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   ARÉVACOS - Nº 22   
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DIONISIO RIDRUEJO,
TRES CARAS DE UN HOMBRE HONRADO

Por Carlos Robredo



Hace tan sólo unos días, el 29 de junio, se cumplieron treinta años de la muerte de Dionisio Ridruejo. Todo el mundo sabe quien fue, y mucha gente, con causa o sin ella, se atreve a escribir sobre él.

Arévacos, hace cinco años, en el número 2 y desde la más sincera de las modestias, publicó, firmado por Jaime Ransanz, un breve trabajo sobre uno de los burgenses más ilustres. Decía nuestro amigo Jaime que, desde su punto de vista y entre variados méritos, lo que más ennoblecía a Dionisio Ridruejo era el hecho de haber sido un hombre honesto siempre fiel a su conciencia.

 

D¡onisio Ridruejo frente a su casa natal.

 

Pero también fue un idealista de metas limpias. Tengo en mi casa un ejemplar de un libro, "Poesía en armas , creo que desaparecido de los fondos de las editoriales, en el que se lee la dedicatoria que a Jesús Jiménez-Ridruejo le firmó cuando éste aún era un estudiante. Dice así: "A mi primo Jesús que será arquitecto de una época con mejores cimientos". Y en el prólogo de ese mismo libro, como muestra de sus compromisos, escribía el poeta: "Quien se ha puesto a servir sin condiciones no puede dar por concluido su servicio sino en el mismo día de su muerte." Era el año 1940. Después, mil veces vilipendiado, y otras tantas ensalzado, transcurrieron su vida y su recuerdo, y ha sido ahora, en el pasado mes de junio, en el congreso celebrado en Madrid por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, cuándo se ha tenido como propósito la rehabilitación de la figura de Dionisio Ridruejo por ser «modelo de honradez y de integridad moral».

Pero no seré yo quien quiera llenar páginas para loar su figura, su obra literaria o su actitud política, no estoy capacitado y, por ello, he acudido a quienes sí están sobradamente autorizados para recordamos, de Ridruejo, tres aspectos básicos en su proceder: El humano, el político, y el literario. Esto han dicho.



Dionisio Ridruejo de Ros
Su hijo.


Andaba yo por los trece años cuando mi padre cruzó clandestinamente la frontera de España por los Pirineos Catalanes con destino a Munich. Años atrás una serie de acontecimientos espaciados en el tiempo, pero que dejan su sello en la memoria, me trasmitían que mi padre no era un hombre convencional.

A pesar de los esfuerzos de mi madre por lograr que mi infancia y mi preadolescencia discurrieran con normalidad resultaba imposible ignorar las frecuentes señales que me indicaban que vivíamos una situación extraordinaria. Visitas de la policía a horas intempestivas identificándose a través de la puerta exigiendo que les franquearan el paso. Personas desconocidas que recorrían el piso de la calle Ibiza, 33 apuntando en un cuaderno los objetos que teníamos en casa. Haciendo un inventario para sufragar los gastos de una multa impuesta por el tribunal de orden público. El dinero o la prisión. No estoy hablando de casos aislados. Estoy hablando de un ambiente creado por la frecuencia de ese tipo de intrusiones. Por último la cárcel. Las visitas con mi madre y mi hermana a Carabanchel. Las colas para esperar el turno de entrada. El cubo de hojalata con artículos diversos: café, tabaco, un salchichón y otros artículos alimenticios que entregábamos en la consigna y, por fin, aquel vasto espacio donde aguardábamos a que nuestro nombre sonara por los altavoces para dirigimos al locutorio y hablar con él. El contenido del cubo variaba según las veces. En ocasiones contenía tubos de pintura al óleo o algún paquete adicional envuelto en papel de estraza que el funcionario de turno abría e inspeccionaba. Lo que no variaba nunca era la sensación de perplejidad mezclada con vergüenza que me producían estas visitas. No sabia qué tipo de delito podía haber cometido mi padre para encontrarse en esa situación. Era demasiado pequeño para recibir una información más concreta al respecto, pero desde luego no lo era para sufrir por ello.

