• Alfonso Estudillo Calderón

    RELIGIÓN

    LAS FIESTAS LATINAS

    por Alfonso Estudillo Calderón


Las fiestas de los romanos se pueden clasificar en tres grupos: agrícolas, domésticas y las dedicadas a los muertos.

El día 1 de abril se celebraba la fiesta de las Fordicia, en honor de Tellus, la diosa de los campos sembrados. Se inmolaban vacas a fin de obtener el crecimiento del trigo oculto aún en el seno de la tierra.

El 19 se conmemoraba una fiesta semejante, las Ceralia, en honor de Ceres, la diosa de la fuerza productora, más tarde asimilada a Demeter. El día 21 tenía lugar la fiesta de las Palaria, dedicada a Palés. En este día se adornaban los cerdos con guirnaldas y el pastor, al frente de su rebaño, ofrecía a la diosa leche y pastelillos de mijo, luego imploraba el perdón de sus faltas inconscientes, tal vez, sin saberlo, había pisado una tierra sagrada, enturbiado fuentes o empleado para usos profanos las ramas de algún árbol dedicado a los dioses. Pedía, después, la prosperidad de su granja para el año siguiente, repitiendo hasta cuatro veces la misma plegaria de cara al Este, lavábase las manos con el rocío puro, bebía la ofrenda de leche y vino, saltaba la hoguera y hacia que su rebaño la atravesase también.

El día 23 de abril llegaban las Vimalia, cuyo objeto era asegurar el éxito de las vendimias de otoño. La fiesta se repetía en agosto, al madurar las uvas. El 23 de abril se celebraban las Floralia, o fiesta de flores, y era una jornada de desenfreno popular. En el mes de mayo tenía lugar la fiesta de las Ambarvalia, con una procesión alrededor de los campos, repetida durante tres días consecutivos. Entre las demás fiestas agrícolas interesantes sólo mencionaremos las Saturnalia, celebradas en honor de Saturno, dios de las sementeras, el 17 de diciembre. Esta era la gran fiesta popular. En ella los esclavos gozaban de una libertad absoluta, se paralizaban los negocios y se hacían mutuos regalos.

La vida doméstica revistió entre los romanos extrema importancia y las fiestas que a ella deben su origen son antiquísimas. Con Jano, dios de las puertas, y Vesta, diosa del hogar, eran honrados los penates y los lares, genios de la casa y de los campos, uno de los cuales, el lar familiaria, recibía un culto especial en nacimientos, matrimonios, defunciones y hasta el día en que el infante articulaba su primera palabra. Como la casa, cada barrio tuvo también sus genios protectores, que eran honrados con la fiesta de la Compitalia (fiesta de las encrucijadas), en diciembre o enero. Finalmente, el Estado acabó por tener también sus lares, cuya fiesta se celebraba el día 1º de mayo.

Con el tiempo, aquella religión que los romanos llamaban "religión de Numa", del nombre del rey al cual la leyenda atribuye la primera legislación religiosa, empezó a transformarse y, bajo la República, degeneró a causa de la infiltración de ideas, leyendas y costumbres griegas en el ambiente romano.

Al fin de la República y comienzos del Imperio, era ya un tópico lamentarse de la religión. Los templos se caían de puro descuido, las fiestas se habían abandonado y las cofradías religiosas carecían de vida. Poetas como Horacio y Propercio nos dicen que las telarañas cubrían los altares y que las imágenes sagradas estaban ennegrecidas por el polvo. A partir de las primeras guerras púnicas, la seriedad con que se escuchaba a los augures disminuyó muchísimo. Así, Marcelo corrió las cortinillas de su litera por no ponerse en peligro de presenciar algún presagio desagradable, y Flamino hizo caso omiso de auspicios en presencia de Aníbal.

El escepticismo fue ganando el pensamiento de Roma. Incluso Cicerón, como hombre privado, habló pocas veces de los dioses, se mostró vacilante en cuanto a la inmortalidad del alma y dejó a Terencio el cuidado de sacrificar a Esculapio cuando había sido curado de alguna enfermedad.

La influencia griega fue un corrosivo sensualista que desorientó el sentido práctico de Roma. Hubo, sin embargo, un culto que se mantuvo vivo: el de los muertos. Construidas al borde de las vías romanas, las tumbas recordaban a los transeúntes los misterios del destino del hombre y, para poder adornarías, se legaban por testamento jardines donde cultivar rosas y violetas. Los epitafios indicaban a veces la incredulidad, como éste: «Antes existía, ahora ya no existo", o el cinismo, como el siguiente: «Come, bebe, diviértete mucho...». Generalmente se expresaba en ellos el deseo de que el muerto gozara de buena salud o bien que la tierra le fuese ligera. Otras veces se invitaba a los muertos en términos patéticos a que se aparecieran a los vivientes durante sus sueños nocturnos.

Gracias a ese culto a los muertos, el espíritu religioso se perpetuó, transmitiéndose a una edad nueva.







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