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    BIOGRAFÍAS

    MANUEL AZAÑA

    por Francisco Arias Solís


MANUEL AZAÑA Manuel Azaña es un verdadero clásico del siglo XX, con un dominio de los nervios, de la lengua, de los modales y del estilo a la hora de escribir que servirá de modelo por mucho tiempo. Manuel Azaña es el autor de algunas de las mejores páginas de prosa ensayística de nuestro siglo.

Hombre de períodos vacilantes, de crisis profundas, de temperamento extremoso y sensible, sintió la soledad desde niño, y la sociedad entera no acabó de consolarle. En Azaña se encuentran todos los rasgos de la inteligencia crítica española, en sus cualidades, en sus determinaciones, en sus indecisiones.

Si algo no ha discutido nadie a Azaña, ni siquiera sus enemigos, es su capacidad oratoria, la efectividad y brillantez de sus dotes parlamentarias y el eco extraordinario de sus discursos, tanto dentro como fuera de las Cortes. Poco disienten de la frase lapidaria de Madariaga, para quien Azaña es el «orador parlamentario más insigne que ha conocido España». Su popularidad se debió muy principalmente a la fascinación que su palabra, oída o transcrita, causaba en la muchedumbre de toda condición, desde el humilde campesino a don Ramón María del Valle-Inclán.

Azaña fue un mito demoníaco creado por las derechas españolas, el brazo destructor de sus privilegios. Y sólo en un país de la tradición inquisitorial que tiene España, donde los poseídos del demonio se les salvaba quemándolos en la hoguera, se comprende que las clases privilegiadas hayan perseguido a Azaña con el encono que han venido haciéndolo. Por una ley de compensaciones, el mito demoníaco de los unos se transforma en ídolo para los otros, en un político capaz de movilizar a una inmensa muchedumbre que acudía de todo el país a escucharle.

Tan recatada fue la vida personal de Manuel Azaña, casi siempre al trasluz de su vida política, que cuando habían pasado veinte años de su muerte su cuñado, Cipriano Rivas Cherif, escribió una especie de biografía con este título: Retrato de un desconocido. ¿Cómo? ¿Desconocido don Manuel Azaña Díaz entre los españoles? Pues, sí, enteramente desconocido. Bien sabía él que ese desconocimiento iba a dar pábulo a las innoblezas más inverosímiles que se dijeron cuando era jefe de Gobierno y jefe de la oposición. Claro que lo sabía y no se molestó en desmentir a sus detractores.

Manuel Azaña y Díaz nació en Alcalá de Henares el 10 de enero de 1880. En verano de 1889 se le murió la madre, y el día en que Azaña cumplió los diez años murió su padre. Estudió en el colegio Complutense, instituto Cardenal Cisneros y colegio María Cristina del El Escorial. Licenciado en Derecho por la Universidad de Zaragoza en 1897, recibió el doctorado en 1900. En 1909 ingresó en el cuerpo de Registros y Notariado, y dos años después marchó a París para ampliar estudios. Colaboró en El Imparcial y El Sol y dirigió las revistas La Pluma y España. Fue secretario y presidente del Ateneo. En un principio militó en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez, al que pertenecían los más conocidos de los intelectuales posteriores a la generación de 1898: Ortega y Gasset, Américo Castro, Díez Canedo, Pérez de Ayala, Madariaga, Morente... Asiste a la tertulia de la «Granja del Henar». En 1925 fundó Acción Republicana, que quedó disuelta por la dictadura de Primo de Rivera.

El 27 de febrero de 1929 contrajo matrimonio con Lola Rivas Cherif, la boda se celebró en los Jerónimos. Azaña contribuyó muy activamente al advenimiento de la República, formando parte del comité revolucionario, y, una vez instaurada, ocupó diversos cargos: ministro de la Guerra en el Gobierno provisional, bajo la presidencia de Alcalá Zamora; presidente del Gobierno provisional y presidente constitucional. Dimitió en 1933 y pasó a la oposición; al año siguiente fue encarcelado, acusado de participar en el levantamiento de la Generalidad contra el poder central. En 1934 fundó con Marcelino Domingo y otros el partido de Izquierda Republicana, del que fue máximo dirigente. Al triunfar el Frente popular en 1936 volvió a ocupar la jefatura del Gobierno, y en mayo del mismo año accedió a la presidencia de la República al ser depuesto Alcalá Zamora. Días después de caída Barcelona, cruza la frontera francesa el presidente de la República Española. El 27 de febrero de 1939, precisamente el día del décimo aniversario de su boda, y desde su retiro francés en Collonges-sous Salève (Alta Saboya), el presidente Azaña dimite por carta enviada al presidente de las Cortes. Manuel Azaña muere el 3 de noviembre de 1940, en el hotel «Midí», de Montauban, hotel que pagaba la embajada de México.

Su obra está compuesta, entre otros, por los siguientes títulos: Los motivos de la germanofilia y Reims y Verdu (1917), sobre la primera guerra mundial, La política francesa contemporánea (1919), que forma parte de los estudios dedicados a la primera contienda mundial, Vida de don Juan Valera (1926), por la que recibió el premio Nacional de Literatura, El jardín de los frailes (1927), novela que recuerda sus vivencias colegiales y en la que critica la educación religiosa, La novela de Pepita Jiménez (1928), Valera en Italia (1929), Plumas y palabras (1930), La corona, drama (1930), La invención del Quijote y otros ensayos (1934), Mi rebelión en Barcelona (1935), donde niega su participación en los sucesos de octubre, La velada de Benicarló (1939) y Memorias íntimas (1939). En enero de 1984 se encontraron en la Escuela superior de policía de Madrid una parte de los archivos personales, que habían sido incautados en 1940 en París por las tropas de Hitler y enviados a Franco, sin que hasta esa fecha se conociera su paradero.

Azaña dejó una obra considerable de análisis político de la realidad y de su gestión en el poder, con acotaciones históricas de valioso enfoque. Podemos resumir los dos valores esencialmente actuales de los ensayos de Azaña: dando por supuesto el literario, el otro es, sin duda, el de haber realizado una exposición sin precedentes de los principios de la vida democrática y de su aplicación necesaria en la sociedad española.

Azaña defendió siempre la tradición liberal de la libertad de conciencia y la respetuosa separación de la Iglesia y el Estado como principio y hasta como premisa constitucional. El nacionalismo de Azaña proviene de su identificación con la historia de España, con la historia de los españoles ilustres y especialmente, con los ilustres perseguidos por defender las libertades.

Sobre la tumba de Montauban, en el que al pie de una cruz se ha escrito el nombre de Manuel Azaña y los años que van de 1880 a 1940, que fueron los años de su vida, sería bueno escribir también, a modo de lección, unas sencillas palabras tomadas del discurso que pronunció en Barcelona el día 18 de julio de 1938: «...Y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón».










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