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   ARÉVACOS - Nº 3   
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EL EMPECINADO EN TIERRAS DE EL BURGO

por Federico Hardman

Quedándose en Hontoria del Pinar, le hubiese sido, en efecto, muy fácil el seguir oculto, porque cada aldeano le informaba constantemente de los menores pasos del enemigo. Mas recordó que en el Burgo de Osma vivía un canónigo paisano suyo, y con él una sobrina muy guapa, con la que, en otro tiempo, el guerrillero había tenido relaciones. Y una tarde el Empecinado tuvo la absurda idea de hacer una visita a la damisela y a su tío. El Burgo de Osma no tenía guarnición francesa fija, pero la comarca estaba hasta tal punto recorrida por las tropas enemigas, que raro era el día en que un piquete o una patrulla no pasaba y se detenía en la ciudad. Además, el corregidor y otras autoridades de el Burgo eran afrancesados y habían recibido órdenes terminantes de cazar al Empecinado, fuese como fuese, en cuanto le echasen la vista encima, y de entregarle, vivo o muerto, al enemigo. El riesgo era, pues, muy grande. Pero Juan Martín no temía a nada, y apenas pensó en el viaje, cuando ya había montado a caballo, y dejando a sus cinco hombres en Hontoria, se lanzó a la peligrosa expedición.

 

Juan Martín, El Empecinado

 

Una hora después de puesto el sol, un jinete bien montado y armado. vestido de campesino y con aspecto de contrabandista, entraba en la vieja ciudad del Burgo de Osma. Al pasar bajo un arco antiguo que constituye una de las entradas del recinto, un hombre que estaba en la oscuridad. apoyado contra la pared, le pidió limosna.

-¡Una limosna, señor, por el amor de Dios!

El caballero arrojó algunas monedas al mendigo, y al hacerlo volvió hacia él el rostro.

-¡Virgen Santa, el Empecinado! -exclamó el pordiosero, incorporándose y avanzando hacia el guerrillero, el cual, a su vez, reconoció a un medio paralítico que durante varios años había pedido a la puerta de la iglesia de Castrillo. Le llamaban Nicolás el Coco, y por sospechas de algunos hurtos. tuvo que dejar el pueblo, y andaba ahora de un lado a otro, viviendo como podía de la limosna. Al Empecinado no le hizo gracia el encuentro, pero, sin darle tampoco gran importancia, puso una moneda de oro en la mano del mendigo, y le dijo:

-¡Ni una palabra a nadie de que he venido Nicolás! Y ya sabes que cuando la limosna escasee y el hambre apriete, en el campamento del Empecinado no te faltará nunca un trago y un plato de sopa.

El mendigo vio alejarse al guerrillero, murmurando:

-¡El mismo de siempre! ¡Siempre la mano abierta y una palabra amable para los pobres! ¡Cuántos reales me ha dado cuando sólo era conocido como el mejor viñador y el leñador más forzudo de la provincia de Valladolid! Pero ahora han cambiado los tiempos y, según dicen, debe de tener tantos doblones como cuartos tenía antes. Bien puede ser, con tanto como ha cogido a los franceses; carros llenos de tesoros, vestidos magníficos, caballos de lo mejor y buena armas. ¡Pobre de mí! Si mi mísero cuerpo no tuviese que arrastrarse así, también yo podía haber participado del botín y de la guerra, en lugar de cifrar mis ambiciones en unos cuantos harapos, en una corteza dura y en un hueso sin carne. Pero ¿quién sabe? -continuó en un tono alterado como si otro pensamiento hubiese cruzado por su frente-. No, no..., sería una traición... cuando el dinero que me ha dado tiene aún el calor de su mano...

Y murmurando palabras entrecortadas, se alejó levemente cojeando, por la calle.

Varías personas que aquella noche tuvieron que visitar al corregidor del Burgo de Osma, observaron, junto a la puerta dc su casa, un bulto que, a primera vista, parecía una masa informe de harapos. Los que se fijaron más, reconocieron a Nicolás el Coco, y algunos le arrojaron una moneda y le aconsejaron un sitio mas confortable para dormir. Pero los consejos no eran oídos y las monedas caían al suelo casi inadvertidas por el mendigo. Al fin, cuando los relojes de la ciudad daban las once, Nicolás se alzó, y dirigiéndose tan rápidamente como sus piernas deformes se lo permitían a la puerta del corregidor, llamó con golpes apresurados y enérgicos. Daba la impresión de un hombre que se obligaba él mismo a ejecutar un acto que le repugnaba y que temía dilatarlo por miedo a arrepentirse. Un criado abrió la mirilla de la puerta y, sin querer, dio un paso atrás al encontrarse a dos pulgadas de distancia la cara odiosa y los ojillos enrojecidos del paralítico. Repuesto del primer susto, habló con Nicolás, y al fin le franqueó la entrada.

