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   ARÉVACOS - Nº 8   
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EL BURGO DE OSMA EN LA OBRA
DE PÍO Y RICARDO BAROJA

por José Luis Garrido Monge


En noviembre de 2001 se cumplió exactamente un siglo desde que los dos hermanos Baroja, más conocidos, Pío y Ricardo, emprendieran su ya famoso viaje por la provincia dc Soria. Las experiencias de aquel viaje dejaron su huella más patente en una serie de crónicas escritas por Pío en los Lunes del Imparcial, y en algunos aguafuertes de Ricardo Baroja de temática soriana ejecutados en distintos momentos de su vida. Con posterioridad este periplo será recurrente en varias novelas de
Pío: El mayorazgo de Labraz, La busca, Aurora roja y El escuadrón del brigante.

La expedición por la provincia constó de varias jornadas en las que los Baroja, llegados en tren desde Madrid, visitaron la capital, las ruinas de Numancia y la zona de Pinares (Covaleda, Vinuesa, Molinos de Duero, La Muedra y Herreros). Según la crónica de Pío parece ser que el principal fin de los dos hermanos y de su impagable acompañante, Paúl Schmitz, era la ascensión a Urbión. No está de más recordar que el suizo Paúl Schmitz fue un asiduo de los cafés modernistas donde peroraba sobre la novedosa filosofía de Nietzsche a la que vinculaba con las altas cumbres. Resulta significativo que por estas fechas Schmitz y Pío Baroja también subieran a Navacerrada mientras se extasiaban con el pensamiento del alemán.

Sin embargo, la escalada es anecdótica independientemente del reto que suponía en fin de siglo pasado llegar hasta las fuentes del Duero para unos "señoritos de Madrid". Lo que realmente importa a los viajeros dado el ambiente cultural en el que se hallaban inmersos es la exploración de una provincia remota y desconocida. Tanto las crónicas como los fragmentos que hablan de Soria en novelas de Pío (El mayorazgo de Labraz, Camino de perfección, La busca, Aurora roja...) o los grabados de Ricardo (La recua, Camino de Soria, la fragua) restituyen una imagen donde la naturaleza, los tipos humanos, lo visto y oído, lo cotidiano y el mal estado de la provincia a la altura de 1900 son lo realmente esencial.

El itinerario de las motivaciones barojianas se inicia, por tanto, en el interés antropológico, a imagen y semejanza de los viajeros románticos por España de los S. XVIII y XIX, transcurre por la moda del excursionismo iniciada por los institucionistas y finaliza en el (re)descubrimiento de la geografía e historia física y humana de la España interior como fuente de inspiración directa para sus creaciones. Pío Baroja utilizó la mayor parte de sus viajes -por no decir todos-como fundamento de sus narraciones.

Todo lo anterior ofrece un panorama relativamente preciso de lo que constituyen los fines del primer viaje a Soria de los Baroja. De este cuadro nos interesa resaltar, fundamentalmente, la visión antropológica, la búsqueda de inspiración en impresiones directamente vividas, y el (re)descubrimíento del paisaje físico, humano e histórico.

Estos motivos son de gran trascendencia y explican el tratamiento que recibe la provincia, cuando es forjada como escenario artístico a la manera del Modernismo. En ningún caso debe olvidarse que algunos principios de la poética de la denominada -erróneamente- Generación del 98 se sustentan en el retrato crítico de una España negra postrada y decadente producto del anquilosamiento de la Restauración, en la importancia de las impresiones subjetivas sobre las objetivas, y en el gusto por el detalle humano, histórico y geográfico pintoresco. Por los mismos caminos anduvo Antonio Machado.

De ahí que la imagen que plasman los Baroja de la provincia recoja tipos humanos, naturaleza arte, curiosos relatos orales, historia; pero también episodios propios de la España negra como las goyescas escenas de Vinuesa o el abandono, pobreza y aislamiento que embarga a la Soria de principios del S. XX, visible a lo largo de toda la crónica y en novelas como La busca y Aurora roja.

Con el correr del tiempo estas impresiones en torno a la provincia se fueron atemperando y dejaron paso a otros matices, quizás como producto de otras visitas, quizás como producto de una particular estimación o del cambio de perspectiva que exige la edad y la evolución artística. Las tintas negras dc las composiciones sorianas se trocaron bien en escenario histórico (en el caso de Pío), bien en contribución al mito noventayochista de Castilla (en el caso de Ricardo). Estas dos ideas se fundamentan en el tratamiento que recibe El Burgo de Osma en la obra de los dos hermanos. Las menciones a esta villa son escasas, pero bastante elocuentes principalmente en el caso de Ricardo Baroja, que en su novela La nao capitana desarrolla un personaje de la tierra.

