Plumas selectas
  • POESÍA 1



  • POEMAS DE ESPAÑA Y FRANCIA
    (del libro "Mansión Artaud")



    REPRESENTACIÓN  DEL ÚLTIMO E INNOMINADO

    Ha dicho:
    -Hijo, un animal demasiado
    solitario se come a sí mismo.
    Sara Gallardo, Eisejuaz
    A Antonia Lloret Hernández
    Sigue al que camina tras la herida.
    Observa al que camina con las manos oscuras.
    Sobre su propia boca un corazón
    nacido para ser destrozado con jirones de escarcha,
    pronunciado ante el lince de la misericordia,
    dice el amor.
    ¿No era espléndido el castigo en ese incendio?
    Horus de los dos horizontes,
    Har-em-akhet al borde de un precipicio,
    Señor de la roja Athribis,
    Har-hekenu con tu enigma rojo
    en cuevas de la araña,
    Resplandeciente sin orillas,
    Reminiscencia del sol ciego,
    Sumergido entre las plumas de Orión,
    Envuelto en la piel quieta de Su Rostro,
    bienvenido a esta tierra.
    El cráneo de tu hambre
    diviniza la mansión que fulgura.
     
     
    ALBAYCÍN EN BLANCO Y OCRE

    No hay cosa oculta en los cielos y en
    la tierra que no esté inscrita en el libro
    de la evidencia.
    Corán, Sura XXVII, 77
    A Daniel Rodríguez Moya



    Abismos sin vigías que el mar me devuelve.
    Es la cara desierta del ahogo.
    ¿Por qué no abrirme hasta el sueño,
    antiguo en mitades herido
    y en mitades recobrado?
    En estos pobres reflejos
    sube la amargura como un talismán
    que otros han perdido para siempre.
    Acaso la agonía tampoco nos salve
    de las sombras y el diluvio.
    Estas calles me arrastran,
    descalza brisa para el sacrificio.
    Estas calles te engendran y me usurpan.
    Los rituales son memorias sin flores.
    Blandamente,
    ¿hay un jardín debajo de la infamia?
    ¿Pero qué fuego nombrarás
    debajo de estas piedras?
    ¿Y qué río de arañas
    lamen con pena esta cueva insensata?
    Bebo sangre de mis encías
    de trébol labrado por la desaparición.
    Sumerjo el rayo de tu historia
    con el castigo de otra voz
    en la voz de los muertos.
    Despiadada esta ley, este hervidero
    de amor en la intemperie.
    Entonces roen mi señal de nacimiento,
    alumbran las tijeras del luto más alto
    cuando te deshabitas.
    Golpearás contra los trozos que te quedan,
    contra las ranuras de obediencia,
    contra las leves sustancias
    de tu cuerpo en el plato feroz.
    ¡Incrustarás el latido!
    Las jaurías se unen
    pero vuelves aquí, mutilado,
    llorando mi tristeza
    en un rincón de Granada.
     
     
    ZAHORÍ

    A Horacio Rébora

    Te desgarran, sol rojo, hasta el hartazgo.
    El águila le comía las vísceras.
    ¿En qué estambres fijas el vértigo baldío
    como una leyenda, como un doble panal,
    apenas como viento? 
    Arrópame al destejerme.
    Huesos para saltar la luz
    surgiendo entre las tumbas.
    ¿De acuerdo, entonces, con la herida
    que corta la palabra?
    Cuerpo encendido en el temblor.
    ¿Adónde tu transparencia?
    Plantaciones y catacumbas guardianas.
    Sucede desde el principio.
     
     
    CÁFILAS

    Son alfileres en duelo,
    embarcaderos hacia la posesión
    de un blando imperio de humo.
     
     
    VIGILIA DE LOS ESTIGMAS

    Pájaro de ceniza que sobrevuela
    donde es máscara
    la pérdida del cuerpo.
    ¿De qué intercesoras
    ocultarías esa luz, la tigra
    de la sed persistiendo en aquelarres?
    Altas hierbas
    formarían un ataúd con la máscara.
    En las esferas de la nada
    no hubo nunca un lugar para el naúfrago.
    Zurces  basurales con tu sombra.
    Subes y subes hasta entrar.







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