 

Puerta de El Cubo

Entretanto el Empecinado había sido alegremente recibido en la casa del canónigo y de su hermosa sobrina, aunque naturalmente, le reprocharon con energía su imprudencia de venir a meterse voluntariamente en la boca del lobo. Pero Juan Martín se burló de sus miedos que acabaron por disiparse ante la confianza y la alegría del guerrillero, el cual les expuso su propósito de permanecer con ellos hasta el día siguiente y salir como había entrado en la ciudad, a favor de las primeras sombras de la noche.

Pocodespués, debido, sin duda al minucioso cuidado con que el hospitalario canónigo había hecho preparar la cama de su huésped -algo distinta a los lechos fementidos a que estaba últimamente acostumbrado-, dormía éste como un leño. Tanto que un hombre como él, que en campaña o sobre el colchón de una posada se despertaba con el tintineo de una espuela o el chasquido de un gatillo, no oyó los recios aldabonazos que una hora después de la medianoche sonaban en la puerta de la casa. El canónigo, más vigilante que su huésped, corrió a una ventana y vio un grupo estacionado ante la puerta, y aunque la oscuridad le impedía distinguir quiénes eran, sospechó algún peligro para Juan Martín, y en paños menores corrió a avisarle. Desgraciadamente, un criado que todavía estaba levantado, al oír que llamaban acudió a la puerta y preguntó quién era.

-¡Gente de paz! -respondieron del otro lado. Y habiendo reconocido la voz del corregidor abrió inmediatamente las trancas y cerrojos y dio entrada al funcionario seguido de otros dos magistrados de menor categoría y de unos veinte alguaciles armados. Dejaron centinelas en la puerta y subieron los demás tan rápidamente que cuando el dueño de la casa, cuya agilidad estaba muy mermada, entraba en el pasillo que conducía al cuarto del Empecinado, se encontró cara a cara con el corregidor

-Busca usted sin duda el mismo cuarto que nosotros, señor canonigo, aunque con un fin muy diferente -dijo el magistrado con una sonrisa irónica, fijando los ojos en la fisonomía turbada y el escaso ropaje del infortunado clérigo.

Y luego, ya seriamente, añadió:

-Nos trae un asunto muy grave, señor mío. Usted ha osado encubrir a un salteador cuya cabeza está en precio. Haga el favor de guiarnos a donde esté el malhechor Juan Martín Díez.

Y empujando al infeliz canónigo ante ellos, la partida avanzó por el corredor y se detuvo ante la puerta de la habitación del guerrillero. El corregidor hizo una seña para que sus acompañantes callasen y penetraron en una vasta estancia, al fondo de la cual, en una pequeña alcoba, dormía Juan Martín, con el sable y las pistolas sobre una silla, junto a la cama. Las armas fueron inmediatamente capturadas por un alguacil; pero aun así, era tan grande la fama de forzudo y valiente que tenía el Empecinado, que, rodeado de veinte hombres armados, la mano del corregidor temblaba al tocar en el hombro del durmiente. Bastó el contacto para que se despertase y de un salto se sentase en la cama frente a frente del corregidor, que le gritó:

-En el nombre del rey, Juan Martínez Díez, date prisionero.

-¿En el nombre de qué rey? -contestó el Empecinado, que había comprendido que toda resistencia era inútil y que había llegado el día del triunfo para sus enemigos-. ¿En el nombre de qué rey? Porque yo no conozco ahora ningún rey en nuestra patria.

-En el nombre del rey Fernando VII -replicó el corregidor.

-¡ Vil afrancesado! -exclamó entonces Díez, con los ojos flameando y con una expresión tan terrible en el rostro, que el corregidor se echó atrás, refugiándose en la escolta. Y añadió: -No agregues la hipocresía a la traición, y di de una vez que es por orden de los franceses por quien cometes esta bajeza, indigna de un verdadero español.

