• V. Mira

    BIOGRAFÍAS

    JOSÉ CADALSO

    por Vicente Mira Gutiérrez


José Cadalso El venturoso día en que la «inexpugnable» plaza de Gibraltar regrese a la Corona de España, habrá que levantar un monumento a sus pies -o tal vez un Panteón de sitiadores ilustres- para recordar en él a todos los que -ignorados y conocidos- murieron luchando por su justa recuperación. A todos ellos debe la Nación española la ofrenda -en letras de oro- del reconocimiento por su entrega a una causa justa, teñida, casi siempre, con la sangre de la heroicidad y el sacrificio de la propia vida.

1779 marcará siempre un hito en la Historia de este siempre redoblado afán español por traer al hijo que un día, por fuerzas extrañas, fue arrancado de la casa del padre para ponerlo bajo un extraño pabellón: 1779 será el año primero del último intento armado de la Nación española para que en la Roca de Calpe ondee con todo derecho la bandera de España. Frente a sus escarpadas laderas, marinos y artilleros, poetas y estrategas, pondrán, a lo largo del siglo XVIII, inteligencia, errores, ardor e ideales al servicio de una causa que, como una herida, se hendía en el costado sur de la piel de toro desde aquel 4 de agosto de 1704, en el que una poderosa escuadra inglesa desalojaba del modesto territorio a un puñado de desarmados andaluces.

Desde entonces, los intentos de expulsión del invasor del norte ponían de manifiesto cómo el perdido Peñón no había caído en el olvido, sino que seguía presente en el ánimo de los monarcas españoles desde aquél que lo había perdido en dos ocasiones: la una, por las armas de quienes apoyaban al Archiduque Carlos, su opositor al trono de España; la segunda, en las páginas de un Tratado, el de Utrech, lleno de servidumbres políticas y comerciales para la Nación europea que ejercía su poder colonial en los vastos territorios del Ultramar americano. Ahí están para dar testimonio de ello, los asedios de octubre de 1704 a mayo de 1705; el de 1727 y el último, iniciado en 1779 y que finalizaría en 1783, siempre bajo el reinado de Carlos III.

Ahora, con el resurgir de una nueva España, era necesario -obligado- preparar el Gran asedio, formar la más poderosa combinación de tropas y de naves, dispuesta a una reconquista que liberara al orgullo español de la humillante pérdida de una parte de su solar patrio. El poderoso bloqueo, entrañaba, pues, la gran esperanza de conseguir lo que por la diplomacia España era incapaz.

No seria fácil, como es sabido, la consecución del sueño de la Corona, secundada con entusiasmo por la milicia y el pueblo, pues los sitiadores tendrían que ver ante sus propios ojos cómo la flota del almirante Rodney entraba en la plaza fuerte el 22 de enero de 1780, llevando consigo parte de la escuadra española del vicealmirante Lángara, derrotada días atrás bajo un fuerte temporal, y cómo el 11 de abril de 1781 el almirante Derby llegaba hasta el puerto gibraltareño con 28 naves de guerra y 96 mercantes en apoyo de los sitiados, facilitándoles armas, granadas y coraje... Pese a tanta adversidad, las tropas españolas no cejaron en el intento, continuando el sitio con redoblado ardor para hacer suyo aquel inmenso Peñón que tenían a tiro de ballesta, considerado por todos como una mancha en la soberanía de España que había de lavarse como fuera.

El asedio duró hasta finales de 1783. Era el último asedio del siglo y el último de la Historia de la usurpación inglesa de Gibraltar. Es el último asedio el que ahora protagonizan soldados relevantes, soldados anónimos, muchos de ellos muertos como antorchas vivientes... Muchos no llegarán a ver el desastre final, cuando las lanchas cañoneras ideadas por Barceló tengan que cesar su fuego en el momento cumbre de la efectividad del bombardeo español por destitución de aquél, su Comandante en jefe, y a las famosas baterías flotantes del hidráulico D`Arçon, insumergibles e incombustibles, incendiadas por las «balas rojas» de los sitiados. 20.000 españoles perderán, una vez más, la gran ocasión de recuperar el Peñón para España.

