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    BIOGRAFÍAS

    GARCILASO DE LA VEGA

    por Francisco Arias Solís


GARCILASO DE LA VEGA La gramática del petrarquismo que formuló con el traslado de sus formas literales Boscán, no encauza ni aprisiona la mágica musicalidad del estilo de Garcilaso. El poeta toledano no es petrarquista, no llega a serlo; porque era demasiado perfecto químico, demasiado puro y maravilloso poeta mágico-musical palabrero, para falsificar la melodiosa voz de Petrarca con la suya propia.

En Garcilaso tiembla la voz con acordado, insinuante, estremecimiento melodioso, armónico, que nos vela, que nos esconde siempre, si lo hubiera el dolorido sentir y pensar, tembloroso, del corazón. En su persona se unen los ideales renacentistas del amor. En su temática poética, como en la de todos los poetas renacentistas, no existe el espíritu patriótico y desaparece su fe de católico. Ya Azorín señaló como característica de la obra garcilasiana su laicismo absoluto. «De todos los poetas españoles -decía- de los siglos XVI y XVII, Garcilaso es el único que no ha escrito ni un sólo verso de asunto religioso».

Garcilaso de la Vega nació en Toledo, el año 1501. Es posible que pasase una parte de su niñez y adolescencia en el castillo de Batres y otros lugares de Castilla, pero, sin duda, menos que en Toledo mismo. A los diecisiete años sabía griego, latín, italiano, francés; sabía música y esgrima, sabía enamorar y sabía escribir poesía. En Toledo fueron sus primeros hechos de armas y allí cerca, en Olías, recibió el bautismo de sangre, combatiendo contra los comuneros. Allí también le sucedieron sus más hondas desdichas de amor: el matrimonio con doña Elena de Zúñiga, dama de Leonor de Austria, hermana de Carlos V, y su pasión por doña Isabel Freire. Doña Isabel le dejó y se casó con un afortunado prestamista. Tuvo, después de éste, malogrado, otros muchos amores Garcilaso, sobre todo en Nápoles.

Combatió contra los turcos en Viena y en Túnez, contra los franceses en la Provenza. Resultó herido defendiendo a Rodas y en la acción tunecina. Por disposición del emperador, en castigo de travesuras bélico-eróticas, estuvo desterrado tres meses en una isla del Danubio y hubo de vivir varios años en Nápoles sirviendo a las órdenes del virrey don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca. Allí llevó una vida cortesana y literaria; allí se impregnó y vivió el Renacimiento y adquirió fama entre sus contemporáneos de buen poeta.

Este toledano grave era, en realidad, un perpetuo desterrado; de su ciudad del Tajo, de sus amores frustrados , desterrado de sí mismo, porque de su gloria unánime era el último que se enorgullecía. En su testamento, dispone su entierro y escribe: «no conviden a nadie para mis honras ni haya sermón en ellas».

Declarada la guerra a Francia, Garcilaso fue nombrado maestre de campo de un tercio -tres mil infantes-, sitiando la pequeña fortaleza de Muey, cerca de Frejus, y como sus cincuenta defensores se resistieron heroicamente, exasperado, haciendo alarde de su valor, se lanzó Garcilaso a la escala, sin coraza ni casco. Una enorme piedra arrojada por los sitiados dio en el foso con el cuerpo del audaz caballero; de allí fue recogido por varios nobles camaradas, entre ellos por el marqués de Lombay, el futuro San Francisco de Borja. El 14 de octubre de 1536, a los dieciocho días de haber sido herido murió en Niza. Enterrado en dicha ciudad, su cuerpo fue trasladado posteriormente a Toledo, y depositado en la iglesia de San Pedro Mártir. Cuando Bécquer visita su tumba escribe: «¡Qué hermoso sueño de oro su vida!... Ser soldado y poeta, manejar la espada y la pluma, ser la acción y la idea, y morir luchando para descansar... en el ángulo de un templo!».

Su obra poética, aunque corta, constituye un todo completo como realización estética, y así ejercerá una influencia como ninguna otra en la poesía española posterior. Consta de cuarenta Sonetos, tres Eglogas, dos Elegías, dos Odas en latín, una Epístola, cinco Canciones y ocho composiciones (Coplas) breves al estilo tradicional. En prosa sólo se conocen tres Cartas, una de ellas sirvió de prólogo a la edición del Cortesano de Castiglione, traducido por su amigo Boscán.

La obra del príncipe de la poesía española, como lo llamó Herrera, al poco tiempo de ser editada, se convirtió en clásica, y hoy como ayer, sigue teniendo un valor modélico de eterna belleza; una obra como ésta, que brotó de la individual conciencia creadora de un hombre, ha tenido la suficiente vitalidad para saltar a través de los siglos sin envejecer y manteniendo viva la pasión humana.

En la poesía de Garcilaso jamás se adivina al caballero entregado al ejercicio de las armas, como si hubiera en él dos personalidades perfectamente definidas y distintas. La poesía garcilasiana, empezó con las angustiadas abstracciones y juegos verbales de los cancioneros y de Ausias March y llegó luego a los paisajes petrarquistas y clásicos, al discurso platónico y horaciano, y a una dulce melancolía pastoril. Nadie le superó en el soneto. Creó la silva. Y llevó el terceto y la canción a una perfección insospechada. Genios como Cervantes, Lope y Gracián le reputaron como el dios máximo del Parnaso español. Y las generaciones siguientes han coincidido en que él, fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Lope de Vega y Góngora son los cinco poetas más admirables que ha tenido la literatura española.

Y como dijo Alberti: «Si Garcilaso volviera, / yo sería su escudero, / qué buen caballero era».









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