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   ARÉVACOS - Nº 13   
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   NUESTRO HOMENAJE DE HOY PARA...


FELISA MANRIQUE, MISIONERA EN GUINEA



Felisa Manrique Elvira es una burgense que realiza su apostolado en la Guinea Ecuatorial, en una leprosería. Es un ejemplo más de tantos misioneros dedicados a prestar su desinteresada ayuda a unas gentes cuya mayor riqueza reside en no tener nada. Desde ARÉVACOS queremos
enviarle el reconocimiento de sus paisanos por su generosidad y a ella dedicamos el acostumbrado homenaje en este número. A petición de ARÉVACOS ha enviado esta carta.


Primeramente, con mis saludos, quiero daros la enhorabuena por el trabajo que venís realizando, la información que nos dais de toda la provincia: monumentos, pueblos sencillos, costumbres antiguas, acontecimientos pasados... Todo es válido y, sobre todo, muy interesante. Para los que llevamos muchos años fuera, nos recordáis las bellezas de ese rincón tan entrañable y a esa buena gente que nos ha precedido. Somos varias las jóvenes burgenses que hace años elegimos la Compañía de las Hijas de la Caridad desde una Consagración a Dios para el servicio de los pobres.

 

Felisa Manrique Elvira, con un grupo de niñas de la misión

Los años que estuve en España me dieron diferentes destinos en lugares y obras, pero siempre fui feliz sabiendo ayudaba a mis hermanos. Unas veces ancianos, niños de internado o protección de menores, comedor de transeúntes o con enfermos psíquicos.

Ahora os quiero comunicar mi experiencia desde un lugar muy diferente, al que he tenido la suerte de ser enviada, y así conocer otros mundos, otras costumbres y una buena gente con la que me encuentro cada día y os aseguro que, en muchas ocasiones, recibo más de ellos que lo que yo pueda darles, en Micomeseng, una leproseria de Guinea Ecuatorial, en el Oeste de África.

Nada más llegar observas una gran pobreza. Una gente sencilla, alegre, acogedora, pacífica y muy paciente. Ves que no tienen casi nada o nada; pero después de vivir con ellos varios años uno no se atreve a llamarles pobres ya que se conforman con lo que tienen. Su gran riqueza es la naturaleza, aprovechando todo aquello que encuentran en el bosque; animales (con trampas), frutas tropicales, caña de azúcar, etc. Esto casi es el trabajo de los niños.

En la época anterior a las grandes lluvias, los hombres preparan las fincas, las chapean, cortan los árboles y queman y lo dejan todo preparado para que las mujeres siembren y cosechen yuca, cacahuete, maíz y alguna verdura tropical. El trabajo de la mujer es muy duro y costoso. La finca está muy lejos de donde viven y todo lo acarrean con el enkue a la espalda. La cocina también es muy laboriosa.

Las Hijas de la Caridad estamos en Micomeseng, a 130 kms. de Bata, y otra comunidad en Mokóm, más al interior de la selva. Ayudamos en el hospital y la leprosería. Desde el hospital se visitan los puestos de salud de dieciséis pueblos muy importante para prevenir enfermedades; vacunaciones, información sobre higiene ayuda a proteger de los manantiales, utilización de letrinas, etc. Han formado agentes de salud para cada uno de los puestos y son los que atienden las enfermedades tropicales e indican cuándo deben acudir al hospital de Micomeseng con carácter de urgencia.

Mi trabajo; los pobres entre todos los pobres. Aquí se rompen todos los esquemas en cuanto a forma de vivir, costumbres trabajo. posibilidades de adquirir alimentos, tanto en el bosque como en la finca o cualquier otra forma de sub­ístenc¡a. A 2 kms. dc Micomeseng se encuentra la leprosería y poblado de leprosos. El lugar es muy bonito, tiene una buena construcción: salas de enfermos, laboratorio, consultorio para los enfermos del poblado y de otros distritos. taller ortopédico donde se realizan prótesis sencillas y calzados -adecuados para estos enfermos que a veces sólo tienen medios píes-, cocina, lavandería y farmacia. Dentro del mismo recinto se encuentra la capilla y escuelita para los niños pequeños dc los leprosos, el maestro también es leproso. Estos niños, a partir de 30 pasan a la escuela dc Micomeseng.

 

Felisa Manrique atendiendo a un paciente.

A primer encuentro con estos enfermos no tengo palabras para describirlo. Ves la pobreza del país, la austeridad en que viven, la lucha por subsistir; pero esto es diferente, no es comparable con nada... Tanto los de la sala como los del poblado los ves con úlceras incurables, con parte de sus miembros mutilados, necesitan tantas cosas y ellos se conforman con nada, agradecen cualquier detalle que tengas con ellos.

Cada día doy gracias a Dios por poder servir a estos pobres. Muchos dependen totalmente de nosotros. A un grupo de los del poblado se les hace la comida y cena. Algunos vienen a buscarla y a otros se les lleva. Hay otro grupo que se les da alimento en especies, pues las mamás lo hacen en sus cocinas. En las salas suelen estar ingresados unos veinticinco, pero a veces están aún peor en sus casas, éstos bajan tres veces en semana a curarse (el poblado está sólo a 150 m.). Entre ellos mismos se ayudan mucho y reconocen que hay otros peor que ellos. Son extraordinarios.

Son profundamente religiosos, las celebraciones en la capilla las hacen muy festivas, tienen misa cada domingo y preparan y participan em las lecturas y en los cantos. Es algo que impresiona verles a todos reunidos, cantando y alabando a Dios. Nosotras intentamos inculturarnos más en su manera de vivir, valorar sus buenas costumbres, esas cualidades naturales que ellos ponen en práctica, esa vida sencilla y esa paz que creo que nace de su confianza en Dios; convencida de que sólo podré hacerles bien si me acerco a ellos con ese amor y respeto, que me sientan cercana y si sé transmitirles el amor que les tiene Dios a cada uno de ellos.


 

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