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   ARÉVACOS - Nº 17   
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Editorial

¿DE VERDAD QUEREMOS LA PAZ?


España entera grita ¡PAZ! y creemos que todo hombre de bien debe corear el grito. Todos unidos, como un eco cargado de furia, como un infinito aullido que resuene en la eternidad. Así debería ser, venga de dónde venga la guerra o el terror que ahora nos enfrentan, pero la Paz global no pasa de ser una utopía y, como tal, inalcanzable.

Napoleón III dejó escrito: "El Imperio es la paz" y R. de Gourmont, en su obra Pensamientos inéditos, se lamentaba: "Tenemos la paz sólo cuando podemos imponerla". Ambas afirmaciones son un mal principio para alcanzar la paz. En ambas afirmaciones el denominador común es la guerra.

Debemos confesar, si de Paz hablamos, que nos da igual quien gane unos u otros comicios, avergonzando a veces los modos, y nos da igual porque todos aspiramos a vivir en paz, incluso los disidentes de la Patria propia, los anexionistas de la ajena, los que anhelan escisiones, rupturas o conquistas, pero alcanzar la paz guerreando contra hermanos es, desde cualquier punto de vista, deleznable, como lo sería, también, sustentada en pactos demoníacos.

El mundo entero está necesitado de Paz. Cierre los ojos y al dejar caer la mano sobre el mapamundi, su dedo índice reposará, seguro, sobre un territorio necesitado de Paz.

¿Es inevitable? Sí, rotundamente sí, si las circunstancias son las actuales: Antiguos odios alimentados ahora con premeditación, calumnias que llegan a las gentes travestidas de verdad, iras arrojadas como misiles destructores, provocaciones que masacran e insultos que envilecen a quien los propaga con toda desfachatez.

Parece que aquí en, llamémosle, nuestro territorio, todo es diferente, y el aire que respiramos nos hace creer que lo que sucede al otro lado de los páramos queda muy lejano y nos llega ya cicatrizado, por mucho empeño que en lo contrario pongan los telediarios, pero no es así. Respiramos odios que impiden la Paz, calumnias que impiden la Paz, iras que impiden la Paz, provocaciones e insultos que también impiden la Paz. Como en todas partes.

La Paz empieza en el individuo y por ello, lo primero que hay que hacer, gobierne quien nos gobierne, es olvidamos de los bramidos coactivos que, entonados como cantos de sirena, algunos nos regalan deliberada e impunemente en manifiesta y burda manipulación.




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