ninguna relación consciente, pues ya había relegado al olvido el pergamino, eran las mismas con que comenzaba el misterioso cuarteto: «Peón cuatro rey...».

    Cuando retiraban los platos de los postres, aun sin que Teófilo hubiera probado las «Peras a la bella Elena», el portavoz del Jurado comenzó a anunciar el resultado final de la selección y el ganador del premio. Éste había sido elegido por mayoría de los miembros y resultaba ser la obra titulada...

    Teófilo brincó en su asiento cuando oyó el título de su obra. Y se le caían dos lagrimones de alegría cuando el portavoz del Jurado dio apertura a la plica y leyó su nombre. Vio que muchos de los comensales de su mesa y de otras cercanas dirigían la vista hacia él y que algunos lo señalaban con sonrisas y gestos de saludo. Se pellizcó fuertemente en el antebrazo izquierdo para comprobar que no soñaba antes de dirigirse al estrado donde era requerido por los altavoces.

    Saludos, abrazos, felicitaciones solicitudes de los fotógrafos, cámaras y reporteros para que posara o dijera unas palabras... Toda la parafernalia propia de tales eventos que fue asumiendo y superando a duras penas y que no terminó sino hasta bien avanzada la madrugada, recogido ya el premio y retirada del salón la mayoría de los asistentes.

    Cuando se despedía de algunos de los miembros del Jurado, del gerente de la Editorial y de algún que otro escritor, últimos contertulios de la noche, Teófilo se percató que al fondo de la barra de la cafetería estaba el misterioso tipo de la perilla. Apresuró los saludos de despedida y acompañó hasta la puerta al de la Editorial mientras acordaban las gestiones burocráticas para el día siguiente. Regresó a toda prisa al bar para tratar de hablar con el ex camarero, pero comprobó con cierto asombro que éste no estaba en la barra ni en todo el recinto de la cafetería. Estuvo tentado de preguntarle al barman, pero, después de unos instantes de cavilaciones, tras mirar la hora y comprobar que eran las tres de la mañana, se encogió de hombros y decidió irse a dormir.

    Mientras se desnudaba le volvieron los recuerdos del pergamino y de lo sucedido aquella noche. No podía ser -pensó-. No podía ser verdad que aquella chaladura de vender su alma al diablo fuera una realidad, que estuviera ocurriendo como si hubiera habido un trato real con Satanás y éste hubiera sido el que le facilitara la obtención del premio literario, su triunfo natural y definitivo en el mundo de las letras. Además, él era agnóstico y no creía en diablos ni leches que tuvieran que ver o dimanaran de cosas tan increíbles y vilipendiadas como la religión... ¿Lo del pergamino? Sí, verdad era que lo encontró sobre su mesita a la mañana siguiente de la borrachera, pero no dudó en achacarlo a que algún otro huésped de la habitación lo hubiera dejado en algún cajón y él lo hubiese encontrado y puesto sobre la mesilla en su locura de resacas y alcohol. Y quizás fue ello mismo lo que le hizo soñar con diablos y pactos de triunfos y almas vendidas... El papelote se lo trajo con él cuando abandonó el hotel. Incluso, lo estuvo estudiando durante varios días, pero terminó por darle su lógica y lo desechó en algún rincón entre la multitud de libros, papeles y objetos que se acumulaban en su despacho.

    No, no debía darle más vueltas al asunto... Bueno, y aquello del tercer verso: «Tres años el justiprecio. Anael es contigo.» Tendría que entenderlo como que ese era el tiempo que le quedaba de vida hasta que el de los cuernos viniera a reclamarle su parte del pacto. ¡Jo, menuda chaladura! Y, además, el de las barbitas recortadas vendría a jugarle una tranquila partida que duraría dos años... Pues ya estaba harto de pamplinas y zarandajas, de diablos compradores de almas y de partidas de ajedrez con lacayos de barbas recortadas... Al diablo todo. Al día siguiente le esperaba una buena mañana de trabajo entre la Editorial y los medios de comunicación. Pensando en ello se quedó dormido...

    El teléfono le despertó. Desde recepción le anunciaban que eran las diez de la mañana, hora que había solicitado lo despertasen.

    Se desperezó y se levantó de un brinco. Tendría que apresurarse en desayunar para llegar a las oficinas de la editorial a las once tal como había quedado con el gerente. Se dirigió a la ventana y corrió las cortinas. La luz inundó la estancia. Se volvió algo deslumbrado y fue entonces cuando vio el carrito-mesa de servicio con el tablero de ajedrez y las piezas perfectamente dispuestas para comenzar una partida. También portaba a un lado una botella de whisky y dos vasos.

    Se extrañó y pensó llamar a recepción para que le explicaran quién había pedido semejante servicio; sin embargo, tras reflexionar durante unos momentos y considerar que aquello podría formar parte del moblaje de la habitación y que, además, se estaba dejando influenciar por todas aquellas tonterías, cosa que no debía permitir de ninguna manera, miró con cierto asco los blanquinegros escaques y las figuras del tablero y se fue al baño a afeitarse.

    Se terminó de vestir y se arregló el nudo de la corbata ante el espejo de la consola. Fue entonces cuando, reflejado al fondo del espejo, vio al tipo de la perilla sentado ante el tablero y moviendo ficha. Se volvió como un rayo...

    Nadie. Ni sentado ante la mesa del ajedrez ni en toda la habitación había nadie más que él... Masculló una maldición entre dientes y se dijo que tenía que acabar con aquel maldito sueño de una puñetera vez. Era una persona mayor y con suficiente voluntad como para erradicar todas aquellas jilipoyeces de su mente y continuar siendo lo que era, una persona sensata y normal. No volvería a dejar que los pensamientos se le embrollasen con más sandeces.

    Definitivamente acabado el tema del puñetero diablo y sus incordios. Fin para siempre...

    Tomó la cartera portafolios y se dispuso a salir de la habitación. Caviló unos instantes por si olvidaba algo y echó un último vistazo a la habitación. Entonces lo vio... Fue entonces cuando sus ojos se quedaron fijos y atónitos en la mesita del ajedrez. Naturalmente, no había nadie, pero los vasos estaban servidos a mitad de whisky, uno más vacío que el otro, y las piezas no se encontraban dispuestas para empezar una partida como las vio antes sino que ésta, con una elemental apertura de blancas, ya había sido comenzada.

    Peón cuatro de rey...

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