• Alfonso Estudillo Calderón

    CIENCIA - CURIOSIDADES

    LOS MUERTOS DE LOS ROMANOS

    por Alfonso Estudillo Calderón


Los pueblos indoeuropeos creían que el fantasma del muerto continuaba viviendo en la tumba donde yacía el cadáver. Por esto enterraban con él alimentos, armas y joyas y, a veces, sacrificaban sobre ellas a su mujer y a sus esclavas. 

Pero estas ofrendas no eran siempre suficientes. Los muertos eran espíritus celosos y maléficos y volvían a la luz para robar alimentos o beber la sangre humana que debía reanimar su lánguida existencia. Para rechazarlos y apaciguarlos, los romanos celebraban las Lemuria los días 9, 11 y 13 de mayo.

Los lemures eran los espíritus de los muertos, los aparecidos. A media noche, el jefe de la familia se levantaba y con los pies descalzos recorría los pasillos de la casa haciendo chasquear los dedos para espantar a los espíritus, arrojando hacia atrás, sin volver la cabeza, habas negras y repitiendo nueve veces seguidas: "Con estas habas me rescato y rescato a los míos. Finalmente, después de una lustración con agua sagrada, golpeaba una placa de bronce, repitiendo otras nueve veces: "Espíritus de mis antepasados, ¡fuera de aquí!"

A medida que la civilización progresó los romanos se habituaron a considerar a los difuntos como miembros de la familia que vivían en una especie de ciudad de los muertos. Hubo entonces deberes que cumplir para con ellos: ofertas de miel, leche y aceite, guirnaldas y rosas, y celebración de una comida, a la cual invitaban al muerto, pedían su bendición y se despedían de él con estas palabras dirigidas al alma desde entonces bienaventurada: Salve, sancte parens ("Salud, oh, padre santo").

Esta comida fúnebre era conocida como Novembiale. El 22 de febrero toda la familia se reunía de nuevo en la casa para un convite común (fiesta de las Parentalias).

Los muertos divinizados, con una denominación aduladora, los manes (que significa "los buenos"), además de dioses protectores de la familia, eran protectores de los sepulcros, de donde viene la fórmula Dis Manibus (Dioses Manes), que se escribe con las siglas D.M. en los epitafios.

Todas esas ceremonias sentimentales reseñadas deben ser consideradas como una excepción en la vida de los romanos. Práctico, positivo y formalista, el romano mantuvo una actitud de respeto, pietas. El dios, a su vez, estaba obligado a pagarles en la misma moneda. Violar el contrato hubiese sido impietas; ir más allá de lo obligado, una exageración, superstitio.

Lo que llamamos devoción estaba fuera del pensamiento romano y el entusiasmo místico les hubiera chocado. Por esto no favorecía la piedad individual. Apenas si Catón permitía a los esclavos de la granja celebrar una sola fiesta al año. El pater familiae (cabeza de familia) ejercía el oficio de Sacerdote de su casa y sacrificaba en nombre de todos.

Paralelamente, el culto público se concentró en manos de funcionarios y magistrados, de manera que no existía una casta sacerdotal poderosa.

Vivir en paz con los dioses (pax deun), estar en buenas relaciones con ellos, era su constante anhelo, y cuando el fiel había cumplido su voto, usaba esta fórmula: "He cumplido mi voto con el derecho y buena voluntad que convenía."







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