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   ARÉVACOS - Nº 12   
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ROLLOS Y PICOTAS EN SORIA

por José Vicente de Frías Balsa



No estuvo muy acertado Camilo José Cela cuando en su obra Judíos, moros y cristianos escribió que en Soria ni hay picotas ni que el vagabundo sepa, las hubo nunca. Tan inexacta afirmación se basa, sin duda, en la lectura de la obra de Constancio Bernaldo de Quirós La Picota. Crímenes y castigos en el país castellano en los tiempos medios. Pero la realidad es muy otra como ha escrito José María Ferrer González al afirmar que la mayor densidad la ofrecen las provincias de Soria, Guadalajara, Toledo
y Burgos, seguidas de las de Cáceres, Madrid, Palencia, Ávila, Valladolid, León, Segovia y Salamanca. Y Gabriel Cisneros, refiriéndose a las tierras del Oeste soriano, escribe que es esta la Soria de los mil árboles minerales de sus rollos, diversos en su identidad.

Este trabajo que, en parte, ya publicamos en Arévacon (1983), no pretende ser exhaustivo y terminado, sino una aproximación a tan interesante como sugestivo tema ya que, frente a la proliferación de estudios sobre diversos aspectos de nuestro patrimonio monumental, la bibliografía soriana ha dedicado poco atención a estos monumentos menores que, por otro lado, tan unidos están a la historia de nuestras villas y lugares. Nos movemos, pues, en un campo prácticamente inexplorado.

 

Picota y rollo.

En la actualidad, se denomina rollo o picota a un mismo monumento, sin que su estructura o ubicación justifiquen una u otra denominación, si bien existe una diferencia conceptual.

La picota era el poste en el que se exponían los malhechores a la vergüenza pública o se les castigaba. La pena de exhibición en la picota aparece ya legislada en el siglo XIII, en el libro de Las Partidas, de Alfonso X, considerándose la última de las penas leves a los delincuentes para su deshonra y castigo. Así se lee en la partida 7ª, ley 4ª del titulo XXI:

La setena es quando condenan a alguno que sea azotado o ferido paladinamente por yerro que fizo, o lo ponen por deshonra dél en la picota, ol desnudan faciendol estar al sol untado de miel porque lo coman las moscas alguna hora del día.

Arquitectónicamente, en su origen, seria un árbol o palo hincado en el suelo -gentil árbol berroqueño, que suele llevar hombres, como frutos, según los definió Luis Vélez de Guevara-. Con el fin de perpetuar su duración, posteriormente, se construyeron en piedra, con los elementos necesarios para desempeñar su función: plataforma de exhibición, fuste
en el que se sujetaban las cadenas (Fuentearmegil), cuchillo, garfios, cepos, grilletes o argollas.

 

Rollo de Espeja de San Marcelino

El rollo representaba la categoría administrativa del lugar -sólo se levantaba en las villas- indicando el régimen al que estaba sometido: señorío real, concejil, eclesiástico o monástico. Además marcaba el límite territorial y, en ciertos casos, era un monumento conmemorativo de la concesión del villazgo.

Arquitectónicamente tiene basamento, fuste, cierto número de salientes a modo de gárgolas y un remate. En muchas ocasiones se coronó con cruces de hierro. Por razón de la jurisdicción se le añadió el escudo del señor; como en el caso de Berlanga de Duero, con las armas de los Fernández de Velasco, condestables de Castilla, duques de Frías y marqueses titulares de la villa.

En el rollo y la picota subyace una diferencia conceptual, como se ha dicho, que resulta fácil de distinguir: el rollo sólo se levantaba en las villas, mientras que la picota se erigía en todos los lugares. En el caso de las villas un mismo monumento manifestaba las dos funciones: penal y jurisdiccional. En los lugares que no tenían la categoría de villazgo, sólo el penal. Las ordenanzas municipales de Almazán (1548), al castigar a los que entrasen en huertas o viñas ajenas a ser sacados a la vergüenza o puestos en el argolla del Rollo, no hacen más que confirmar la identificación de ambos monumentos, aunque en este caso esté más marcada la función penal. Algo similar ocurre con el de Fuentearmegil, como se deduce cuando, en nombre de Gonzalo María de Ulloa y Queipo de Llano, marqués de Adanero, se tomaba posesión de los mayorazgos fundado, en la villa, por Gaspar y Melchor Durango. El documento, de 9 de octubre de 1829, informa que se le entregaban, entre otras cosas, el rollo, dos cadenas de hierro, tres candados.

Estos monumentos se solían ubicar, teniendo en cuenta su función ejemplarizante, a las entradas de las villas o lugares y, generalmente, en la vía de acceso más concurrida. ¿A quién se ponía en el rollo/picota? A mercaderes que usaban pesos y medidas no legales, cortesanas, jurados corrompidos, falsificadores, conspiradores, injuriosos, etc.

Entraría en danza, aquí y ahora, otro concepto: el de la horca. Sería en ese lugar en el que, una vez expuestos los reos a la vergüenza pública y dependiendo de las penas impuestas por los delitos cometidos se les ajusticiaría.

 

Esplendor

Los siglos XVI y XVII son los de mayor esplendor para estos monumentos, debido a las numerosas concesiones de villazgo y de exención otorgadas a los lugares que hicieron aportaciones económicas a la Corona para sobrellevar los cuantiosos gastos de la guerra. Así, Carlos V, el 16 de marzo de 1556, concedió a la aldea de Olvega su exención jurisdiccional de la villa de Ágreda, porque ese dicho lugar me ha servido e socorrido para las necessidades que se han ofrecido para la guarda y provisión de las fronteras destos Reynos de Africa y paga de las galeras y de otras cosas ymportantes con un quento y ochocientos y treinta y tres mil maravedis. El Emperador los hace merced de usar la Jurisdicción civil y criminal y que tengan horca, picota, cuchillo, cárcel, çepo, e todas las otras insignias de jurisdicción que las ciudades e villas por sí e sobre sí destos mis Reynos que son libres y exentos de otra jurisdicción tienen u usan.

