ALEISTER CROWLEY, EN EL BURGO DE OSMA,
DURANTE LAS FIESTAS DE 1908
Por Tomás de las Heras Hernández
Fue Aleister Crowley (Leamington, Reino Unido, 1875 - Berlín, 1947) un hombre exagerado al que siempre acompañó el escándalo y la polémica durante toda su azarosa vida. Aventurero, mago,
escritor, alpinista y otras muchas más cosas, fue calificado por sus contemporáneos como La Bestia. Crowley, ya desde sus
años de juventud, nunca perdió oportunidad para escandalizar a la pacata sociedad victoriana que
le rodeaba.
Pero quizá, sobre todo, la faceta de escritor es la que puede hacer todavía hoy interesante la figura de Crowley. Resultan especialmente interesantes sus relatos de
terror, publicados en nuestro país por Editorial Siruela. Además están sus relatos de viajes, en los cuales narra sus múltiples experiencias en sus periplos por todo el mundo. En uno de estos libros, aún sin traducir al castellano, The
Confessions, escrito al final de sus días a modo de autobiografía, también habla de algunos de los viajes que llevó a cabo en sus setenta y dos
años de vida.
Precisamente en este último libro narra un viaje que realizó por España en al año 1908. El primer contacto de Crowley con nuestro país ya se había producido durante su estancia en Cambrigde, donde partidarios carlistas recogían armas y reclutaban jóvenes. La detención del
barco enviado con armas y municiones impidió la entrada en aquel momento de Crowley en España.
Así que ya en 1908, y junto a su amigo Victor Neuburg, va a emprender un viaje por tierras españolas en el que realizarán el recorrido a pie. Desde Bayona cruzaron la frontera pasando a Pamplona, Logroño, Soria, El Burgo de Osma, Aranda de Duero y así hasta llegar a Madrid.

La plaza de toros en los años
treinta.
El viaje estuvo lleno de incidencias y peripecias diversas. Crowley y su compañero de fatigas serán confundidos con mendigos, bandidos y anarquistas, llegando a ser arrestados, pues nadie podía entender que aquellos dos personajes pudieran recorrer el país a pie. Crowley dice que
la gente es sucia, salvaje y vive en condiciones miserables. En esta visión tan negativa de nuestro país Crowley no es una excepción entre los viajeros foráneos que por entonces llegaban a estos lares. Lytton Strachey, urbanita londinense y también escritor inglés del Grupo Bloomsbury, así como biógrafo de la reina y emperatriz de la India Victoria, en su viaje por España no puede ser más explicito cuando dice de la España de entonces que es LA MUERTE, así con letras capitales, cuando le toca recorrer los caminos
de Las Alpujarras a lomos de una mula en la visita a su amigo, también inglés, el hispanista Gerald Brenan, en 1920.
Pero curiosamente, si bien su visión general del país no es muy
halagüeña, cuando Crowley llega a tierras sorianas empieza a cambiar el tono de su percepción. Tras llegar a
Soria, procedente de Logroño por el Puerto de Piqueras, dice
textualmente: Me gustaría permanecer en Soria por tiempo ilimitado. Esta pequeña ciudad es una reliquia de la
grandeza del pasado. La gente es simpática y no soy capaz de describir con palabras el placer que
me produjo la comida que me sirvieron en mi hotel.
Pero como Crowley no puede parar demasiado en ningún lugar que va encontrando, pues su deseo es llegar a Madrid cuanto antes, vuelve a emprender camino. Se dirige ahora a El Burgo de Osma y cuando le quedan unos 44
kilómetros para llegar decide hacer un alto para descansar. En este
lugar que por la distancia indicada bien podría ser Villaciervos, pasa la noche, describiéndolo como de aspecto siniestro y llamándolo, literalmente, Pueblo de la Cocina de Brujas. Crowley narra la mala noche que pasan él y su compañero, deseando que llegara la mañana para volver a emprender viaje.

Entrada a los festejos.
Por fin, Crowley alcanza nuestra Villa,
queriendo la casualidad que justo ese día, el 16 de agosto, comienzan las fiestas patronales de
aquel año 1908. El Burgo de Osma es una pequeña ciudad preciosa, escondida tras una colina.
Nosotros -escribe- habíamos llegado en un momento psicológico. Justo se iban a
celebrar los dos días de fiestas anuales. Pero Crowley, recién llegado, no sabe lo que le espera en aquella su primera tarde que pasó en la Villa.
Por
primera vez yo estaba preparado para ver una corrida de toros. Ya estaba yo preparado para
comprender y sentir, de forma directa, aquél espectáculo primitivo.
Crowley, por primera vez, va a descubrir el mundo de la Fiesta. Hasta ahora la conocía sólo de oídas, pero cuando tiene la oportunidad de presenciar en directo el rito de la tauromaquia quedará fuertemente impresionado y enseguida empezará a asociar lo que ve con lo que él ya conoce como ocultista, mago e iniciado, es decir que la fiesta de los toros es un rito mágico en el que la luz intenta imponerse sobre la oscuridad...
Aquella sangre sobre el lomo el toro bajo la luz del sol del verano español es el más bello color que yo nunca pude ver en toda mi vida. Es, de hecho, muy raro poder ver los colores puros en la naturaleza; casi siempre aparecen mezclados con otros de difereirtes tonos. Pero
cuando los ves aparecer es algo arrollador.
Así pues, Crowley fue testigo directo y de incógnito en aquellos dos festejos taurinos que se celebraron los días 16 y 17 de agosto de 1908 en la ya centenaria Plaza de Toros de El Burgo de Osma, por entonces recién inaugurada. Además, el autor inglés pudo
iniciarse (y nunca mejor dicho en este caso y también en el momento presente en que tantos enemigos acechan a la Fiesta) en al mágico mundo de la
Tauromaquia, contemplando, en el coso, a dos figuras del toreo del momento, Manuel Mejías,
Bienvenida, y Manuel Rodríguez, Manolete, los cuales torearon y salieron a hombros ambas tardes.
Crowley, tras acumular una nueva experiencia más, recordada de forma tan ferviente
en el momento de escribir su libro, emprendió de nuevo el camino. Su siguiente parada sería en Aranda de Duero, para llegar más tarde a su destino, Madrid donde pudo contemplar al que él considera el mejor cuadro del mundo, Las
Meninas:
Me
enseñó lo que yo quería saber de la pintura: que el sujeto del cuadro es una
mera excusa para mostrar formas y colores de tal manera que expresen la parte
más íntima y recóndita de su autor.
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