 

RICARDO BAROJA: AUTOR DE LA NAO CAPITANA

El nombre de Ricardo Baroja esconde una de las personalidades más interesantes del Modernismo. Nacido en 1871 en Minas de Río Tinto fue bohemio, archivero, aventurero excelente conversador, buen pintor y grabador y un más que estimable escritor. En el año 1931, casi en las vísperas de la proclamación de la República sufrió un aparatoso accidente de tráfico a raíz del cual perdió el ojo derecho cuando regresaba de una reunión política favorable al nuevo régimen. La pérdida del ojo que le impidió practicar su gran pasión: la pintura, a lo que hay que añadir el olvido por parte del aparato de la República, sumieron a Ricardo en una bronca melancolía. Saldrá de su estado de abatimiento intensificando su actividad literaria. A sus espaldas ya tenía varias obras entre las que hay que destacar El Pedigree, Aventuras del submarino alemán U, Fernanda, De tobillera a cocotte, etc. De estas desesperanzas y del viejo oficio nacería La nao capitana, Cuento del mar antiguo. La novela obtuvo el Premio Miguel de Cervantes, (1935) equivalente en la actualidad al Nacional de Literatura.

 

Portada de La nao Capitana

 

El argumento de La nao capitana se localiza entre los siglos XVI y XVII en un barco de su majestad que, desde Sevilla, se dirige a Filipinas haciendo escala en el Río de la Plata. Allí tendrán lugar una serie de sucesos de naturaleza folletinesca.

La novela se inicia un tanto convencionalmente con la presentación de personajes y la reciente noticia de un duelo entre espadachines por asuntos de honra en el que ha resultado muerto un hombre. A la nave, atracada en el muelle de Sevilla, va llegando un pasaje variopinto: hay galeotes, emigrantes procedentes de distintas regiones de España, entre los que destaca Rui Gutierre, de El Burgo de Osma; hay también una ilustre familia formada por Don Antonio Fernández de Sigüenza, sus dos hijas (Trinidad y Mencía) habidas de un matrimonio anterior, y su reciente esposa y madrastra de las anteriores, Estrella. La procesión de personajes principales se completa con El Fugitivo, el duelista superviviente que se introduce como polizón en el barco huyendo de la justicia, y con Diego Ruiz de Arcaute, capitán de la nao.

A medida que transcurre la narración descubriremos la fatal relación amorosa que une al Fugitivo con Estrella, la esposa de Don Antonio, y con una de las hijas del caballero, Mencía, a la que utiliza como distracción. Precisamente ahí se halla el origen del duelo y de los penosos lances que luego salpicarán la travesía. La trama se adereza con hambre, sed, enfermedades, muertes, amores nacientes, conspiraciones de los prisioneros dirigidos por El Fugitivo con el fin de apoderarse del barco, heroísmo del capitán, y para que no falte de nada, el ataque de un barco pirata.

El argumento comienza a cerrarse con el juicio y la ejecución de El Fugitivo en alta mar, donde se desvela su verdadera personalidad -en realidad su nombre es Abdalá el azul, morisco descendiente de los reyes de Granada con intenciones reivindicativas-. El final revela, además, la curiosa naturaleza de su relación amorosa con Estrella producto de una mixtura biológico-romántica muy propia de Ricardo. Para no pecar de trágica, la novela concluye con el matrimonio de Trinidad con el capitán Ruiz de Arcaute.

 

LA FIGURA DEL BURGENSE RUI GUTIERRE

El papel de nuestro burgense Rui Gutierre no es muy lucido al principio de la novela, pero con el transcurrir del relato logra empaque. En las primera páginas se le describe como "un hombrecillo, agobiado por una anguarina parda" que dirige a un grupo de catorce personas de las "tierras del Burgo, conforme se baja el Duero". Por su aspecto y por la manera de comportarse es un hombre ya mayor, sencillo, austero y reservado. Un hecho que llama poderosamente la atención sobre este personaje, aparte de su aspecto calcado al de los tipos de la crónica de 1901, es el gesto de despedida a la tierra de España donde da las razones de su marcha a América: 

Rui Gutierre ha quedado solo en el muelle. Se quita la montera; descubre la cabeza. pequeña, calva que reluce a la llama mortecina del farol como un hueso mondado. Se arrodilla, pone las manos en el suelo, junta la cara con la tierra y la besa.