El de Matanza se pondría, hacia 6 de julio de 1645, cuando Felipe IV otorgó el privilegio por el que declaraba exento el lugar de la jurisdicción de San Esteban de Gormaz. El de Espeja de San Marcelino, a raíz de la expedición del documento real, de 7 de junio de 1653, cuando concedió al lugar, junto con sus cuatro aldeas, la exención de la Justicia de Santo Domingo de Silos.

Por otra parte, al aumentar la importancia de ciertas villas, éstas arrinconarían sus rústicas picotas o sus pobres rollos para levantar ejemplares más artísticos y, a la vez, para hacerles más duraderos, lo que trataron de conseguir empleando distintas clases de materiales de construcción de estos monumentos góticos, renacentistas y barrocos: madera (Santiuste, Muriel de la Fuente y Velilla de San Esteban), hierro (Rello), mármol (Rioseco) y, lo que es más habitual, todo tipo de piedra.

 

Rollo de Santiuste

Durante el siglo XVIII se levantó, entre otros, el de Valdanzo, cuando Femando VI concedió el titulo de villa a esta aldea eximiéndola de la jurisdicción de Ayllón con el préstamo que hicieron a los vecinos del lugar los monjes jerónimos de Espeja de San Marcelino. El monarca autorizaba a sus vecinos, el 1756, que podais poner y pongais horca, picota y cuchillo y las demás insignias de Jurisdición que se han acostumbrado a poner en el pasado y se acostumbra poner por la presente en otras villas. En Peñalba de San Esteban se pondría en 1764 cuando se le concedió el villazgo por privilegio de Maria de Austria.

 

Decadencia y protección.

Un Decreto de las Cortes de Cádiz, de 26 de mayo de 1813, ordenó la demolición de todos los signos de vasallaje que haya en sus entradas, casas particulares, o cualesquiera otros sitios, puesto que los pueblos de la Nación Española no reconocen ni reconocerán jamás otro señorío que el de la Nación misma, y que su noble orgullo sufriría tener a la vista un recuerdo continuo de humillación.

Resulta curioso que después de este Decreto, Rioseco levantara el ejemplar que se halla en el Plaza Mayor, en cuya construcción se emplearon algunas columnas de mármol gris veteado, extraídas de la villa romana de los Quintanares. Se fecha en 1817, en el reinado de Fernando VII.

Parece ser que lo mandado en las Cortes de Cádiz no siempre se cumplió pues la reina gobernadora, María Cristina, en enero de 1837, en nombre de Isabel II, estableció con toda fuerza y vigor el decreto de 26 de mayo de 1813, por el que las generales y extraordinarias mandaron quemar y demoler todos los signos de vasallaje que hubiera en los pueblos. Es de suponer que, a tenor de lo legislado, se destruyeran bastantes ejemplares y, también, se picaran escudos y blasones con las armas del estamento nobiliario.

El 14 de marzo de 1963 se dictó Decreto de protección genérica de monumentos menores por el cual los propietarios, poseedores o usuarios de escudos, emblemas, piezas heráldicas y monumentos de análoga índole cuya antigüedad sea de más de cien años no podrán cambiados de lugar ni realizar en ellos obras de reparación alguna sin previa autorízación del Ministerio de Educación Nacional.. El cuidado de estos monumentos queda encomendado a los Ayuntamiento, los cuales serán responsables de su vigilancia y conservación. Posteriormente, la Junta de Castilla y León ha dictado nueva legislación sobre el patrimonio monumental.

 

Corpus de rollos y picotas.


Partiendo del supuestos que en todas las villas existiría el rollo y en los lugares la picota, el corpus de estos monumentos conservados en la provincia de Soria -la mayoría de ellos en la comarca de El Burgo de Osma- está formado por los situados en Barca, Berlanga de Duero, Cabrejas del Pinar, Calatañazor, Caracena, Carrascosa de la Sierra, Espeja de San Marcelino, Fresno de Caracena, Fuentearmegil, Fuentepinilla, Gormaz, Moñux, Morón de Almazán, Muriel de la Fuente, Noviercas, Osma, Puebla de Eca, Quintanas Rubias de Arriba, Quintanilla de Nuño Pedro, Rello, Rioseco, Santiuste, Valtajeros, Velamazán, Velilla de San Esteban, Vinuesa...

 

Rollo de Fresno de Carocena

Conocemos, también, noticias documentadas y restos de los monumentos de los habidos en Abejar; Almazán, Agreda, Bocigas de Perales, El Burgo de Osma (en la actual calle de Francisco de Federico), Cihuela, Ólvega, Magaña, Matanza, Pinilla del Olmo, Retortillo, San Pedro Manrique, Soto de San Esteban, Tejado, Valdanzo, Villasayas... La toponimia, por otra parte, es buena frente de información para conocer dónde estuvieron ubicados estos monumentos.

El trabajo de documentación, por lo que se refiere a los rollos, tropieza, las más de las veces, con la pérdida del privilegio de villazgo. Pérdida incomprensible, pero cierta, debida a la mala situación en que se hallaban y se hallan la mayoría de los archivos municipales de gran parte de nuestros ayuntamientos, como tuvimos ocasión de ver personalmente el año 1982 cuando hicimos, bajo la dirección del amigo Carlos Álvarez, el Censo de Archivos de la Provincia de Soria. Tampoco hemos podido documentar; en los muchos protocolos notariales consultados, en el Archivo Histórico, la fecha y los artífices que levantaron estos monumentos.


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