Mientras todo esto ocurría en la casa del canónigo, gran número de personas se habían ido reuniendo a la puerta, a pesar de lo avanzado de la hora, atraídas por el rumor de que estaba verificándose un arresto importante. Los grupos estaban formados principalmente por artesanos y labradores, gentes que, casi sin excepción, odiaban a los franceses, a diferencia de muchos individuos de las clases altas, que, o por amor a su propia seguridad, o por ser más ventajosos a sus intereses, se habían colocado de parte de los invasores. Entre los grupos estaba Nicolás el Coco. Después de informar al corregidor de que el Empecinado estaba en la ciudad, le había acometido el temor de que el premio ofrecido pudiera escapar de sus manos a otras más poderosas; y no carecían de fundamento sus recelos, teniendo en cuenta el estado de desorganización de las cosas de España y la corrupción de las nuevas autoridades afrancesadas. El corregidor había preguntado dónde se había alojado el guerrillero, y el mendigo no había sabido contestarle. Pero el magistrado sospechó en seguida del canónigo, que era conocido en la ciudad como amigo y partidario del Empecinado, y a su casa, como hemos visto, dirigió al punto sus pasos. El mendigo, temblando de que se le escapase el precio de su canallada, se había pegado a los faldones del corregidor; pero al llegar a la casa del canónigo, su avaricia no había sido lo bastante grande para empujarle hasta ponerse frente a frente del hombre que acababa de traicionar; así que se quedó en la calle, esperando que se efectuase la captura.

-¿Qué sucede? -dijo un hombre robusto, con aspecto de carnicero, medio adormilado todavía, abriéndose camino entre la multitud-. ¿Qué pasa para que nos saquen a todos de la cama y para que el corregidor y el alcalde ronden por la ciudad a estas horas?

-Tanto sabes tú como nosotros, Esteban -contestó uno de los presentes-. Parece que van a detener a alguien, pero no sabemos quién es.

-¿A alguien? -replicó otro-. Mas bien parece que alguna docena de personas. Porque han entrado en la casa cerca de treinta alguaciles armados hasta los dientes. Algo extraordinario debe de ser cuando se despliega tanta fuerza.

-Quizá -añadió Esteban- se piense. más que en la captura de la presa en guardarla después, porque el corregidor sabe muy bien que no puede ser agradable a los verdaderos españoles el ver cómo encarcela a sus compatriotas. ¡Por la Santísima Trinidad. somos un pueblo degenerado y cobarde cuando consentimos tales cosas!

-¡Calla, hombre! -le dijo en voz baja uno de los que estaban a su lado-. Es peligroso hablar así. Pero allí veo a Núñez. el alguacil, y voy a preguntarle qué ocurre.

Y aproximándose a la puerta, habló brevemente con uno de los hombres que habían quedado guardándola. Pronto volvía junto a Esteban con la noticia.

-No sabe a quién van a detener, pero dice que Nicolás es el que ha hecho la denuncia.

-¡Nicolás -exclamó el carnicero- ha sido el soplón! ¡Que no vueva a ponerse a tiro! Esta misma mañana le he dado limosna y un plato de huevos, pero por el rabo del cerdo de San Antonio, que si vuelve a aparecer por mi puerta le voy a dar la bienvenida con un garrote.

-¿Dónde está ese perro? -gritó otro-. Hace un momento que le he visto como un pájaro de mal agüero entre la gente.

Pero en aquel momento se abría la puerta del edificio y salían las autoridades, precediendo al Empecinado, atado codo con codo, pero conservando su habitual continente autoritario y su severo aspecto, inalterable, entre las bayonetas de sus guardianes.

-¡El Empecinado! -exclamó Esteban, que conocía personalmente al guerrillero.

Un murmullo de dolor corrió por la multitud al saberse el nombre del detenido, y el corregidor, temiendo por su presa, aceleró el paso y ordenó hacerlo a la escolta. Y, realmente, sus hombres hubieran sido insuficientes para evitar el rescate del prisionero si no hubiera detenido a la multitud la consideración de que a poca distancia dc Burgo de Osma había gran cantidad de tropas francesas.

-¡El Empecinado! -repetía Esteban, estupefacto.

Pero de pronto dio un rugido y saltó al medio de la calle, derrumbando a dos o tres de los curiosos, a tiempo que sus manos caían como garras sobre el cuello de un hombre que procuraba esconderse y seguir de cerca al corregidor y sus golillas.

-¡Socorro! ¡Asesino! -gritó el individuo, tanto como se lo permitía la tenaza que le apretaba el gañote-. ¡Socorro, señor corregidor!

