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CHURRAS Y MERINAS
por Teo Leal
Recibe cada palo mi fe en el progreso que no sé cómo no apostato de una vez. Te
entusiasmas con algo o con alguien y enseguida llega Paco con una rebaja
tal que te obliga a caer de las nubes de la ilusión y te rompes la crisma con la desilusión. Entenderás pronto, si sigues leyendo, a qué viene este entrante.
Como ocurre a muchos que vivimos en ciudad, ardía yo en deseos de campo, y, llevando la contraria al bíblico no es bueno que el hombre esté solo, quería
estar en el campo y, además, solo. Lo logré al fin. Era el atardecer precioso de un día de finales de mayo. ¡Qué
cielo, qué airecillo, qué olores, qué paz, qué felicidad! Hasta recé y todo: gracias, Dios mío, por todo esto.

Rebaño de ovejas
Desde aquel otero veía, más bien paladeaba, todas y cada una de las exquisiteces que el campo de mis mayores me brindaba una vez más: chopos junto al
río, enebros, robles y chaparros gateando por las laderas, el verdor de los
sembrados, tomillo, romero y espliego, ofreciendo mil olores al sentido, pajarillos trenzando volatines entre
gorjeo, arrullos de torcaces, zumbidos de abejas, hormigas zigzagueando entre las piedrecillas con su carga en la boca...
De pronto, me asaltó, más bien me sobresaltó, esta pregunta: ¿Qué falta aquí? Porque era
evidente que algo faltaba, algo que debería estar, no estaba. No creas que tardé mucho en caer en la cuenta de qué era lo que faltaba allí: ¿dónde estaban los cencerros, las ovejas y los pastores con sus perros? ¿Era posible que, desde aquel
altozano, en casi una legua a la redonda, no viese un solo rebaño?
La tarde fue cayendo lentamente; pero te aseguro que una noche negra, más que boca de lobo, se hizo
dueña de mi alma. Ya fue duro para nuestros paisajes la desaparición de mulas, machos y burros; triste también que no queden cabreros con cabras, cabrones y cabritillos en nuestros liegos; pero que los pastores se vayan también marchando a la
Extremadura del olvido y que las sierras se queden tristes y oscuras para siempre, es como para que lo lloren no sólo más de cuatro zagalas.
A lo mejor esto a ti te trae al fresco y dices que la cosa no es tan grave, porque establos superpoblados de ovejas chorreando leches para quesos y pariendo chuletas,
paletillas, costillas y piernas para las parrillas, sartenes, calderetas y hornos de asar, nunca han de
faltar. Aunque debes permitir mis reservas acerca del sello con la denominación de origen que ostenten esas carnes. Honra mereces si tu no llorar nace de la liberación que ha supuesto para los pastores el
hecho de la estabulación de los rebaños, pues no serás tan lerdo como para tragarte las poéticas mentiras con que, desde mi semitocayo
Teócrito, nos han tratado de idealizar la vida de los pastores y pastoras; una vida que tú y yo sabemos que ha sido de las más perras que han tenido que arrastrar nuestras gentes.
Pero esa nota positiva apenas suaviza mi inmenso dolor. Por eso, otros llorarán por las focas, y yo también; pero hoy quiero llorar más, mucho más, por los rebaños que no vi esta tarde; por aquellas ovejas que, mediante una
transubstanciación que no califico por no caer en aparentes irreverencias, convertían en carnes
aromatizadas de cordero las rastrojeras, las hojas de las viñas recién vendimiadas; las finas hierbas y los tiernos brotes que salen a la piel de las lomas, vallejos, parameras, tesos, montes, vegas y serrezuelas que se inclinan hacia el Duero.
Con la desaparición de los rebaños, parte de nuestras tradiciones? páginas de nuestra historia, trozos de nuestra literatura, media biblia, imágenes y símbolos de los templos y de la liturgia cristiana se quedarán sin referentes.
Pero te equivocas de medio a medio si, porque no me ves llorar, sumas mi nombre al de los nostálgicos que hablan del fin de la historia.
No, más que en el fin de la historia prefiero pensar en el comienzo de otra. ¿Qué cuesta creer, tal como van las cosas, que, no tardando mucho, pastores robots con perros robotizados volverán, no digo a nuestras cañadas reales, pero sí a nuestros
campos (porque esos pastos no se pueden perder) a pastorear ovejas con caras raritas, tal vez donadas de las cedulas que
queden de Dolly?
Hoy tan sólo he querido levantar acta, llorando, para hacer constar que los rebaños
capitaneados por los viejos pastores están muriendo, y que aquellas churras y
merinas que alimentaron, vistieron y enfervorizaron para vivir, engendrar y a morir a los arévacos de Tiermes, a los celtíbero-romanos de Úxama, a los moros de Gormaz, a las mesnadas del Cid, a los
mesurados y muy pro de San Esteban y no sigo... ¡esas no volverán!
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