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   ARÉVACOS - Nº 15   
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MANUEL DE LARDIZÁBAL Y URIVE,
PIONERO DEL PENALISMO ESPAÑOL,
BACHILLER POR LA UNIVERSIDAD DE OSMA

por Tomás de las Heras Hernández

 

Ahora que la Antigua Universidad de Santa Catalina permanece con sus puertas cerradas ante el olvido y la indiferencia de las instituciones, convendría rescatar del olvido a uno de sus más insignes alumnos. Este es el caso de Manuel Lardizábal y Urive, pionero del penalismo en España, uno de los ilustrados en la Corte de Carlos III, el cual pasó por las aulas de nuestra Universidad, obteniendo en ella el título de Bachiller en Leyes, tal y como también lo hizo, el 9 de junio de 1761 Gaspar Melchor de Jovellanos, personaje éste con el que colaboraría después Lardizábal en la edición renovada del Fuero Juzgo.

 

El Centro docente se fundó por bula papal de 5 de agosto de 1550

Manuel de Lardizábal y Urive, descendiente de familia vasca, nació en México, en La Puebla de los Ángeles, la misma ciudad en la que, un siglo antes, Juan de Palafox y Mendoza ocupó la silla episcopal. La fecha de su nacimiento es la del 23 de diciembre de 1739. Su tío, Juan Antonio de Lardizábal y Elorza, había sido obispo de La Puebla (1722-1733).

En el momento del nacimiento de Lardizábal, su familia se encontraba residiendo en México, debido a que su padre Juan de Lardizábal estaba destinado allí como Auditor Real de Indias, al servicio del Rey Felipe V. Allí también nació después su hermano Miguel, el cual permaneció unos años más que Manuel en tierras americanas, estudiando en el Seminario Palafoxiano de Puebla, fundado por Juan de Palafox.

Manuel de Lardizábal, después de cursar sus primeros estudios, llegó a la Metrópoli y se estableció, en primer lugar, en nuestra villa. Aquí cursaría, como ya se dijo anteriormente, sus estudios de Bachiller en Leyes, pasando posteriormente a la Universidad de Valladolid. Allí concluyó sus estudios en Leyes, doctorándose en 1762. Tras obtener el grado de Doctor, ejerció como profesor en la universidad vallisoletana, pasando posteriormente a residir a la ciudad de Granada. Allí ocupó el cargo de Alcalde del Crimen (cargo equivalente hoy a magistrado de lo penal) en la Real Chancillería (institución también presente en la ciudad de Valladolid y que vendría a equivaler al actual Tribunal Supremo).

Pero su actividad como jurisconsulto cobró una mayor dimensión cuando ocupó el cargo de miembro del Consejo de Castilla, dentro del reinado de Carlos III. Dicho Consejo le encargó una recopilación de la legislación criminal, la cual se encontraba muy dispersa y fraccionada, desde el punto de vista territorial.

Lardizábal llegó a redactar un borrador del que hubiera constituido el primer Código Penal Español. No llegó a elaborarse y promulgarse dicha Compilación Legal debido a la lentitud de los trámites burocráticos y, sobre todo, por la resistencia de los sectores más reaccionarios y tradicionalistas, enfrentados éstos a las políticas reformistas llevadas a cabo por los miembros más ilustrados del Consejo de Carlos III. Así, los trabajos de este fallido Código Penal, iniciados en 1787, quedaron interrumpidos en 1789, año en que se produce la Revolución Francesa, seguida, en nuestro país, de una fuerte reacción conservadora.

Junto a su labor político-jurídica, hay que destacar su labor doctrinal. Publicó varios libros, todos ellos dedicados al Derecho Penal. Destaca su Discurso sobre las penas, contraído a las leyes criminales de España para facilitar su reforma. En él destaca la influencia ejercida por el penalista francés Beccaria, fundador del Derecho Penal basado en el contrato social, propugnado por Rousseau.

Lardizábal fue un ilustrado. Pero como otros, tal es el caso de Jovellanos (con el que trabajó en la primera edición bilingüe -latín y castellano- del renovado Fuero Juzgo) o del Padre Feijoo, fue un ilustrado cristiano. Pese a que todo lo sometían a la crítica y a la razón, nunca abandonaron sus convicciones religiosas.

En todo caso, y teniendo en cuenta el momento histórico que le tocó vivir, fue un verdadero adelantado en sus ideas, respecto a cómo debía configurarse el Derecho Penal de la época. Así, fue el primero en defender en España el principio de legalidad para los delitos y para las penas, rechazando el arbitrio judicial. La pena debía ser proporcionada al delito, siendo lo menos rigurosa que fuera posible y siempre segura.

Combatió decididamente el tormento, instrumento penal éste utilizado de forma habitual en la época. Aunque no llegó a situarse en contra de la pena de muerte, sí se mostró partidario de una máxima restricción de su aplicación para los casos en que fuera absolutamente necesaria.
Su concepción de la pena fue totalmente utilitaria. La pena sólo debía perseguir como fines los de la seguridad de los ciudadanos y la salud del Estado. También fue el primero, en nuestro país, en teorizar y dar importancia a la prevención especial como fin primordial de la pena. Preocupado por la corrección y enmienda del delincuente, denunció el efecto corruptor de los presidios y arsenales de la época, los cuales, desde luego, no debían de destacar por su carácter humanitario. También fue pionero de la concepción de casas de corrección destinadas a los presos.

Por último, destacar que fue miembro de la Real Academia, creada en 1713, bajo el reinado dc Felipe V. Su discurso de ingreso en la misma versó sobre uno de sus temas preferidos, el del Fuero Juzgo, nuestro texto legal por excelencia durante toda la Edad Media y parte de la Moderna. A su muerte, acaecida en 1820, su sillón sería ocupado por Martínez de la Rosa. Además, también fue miembro de la Real Academia Geográfico-Histórica de Caballeros de Valladolid.

Sus últimos años fueron de dolor y de destierro. En 1794, tuvo que salir del país, con destino a Francia, junto a su hermano Miguel, el cual llegaría a ser después, en el primer gobierno de Femando VII, Ministro de Indias. El destierro vino debido a su enfrentamiento político con Godoy. No sería hasta el año de 1814 cuando regresaría, coincidiendo su regreso con la vuelta de Femando VII a nuestro país. Sus últimos 6 años de vida, que son los del llamado Sexenio Absolutista del soberano, estuvieron presididos por el silencio forzado por la situación política del momento, y por la enfermedad, muriendo al poco de la sublevación liberal de Riego, el día de Navidad de 1820, dos días después de haber cumplido los 81 años de edad.



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