-¡Calla, traidor! -vociferó el carnicero, arrojando a su presa contra el suelo.

Dos o tres linternas se aproximaron y su luz iluminó la cara del mendigo, pálida e inundada de mortal terror.

-¡Has hecho traición al Empecinado, canalla! -le dijo Esteban, poniendo su pie forzudo sobre el pecho miserable.

-¡No, señor, es falso! -gritó el caído-. ¡Es falso! ¡Yo no sabía que había venido!

-¡Has hecho traición al Empecinado! -repetía el carnicero, con el mismo tono, apretando cada vez más el pecho de su víctima.

-¡Piedad. señor! -murmuró el infeliz Nicolás- ¡Yo no he traicionado, yo no sabía que estaba aquí!

El carnicero frunció las cejas y se apoyó con todo su peso sobre el pie que oprimía al mendigo.

-¡Embustero! -rugió. Y repitió por tercera vez- ¡Has hecho traición al Empecinado!

La sangre asomaba por la boca del traidor.

-¡Perdón, perdón! -musitó aún, con la voz ya entrecortada y extinta-. ¡ Es verdad, es verdad!

-¿Quién tiene una cuerda? -gritó Esteban.

En un instante había dos o tres en sus manos.

Y lo primero que vieron los ojos del corregidor al día siguiente fue el cadáver de Nicolás que pendía, ahorcado, en un árbol frente a su balcón. En su pecho había un papel clavado, todo sucio de la sangre que había corrido por la boca del muerto; pero no tanto que el magistrado no pudiera leer las siguientes palabras escritas en él:

¡Venganza contra los que han vendido al Empecinado! Este es el número uno.

El corregidor no pudo por menos de estremecerse y se retiró del balcón, pensando en quién sería "el número dos".


Esta atrevida y bien significativa demostración, cuyos autores no pudieron ser descubiertos (y ello demostraba la fidelidad con que todo el pueblo se hacía cómplice del secreto) alarmó a las autoridades y avisaron inmediatamente a los franceses, que en número de trescientos infantes se alojaban en San Esteban de Gormaz, para que enviasen refuerzos con que guardar mejor a un prisionero de tanta categoría. Estas tropas marcharon enseguida sobre el Burgo; pero, además, a la noticia de la captura del Empecinado llovieron de todas partes destacamentos de infantería y caballería, reuniéndose en seguida en la ciudad cerca de tres mil hombres, al mando de un brigadier. Como el guerrillero había sido detenido por las autoridades españolas, debía ser juzgado por un tribunal civil, en lugar de serlo del modo rapidísimo -diez minutos de sumaria y una docena de balas- que le habrían aguardado si le hubiesen capturado los franceses.

Casas canongiles

 

Así, pues, el corregidor fue encargado de recoger las pruebas de los robos y saqueos de que se acusaba a Juan Martín, porque los franceses aceptaban considerarle como un simple bandido y salteador de caminos, y no pensaban acordarle los privilegios de los prisioneros de guerra.

El guerrillero había sido encerrado en un calabozo pequeño, con el suelo de piedra, húmedo y frío; el menos confortable que pudo encontrar el alcaide, deseoso de complacer a los franceses. Ninguna ventana ni hueco se abría al exterior de la prisión, que sólo recibía el aire y una claridad crepuscular por una estrecha abertura que daba al corredor de la cárcel. No había mueble alguno; sólo un montón de paja en un rincón servía de lecho al prisionero. Le habían dejado libres las manos; pero sus movimientos estaban absolutamente limitados, aun dentro de lo que la estrechez de su celda se lo hubiese permitido, por unos grillos de hierro, que le sujetaban los pies de tal suerte que para atravesar la breve prisión tenía que andar a pequeños saltos, y esto a costa de magullarse y herirse los tobillos con los pesados hierros.

Una de las mañanas que siguieron a su encarcelamiento, estaba el Empecinado tendido sobre su paja, pensando en que su situación bien podía considerarse como sin salida. Pero Juan Martín poseía junto con su fiero valor, que le hacía arrostrar intrépidamente todos los peligros, por grandes que fuesen, otras cualidades no menos preciosas; y entre ellas, una fortaleza de espíritu incomparable, capaz de hacerle fuerte ante sufrimientos y desgracias que hubiesen desesperado a otro hombre cualquiera. Aun abandonado de los suyos y entregados a sus propios recursos, no se abatía. Era tal su heroico espíritu, ayudado por la confianza que le daba su formidable energía física, que quince años después, cuando iba a ser ejecutado, realizó la más osada tentativa que jamás ha hecho ningún prisionero, él solo e inerme contra una guardia numerosa y bien armada.