-¿Qué hace, buen hombre? -pregunta extrañado el piloto. El viejo se incomoda; se caía su montera.

-Ya lo veis, señor marino. Mal me ha ido, señor marino por acá; pero eso no empece para que yo quiera a la madre, aunque más es madrastra con nosotros.

 

En este fragmento con visos de aguafuerte podemos notar de qué manera prevalece en la imaginación de Ricardo la noción de Soria como tierra de emigrantes debido a la pobreza de la tierra. De igual manera había procedido Pío Baroja en 1904 con la creación del adnamantino Manuel Alcázar como protagonista de La lucha por la vida. Incluso hoy día el fenómeno del éxodo no es ninguna novedad.

Más avanzada la narración Rui Gutierre se convierte en heraldo de la peste que empieza a asolar la embarcación. En este punto lo encontramos pidiendo 'alguna mixtión" para su mujer al cirujano del barco. A consecuencia de esta enfermedad la mujer de Rui Gutierre perecerá al poco tiempo. El doloroso fallecimiento de la mujer sirve a Ricardo Baroja para poner en boca del campesino burgense una serie de tiernos recuerdos que al lector soriano le resultan chocantes:

-El campesino (Rui Gutierre) se estremece, despertando de su dolorosa contemplación.

-Sí, la pobre murió. Yo creía que hubiera llegado a las Indias. Ella, no; lo barruntaba cuando abandonamos la casita del Burgo...

El viejo abraza el paquete de lona, besa el áspero tejido allí donde cree está el rostro de su compañera de toda su vida.

La conoció hace cincuenta años, en la fiesta dc la pinochada cuando las mozas azotan en broma a los mozos con ramas de pino. Aquella aldeanita de ojitos negros y de color corteza de pan, con la que hablaba en la fuente, con la que bailaba en la plaza (...)".

 

Aquí es evidente que en el magín de Ricardo Baroja se han confundido los recuerdos al atribuir a El Burgo de Osma la pinochada de Vinuesa que el escritor conoció por tradición oral en su primer viaje a Soria.

Pero donde sin duda Rui Gutierre alcanza un papel más destacado es hacia la conclusión de la novela, en momentos cruciales para la resolución de la fábula. Una de estas intervenciones se da cuando, en un intento de abordaje de un barco pirata, lo encontramos disparando con heroísmo inusual sobre las plataformas del alcázar, "como si cazara perdices en las eras del Burgo"; la otra cuando se le encarga formar parte del tribunal que juzgará al Fugitivo.

Especialmente, sugestiva es la labor de Rui Gutierre como juez, junto al capitán Ruiz de Arcaute y al piloto, no tanto por la acción novelesca de juzgar en sí, sino por lo que representa pertenecer al tribunal formado en un barco en el que viajan gentes de diversa procedencia (vascos, levantinos, andaluces). Parece claro que Ricardo Baroja quiso simbolizar con la figura del burgense "a todos aquellos que en los campos de España labran la tierra y echan la semilla al surco", y por añadidura, representar una serie de virtudes que él consideraba asociadas al hombre de Castilla:
estoicismo, sabiduría, nobleza y lealtad. A lo largo del juicio el único miembro del tribunal que muestra un criterio coherente es Rui Gutierre.

Con la construcción de este personaje Ricardo Baroja se apuntaba y contribuía al mito de Castilla perfilado por Azorín y cultivado con profusión en la época franquista a cuenta de la concepción de intelectuales falangistas como Pedro Lain Entralgo o Dionisio Ridruejo Jiménez que convirtieron el Modernismo y el fin de siglo en la Generación del 98.

Este tópico del castellano y de Castilla se acusa todavía más en la adaptación cinematográfica de La nao capitana que en 1947, en pleno auge del cine historicista, realiza Florián Rey. Allí volvemos a tropezar con Rui Gutierre encarnado y realizando un cometido muy similar al de la novela.

 

EL BURGO DE OSMA EN PÍO BAROJA

Por rumbos distintos siguió Pío Baroja. Pío empleó la imagen de Soria en sus novelas como escenario histórico y como espejo de la España negra; en ocasiones mezcló ambas concepciones, caso de La nave de los locos cuyo protagonista viaja por la provincia durante varias jornadas contando impresiones muy diversas.

