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    BIOGRAFÍAS

    IGNACIO ALDECOA

    por Francisco Arias Solís


IGNACIO ALDECOA Este noviembre (2009), en que el otoño tomó cuerpo definitivamente, caliente para algunos, templado para los de siempre, se cumplieron cuarenta años de la muerte de Ignacio Aldecoa, y en esta España conmovida y recelosa, a medias entre el miedo y el tedio, seguramente nadie recordará la suya entre tantas otras, nadie se acordará de un escritor español hoy que las planas de la prensa literaria se abren tan generosamente a los exegetas de autores extranjeros.

Pocas veces, como en el caso de Aldecoa, la vida de un escritor fue tan consecuente con su obra. La muerte de Aldecoa -desatenta e inesperada- significaba la ruptura de un «proyecto» además de la desaparición de uno de los narradores más honestos del país. Aldecoa, tan vitalista, tan lleno de vida, tan ejemplar en su modo de asumir la difícil aventura de «ser» escritor en España, había declarado en 1954: «La literatura es una actitud ante la vida, no un medio de vivir». Su memoria que con el tiempo cobra medida y peso, está claro que no ha menguado desde su muerte, tal como algunos pensaban, tal como otros temíamos. De su obra nadie podrá decir, por tanto, que se halla en trance de ser recuperada porque, nunca perdida, presente cada día, ni los nuevos estilos, ni los nuevos modelos, ni la nueva literatura de consumo le afectaron demasiado en vida, ni mucho menos hoy, al cabo de los años.

Aldecoa es el mejor cuentista que la literatura española ha producido en este siglo. Escribió muchos cuentos, y de los buenos. En los ocho libros que publicó, levantó Aldecoa un mundo riquísimos de observación de la vida española de su tiempo, de solidaridad con los perdedores, con quienes padecen la historia y de desprecio por quienes la ejecutan. En una entrevista Aldecoa señaló que la preocupación por lo social «es la base fundamental de mis obras, pero pretendo también que tengan calidad literaria, hálito poético y expresivo adobo». Y añadía: «Supongo que soy un escritor social, porque tengo preocupaciones de carácter social, y aunque no las tuviera también lo sería, porque toda la literatura es social». El proyecto de Aldecoa, quebrantado y roto por la muerte, se apoyaba básicamente en la realidad española; España como preocupación y experiencia vital informará toda su narrativa desde los primeros poemas y cuentos de universitario bohemio y rebelde en Salamanca, hasta su última novela, Parte de una historia, publicada en 1967.

Ignacio Aldecoa nace en Vitoria el 24 de julio de 1925 y murió en Madrid el 15 de noviembre de 1969. Estudia Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. Siendo vasco de tierra adentro, admiraba de los vascos la vocación marinera. Le hubiera gustado ser viajero incansable con la literatura al hombro, silencioso navegante solitario. «Era febril -nos contaba Carlos Edmundo de Ory- sediento de vida y voluntarioso. Recuerdo, sobre todo su estampa vertical, su garbo... Era alegre, simpático, no dejando ver tristezas».

Años antes de 1950, Ignacio había publicado algunos cuentos en revistas universitarias; después, un cuento de Aldecoa, era una insoslayable realidad literaria de primer orden que, además de contribuir poderosamente a la revalorización del género, le instalaba en una zona de difícil acceso a la improvisación y al efectismo. Porque sus cuentos eran, como entonces empezaba a pedirse, «literatura social» y neorrealismo, por la difícil senda de hacer radicalmente protagonista a criaturas antes adjetivas en la narración: al hombre mismo: La honradez vasca de Aldecoa se ponía de manifiesto tanto en la autenticidad del testimonio, de la verdad contemplada, como en el estilo, a la realidad que se propone desvelar.

Aunque publica dos libros de poesía, Todavía la vida, en 1947, y Libro de las algas, en 1949, su primera novela, El fulgor y la sangre, no aparece hasta 1954 y es ya una obra madura, controlada, sobria, precisa, que se apoya en varios años de dedicación severa a la escritura (poesía, narraciones cortas). Se ha hablado del «clasicismo» de Aldecoa. Se debe ello tal vez a que en Aldecoa domina la objetividad, una sabia distancia entre el narrador y lo narrado y lo que se ha llamado «perfección formal», así como, temáticamente, su atención a vidas y hechos que, por lo general, habían quedado fuera del campo de mira de la novela de posguerra. «Lo que se mueve, sobre todo -decía Aldecoa-, es el convencimiento de que hay un realidad española... que está casi inédita en nuestra novela».

Se inscribe así Aldecoa en una vieja tendencia de la novela moderna que intenta ocuparse de lo que Unamuno llamaba «intrahistoria», cuyos antecedentes más cercanos bien podrían ser algunas narraciones del mismo Unamuno o del Baroja, de, por ejemplo, Vidas sombrías. Así, en El fulgor y la sangre las angustiadas meditaciones de las mujeres de los guardias civiles aparecen, paradójicamente, como parte de un cotidiano vivir al margen de la sociedad, del mismo modo que el duro y peligroso trabajo de la pesca en altura -esencial en la sociedad, pero llevado a cabo por hombres de cuya existencia sólo en el puerto de origen se tiene conciencia- aparece narrado en Gran Sol (1957), desde la perspectiva de la cotidianeidad, de la monotonía del trabajo y del peligro. En este sentido parece aceptable establecer una relación entre Aldecoa y Sánchez Ferlosio en cuanto iniciadores de un nuevo «objetivismo». Parte de una historia, es una ensimismada crónica de la nada, narración del mar sin mar y abrumador viaje al vacío. En esta novela su estilo alcanza la apoteosis.

Aldecoa no pudo sacar adelante la novela Los pozos, con la que se cerraba su trilogía de la España inmóvil, aquella que iniciara con la Guardia Civil, El fulgor y la sangre, y que continuaba con los gitanos de Con el viento solano, que después llevaría al cine su amigo Mario Camus.

La generación de Ignacio Aldecoa es la generación del medio siglo, esa que se está haciendo ese año de 1952, cuando José Manuel Caballero Bonald, un joven poeta jerezano, conoce por Carlos Edmundo de Ory, a Aldecoa, «y lo conocí en esos ejercicios itinerantes de tasca en tasca a los que Ignacio era tan aficionado». «Fuimos una generación -insiste Caballero Bonald- de mucho vivir y de mucho beber».

«El era un vitalista tremendo -contaba Josefina Aldecoa, su mujer-, pero a la vez se destruía conscientemente. El sabía que no podía beber ni fumar, y lo hacía, a pesar de esa úlcera sangrante». Aldecoa vivió, eso sí, dedicado a la literatura todas las horas de su existencia, cuando vivía, cuando bebía y cuando reía. Teniendo muy presente, además, aquella frase de Ortega: «La vida, como la moneda, hay que saber gastarla a tiempo y con gracia».









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