 

El Ayuntamiento de El Burgo de Osma en 1889

Escapar de su prisión, en las condiciones en que estaba, parecía imposible, y como le habían quitado el dinero que llevaba al entrar en la ciudad, no podía pensar en sobornar al carcelero. Meditaba cómo lograría comunicar con sus amigos, cuando oyó su nombre susurrado con gran precaución, aunque distintamente, y volviendo sus ojos hacia el sitio donde la leve voz había sonado, vio la cabeza de un hombre que asomaba por la breve ventana enrejada de la celda.

-¿Te acuerdas de mi, Juan Martín? -dijo el desconocido, al notar que su voz había sido oída.

El Empecinado se incorporó y acercándose a la ventana reconoció las facciones de un tal Cambea, zapatero dc Aranda, con el cual había servido en la guerra del 92. Este sujeto había sido encarcelado por causas no graves, y por ello se le permitía salir de la celda durante el día y pasear por la cárcel, y aun trabajar en su oficio, con la tolerancia del carcelero. Desde que oyó que el Empecinado estaba prisionero, espiaba la oportunidad de hablarle y hacer cuanto pudiera en su favor.

Como el riesgo de ser descubierto era muy grande, la conversación de Cambea con el guerrillero fue breve. Se fue, apenas cambiadas algunas frases, pero volvió aquella tarde misma con un pedazo de cera, con la que sacaron un molde de la cerradura de la celda, que envió luego a un cerrajero amigo, de la ciudad.

Pasaron dos días, y Juan Martín empezaba a temer que las gestiones de Cambea habían sido descubiertas y su protector encerrado en un calabozo, cuando la puerta se abrió fácilmente y apareció el zapatero, con la llave en la mano y la cara radiante de satisfacción. Vencida esta primera dificultad, planearon rápidamente lo que habían de hacer y convinieron que el próximo domingo, a la hora de la misa mayor, intentarían la gran aventura de la fuga.

Llegó este día, y a las diez de la mañana, la mujer e hija del alcaide, con la criada y el guardián, se fueron a la iglesia, permaneciendo en la prisión sólo los presos y el propio alcaide, que quedó en sus habitaciones. Sin perder un instante y con todo el sigilo posible, Cambea entró en el calabozo de Juan Martín, le dio una de las afiladas cuchillas del oficio y, cargando al guerrillero sobre sus hombros, lo llevó hasta la puerta del cuarto del alcaide.

Este estaba retrepado en un sillón frailero y frente a él se hallaba el abogado que iba a actuar de acusador en el juicio contra el guerrillero. Les separaba una mesita y sobre ella había una botella polvorienta y bien encapuchada, con cuyo contenido se solazaban entrambas señorías, mientras discutían el asunto del día, la captura del Empecinado, su sumario y su más que probable fin. Entre copa y copa del viejo jerez, el abogado planeaba su discurso, el alcaide le objetaba, pasaban a la sentencia y así, antes de que la botella se hubiese vaciado dcl todo, el guerrillero había sido ya juzgado en la imaginación y, quizá demasiado de prisa, condenado, puesto en capilla, y conducido al sitio de la ejecución. Y en el preciso momento en que el abogado pensaba en la cara que tendría el reo, colgado de la cuerda, se oyeron unos golpes en la puerta.

-¡Adelante! -gritó el alcaide.

Cambea entró en la habitación y dijo:

-Señor alcaide, el corregidor está en la puerta de la cárcel y desea hablarle en seguida.

Dejando a un lado la botella y vasos, el carcelero se precipitó a recibir a la primera autoridad; pero apenas había atravesado la puerta, tras la que se escondía el Empecinado, cuando éste, con sus pies trabados, saltó sobre él como un tigre y le asió con la mano izquierda por los cabellos, mientras le apretaba con la derecha la garganta casi hasta asfixiarle. A la vez, Cambea acometía al abogado, le envolvía la cabeza en su capa y. cogiéndole en brazos, le llevaba al calabozo del Empecinado, dejándole encerrado. Volvió enseguida junto a Juan Martín, ató y amordazó rápidamente al alcaide y le encerró también en la misma celda. Sólo faltaba librar al guerrillero de sus esposas, lo cual fue fácil, porque en el despacho encontraron las herramientas para hacerlo.