 

Los hermanos Baroja en el Pico de Urbión. Aguada de R. Baroja.

 

La primera y única mención de Pío Baroja a El Burgo de Osma -que yo conozca- data de 1920, concretamente de una novela titulada Los contrastes de la vida, integrada en la serie histórica de Aviraneta conocida como Memorias de un hombre de acción. En este libro que agrupa una serie de relatos largos Pío Baroja escribe:

"Un día, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martín mandó al comandante de sus fuerzas de caballería. que era el coronel Hore, hiciese alto y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento y siguiese después el paso. D. Juan, sin más compañía que la mía y la de cuatro soldados, quiso entrar en el pueblo de una manera sigilosa, con el objeto de inspeccionarlo.

Avanzamos los seis al trote y llegamos a tiro dc fusil de la ciudad. Pusimos los caballos al paso. Estaba la noche oscura, lluviosa y fría. íbamos marchando sin meter ruido, cuando el Empecinado advirtió una luz en una casa del arrabal.

-Chico -me dijo-, ¿qué te apuestas a que en aquella casa hay facciosos?

-Es posible -repliqué yo-.

-Echad todos pie a tierra -mandó él- atad los caballos a estos árboles y adelante. Vamos a ver que nos espera ahí. (...)

Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la puerta. El Empecinado le impuso silencio y le dijo en voz baja que le llevara al primer piso.

-¿Quiénes están?- preguntó luego-.

-Hay treinta catalanes que han venído con el general Bessiéres y que están cenando.

-Bueno, vamos arriba.

El Empecinado cogió el candil dc la mano de la vieja, que estaba temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él. Los cuatro soldados y yo marchábamos detrás. D. Juan iba embozado en su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada por un velón y por las llamas del hogar, vimos treinta hombres que estaban alrededor de una mesa. El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme. Y dijo:

-Aquí tenim al general Empecinado, que ve a sopar amb vosaltres. Tots som espayols; y vosotros -añadió en castellano. dirigiéndose a los soldados y a mí-, sentaos. Estamos entre amigos.

El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir por la moza un vaso de vino.

Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, el Empecinado levantando el vaso, exclamó:

-Catalans, per la salut de nostre re¡ i per la felicitat de Espanya!

Entonces. el sargento que mandaba el grupo dc realistas llenó su vaso y respondió en castellano:

-Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva el Empecinado!

-¡Viva! -gritaron los demás-.

Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los catalanes se incorporaran a nuestra fuerza".


El marco cronológico de esta estampa histórica se sitúa en 1823 en el momento en que los liberales españoles tratan de detener como pueden el golpe de mano de los absolutistas que son apoyados por Los cien mil hijos de San Luis.

El episodio en sí carece de importancia en lo que se refiere a ofrecer una imagen concreta de El Burgo de Osma. Más bien se origina por el interés de Baroja en ensalzar la figura de D. Juan Martín El empecinado, al que admiró profundamente, y por otro lado, por localizar escenarios con precisión. En este caso la alusión a El Burgo de Osma es una exigencia de las sinuosidades de la campaña de El empecinado y de la trayectoria vital de Aviraneta, protagonista de las Memorias de un hombre de acción que estuvo muy vinculado, real y fingidamente, a la provincia de Soria: perteneció a la partida del cura Merino, fue corregidor de Aranda de Duero durante el Trienio liberal y pasó los últimos años de su vida en San Leonardo.

Baroja, al contrario que Galdós en los Episodios Nacionales, quiso reflejar con la inclusión de estas estampas en su gran serie histórica parajes apartados de los lugares en que tienen lugar los hechos históricos decisivos con el objeto de ofrecer una imagen más heterogénea y más real del S. XIX español.

Para concluir apuntaremos que sobre las posibles estancias de Pío o Ricardo en El Burgo no existen documentos o testimonios que las confirmen o desmientan únicamente podemos suponer que pudieron visitar la Villa. Pío Baroja repitió algunos de sus viajes en la edad madura ya en automóvil, con la intención de recopilar información para sus novelas históricas de la década de los 20 en las que incluyó pueblos sorianos que no habían sido visitados en el 1901. Por su parte, Ricardo, a partir de 1919, pasó algunas temporadas en una finca perteneciente a su suegro llamada La Ventosilla muy cercana a Aranda de Duero. Desde allí no sería sorprendente, dada su naturaleza andariega, que se hubiera acercado por El Burgo.


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