Entre los combatientes españoles por la reconquista del Peñón dc Gibraltar, un gaditano, el Coronel Don José Cadalso, Comandante de escuadrón del «Regimiento de Caballería de Borbón»; caballero del hábito de Santiago, amigo de Nicolás Hernández de Moratín, de Iriarte, de Meléndez Valdés, de Gaspar Melchor de Jovellanos, formado en Cádiz, en Europa, en el Seminario de Nobles de Madrid y en la milicia..., viviendo y saboreando el espíritu de la Ilustración, de una ilustración vivida como poeta y como escritor.

El Coronel Cadalso, que ha luchado contra los vicios de la sociedad en que vive con el ingenio y la pluma, ahora lucha frente a Gibraltar, como Comandante de una de las baterías más avanzadas. Todo en él ha sido equilibrado, moderado, menos en el valor, que es manifiestamente impetuoso. No ha sido un revolucionario, pero si ha pretendido ser, al menos, un reformador para reformar a España, impregnándola de un nuevo espíritu, más europeo, más «liberal». No tuvo pelos en la lengua. «Jamás con versos inhumanos / héroes he de llamar a los tiranos».

Cadalso morirá la noche del 27 de febrero de 1782, no sin antes haberse burlado («Los eruditos a la violeta») de los falsos sabios que, fingidores de ciencia y cultura, han ido, a lo largo del siglo, apareciendo como una plaga en la Corte para desparramarse por tertulias o saraos de la geografía española, ocultando al auténtico, tímido y laborioso sabio. Ante el sabio verdadero, el engreído «violeto», frente a una caterva de desaprensivos, el militar-poeta nacido en Cádiz, que ha sabido encontrar en Europa otros horizontes, donde el hombre de ciencia tiene en las Academias su refugio y no en los salones.

En sus «Cartas marruecas» se definirá como «un hombre de bien que ha dado a luz un papel (.) sobre el asunto más delicado que hay en el mundo, que es la crítica de la nación», porque nada de la España de su tiempo le es ajeno, nada escapa a su crítica, y para ello atacará tanto al exceso libertino de las costumbres como la parálisis social que inmoviliza a la Nación.

El Coronel José Cadalso morirá luchando por liberar de extraños a un pequeño y agreste rincón español, usurpado ha tres cuartos de siglo por almirantes de la siempre hostil Inglaterra, acaso, recordando en los momentos previos al impacto que el primer día del mes de enero de 1502, el padre del gran poeta Garcilaso de la Vega había tomado posesión de la gran peña para Los Reyes Católicos; rememorando, tal vez, la belleza y los besos de la actriz María Ignacia Ibáñez (Filis, la de los ojos negros y el cabello como el oro) que había representado comedias de Moratín en ese Cádiz divertido y americano que es, como el bien sabe, ciudad abierta no sólo al comercio sino al buen gusto. No por otra razón se fundaría en la ciudad, en 1789, la «Real Academia de Bellas Artes» y, precisamente, en un edificio señero, desde el que vigías diurnos y nocturnos avizoran el Océano esperando flotas y azogues: la Torre de Tavira.

Al Coronel Cadalso habría que aplicársele las mismas palabras que él dio al Ben-Beley de sus «Cartas Marruecas»: «Su muerte fue como el ocaso del sol, que es glorioso y resplandeciente y deja siempre luz a los astros que quedan en su ausencia». El gaditano José Cadalso dejaba en el sitio de Gibraltar el ejemplo de una vida al servicio de las Armas (noble caballero) y de las Letras (sentía lo que escribía): ambas, distintas e independientes; ambas, en defensa de la Nación, de su integridad física y de su integridad ética.











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