 

Puerta de San Miguel

 

Pero, con todo, sólo habían vencido la primera parte de las dificultades. Quedaban otras muchas para que pudiesen considerarse seguros. Es cierto que tenían las llaves de la salida; pero las calles estaban llenas
de soldados franceses, entre los cuales tendrían que pasar, a todo evento, antes de poder abandonar la ciudad. Para hacer todo esto, que era inevitable, con el menor riesgo, volvieron al calabozo y se vistieron con los vestidos de los nuevos huéspedes. Cambea se tocó con el sombrero de tres picos del abogado, y Juan Martín con el del alcaide; se embozaron en sus capas, salieron a la calle cerraron cuidadosamente la puerta, y paseando tranquilamente atravesaron entre los soldados de la guardia. Por fortuna, casi toda la población estaba en la iglesia y los franceses no sospecharon de los fugitivos. que andando con estudiada pausa, se alejaron por las calles, disimulando la prisa, que pudiera haberlos comprometido.

De este modo habían llegado casi a las afueras cuando vieron a un ordenanza que guardaba dos caballos ensillados, a la puerta de una casa, sin duda esperando a algún oficial importante que iba a partir. El Empecinado había encontrado en los bolsillos de su nueva ropa una caja llena de un rapé muy fino y picante que los españoles de entonces llamaban "colorado de los frailes". Tomó un puñado de él, se acercó al soldado y le preguntó dónde estaba el cuartel general. Mientras aquél contestaba, el guerrillero le arrojó a los ojos el polvo, e inmediatamente le derribó, cegado y aturdido, de un puñetazo. Se apoderó de su espada y saltó sobre el caballo del oficial. Cambea hizo otro tanto sobre el del soldado, y un instante después salían al campo.

Apenas habían galopado cinco minutos, cuando se oyeron trompas y tambores que batían armas, y poco después la carretera se llenaba de caballería ligera que los perseguía. Pero sus caballos eran excelentes, y la delantera que llevaban les permitió ganar fácilmente las montañas. Tres días después, el Empecinado se unía a Mariano Fuentes y tomaba de nuevo el mando de los guerrilleros (1).

 

Cuando el Empecinado, después de huir del Burgo de Osma, reapareció en su teatro de operaciones preferido, las riberas del Duero, encontró que la marcha de los sucesos en Castilla la Vieja era cada día menos favorable a la causa de la Independencia. El francés dominaba gran parte de la provincia e imponía severos castigos a toda contravención de sus órdenes; de suerte que los campesinos tenían miedo de auxiliar, como en épocas anteriores, a los guerrilleros. Muchos pueblos se habían hecho afrancesados, no ciertamente por la adhesión sincera a invasor sino por pánico y por creerse así menos expuestos al saqueo pues aunque deseaban de corazón el triunfo del Empecinado y los suyos, las guerrillas eran demasiado pequeñas y débiles para defenderlos en el caso de que, por proporcionarles raciones o informes, incurriesen en el enojo del invasor Sólo los curas, casi sin excepción, permanecían fieles a la patria, y sus bolsas y sus despensas estaban siempre abiertas para los que la defendían con las armas en la mano.

 

* * *



(1) Es rigurosamente histórica, como es sabido, la prisión del Empecinado en el Burgo de Osma. si bien en circunstancias algo diferentes de las que el autor ingles ha imaginado para dar mayor emoción a este episodio. A consecuencia de la captura de una dama francesa y de un convoy, se tramó la conjura contra Juan Martín, en la que tomaron parte principal sus propios convecinos. El guerrillero, para sincerarse, fue a visitar al general Cuesta, que estaba en Salamanca, el cual le envió al Burgo de Osma donde fue encarcelado y puesto con grillos. Ocurría en octubre de 1808. El regidor de la ciudad, afrancesado en efecto, hizo lo posible para acelerar el proceso y la sentencia del prisionero. Pero éste logró romper sus grillos y acometió al alcaide y a todos los que con él venían para sujetarle de nuevo, arrojándolos por las escaleras; y atravesando las calles llenas de gente salió de la ciudad a tiempo que entraba la columna francesa. Se detuvo en la posada dc Fuente-Caspe. donde encontró un destacamento de dragones enemigos, y allí se apoderó de un caballo y huyó en circunstancias muy semejantes a las que refiere Hardman.

 

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