La celebración del congreso de Munich y el posterior exilio forzado de mi padre en Paris, que se prolongó algo más de dos años, hizo que sólo pudiéramos vernos dos veces al año aprovechando mis vacaciones escolares. Mirando al pasado comprendo el agobio que tuvo que sentir mi madre ante una situación como esta y la precariedad económica que padeció mi familia. Si embargo a mi nunca me lo hicieron sentir. Aquellos días en Paris, de la mano de mi padre, fueron absolutamente inolvidables.

A pesar del frío paseábamos por la ciudad, visitábamos algún museo y nos sentábamos fatigados en algún pequeño bistró a comer un sencillo menú y a comentar lo que habíamos visto ese día. Le apasionaba la pintura así es que el museo de los impresionistas, instalado por aquel entonces en el Jeu de Pomme fue uno de los lugares que más visitamos. Contagiado de su entusiasmo recorríamos las salas deteniéndonos ante las obras que más le gustaban. Allí me enseñó a mirar un cuadro. A mirar la pintura como no lo había hecho antes.

En París conocí a mi padre. Conocí al hombre de hablar pausado, sin estridencias. Al hombre culto que no rebajaba su nivel cuando hablaba contigo, simplemente lo adecuaba para que la conversación resultara fluida. Que sabía escuchar sin impaciencia y con atención y que, en definitiva, te hacia sentir que eras parte de su vida.

Un día apareció en casa. No lo esperábamos, o por lo menos yo no lo esperaba. Más tarde supe que había atravesado la frontera clandestinamente por Irún. Que unos policías lo habían secuestrado para dejarle tirado en las proximidades de San Juan de Luz, en zona francesa, y que ni corto ni perezoso había vuelto a entrar por el mismo lugar horas más tarde. La carta que le escribió al Director General de Seguridad comunicándole su presencia en España y poniéndose a disposición de la autoridad competente es un ejemplo de la ironía y del fino sentido del humor que podía desplegar cuando la ocasión lo requería.

El tiempo pasó y el régimen siguió acosándole de una u otra manera. Llegaron los años en que tuvo que exiliarse forzosamente en los Estados Unidos para dar clases de literatura española en la Universidad de Madison (Wisconsin) primero y en la de Austin (Texas) después, y así paliar los efectos de su delicada situación económica. En ese periodo nos carteábamos con frecuencia. Yo contándole cosas de mi vida, mis estudios. Él descubriendo la vida que llevaba en el Campus universitaño, las comidas, las reuniones con sus alumnos, sus viajes por el País, sus problemas con el idioma. En casa nos reíamos porque tenía la costumbre de establecer comparaciones entre los lugares que visitaba y sus equivalentes en España. Sin duda para facilitamos una mejor comprensión del asunto. Lo malo es que lo mismo hacía con sus colegas del Campus y creo que los debía de tener un poco hartos. Sin embargo el colmo para ellos estaba por llegar. Un día partieron en coche para hacer un viaje de turismo por los estados próximos. Llegaron al cañón del Colorado, al promontorio donde está uno de los miradores más conocidos y desde donde se contempla una vista espectacular. Se quedo mirando el impresionante panorama en silencio sabiendo que sus amigos detrás de él contenían el aliento, expectantes, y exclamó: es fantástico... pero hay un lugar en las proximidades del Burgo de Osma...

De vuelta a España todavía tuvo que padecer un último proceso. Fue en noviembre de 1974. Sin embargo nunca, en ninguna circunstancia le vi abatido. Preocupado si, pero vencido jamás. En Junio de 1975 fallecía en Madrid.

Todos cuantos lo conocimos sentimos que su muerte prematura le impidiera ser testigo, y quizá partícipe, de la transición a la democracia. Su sueño.

 

Ridruejo en los funerales del cardenal Gomá (1941)




Juan José Lucas Jiménez
Vicepresidente del Senado de España


Siendo adolescente oía, a menudo, hablar en mi casa de Dionisio Ridruejo y casi siempre era mi padre quien comentaba sus problemas políticos con el régimen de entonces.

Un día supe que, desde la cárcel, iba a venir al Burgo al entierro de su hermana y yo, que en aquél tiempo era un niño, conseguí, a empujones, situarme en primera fila en el cementerio y nunca olvidaré verle flanqueado por dos hombres que, según me dijeron, eran policías que le custodiaban.

Después, en los años sesenta, ya en la Facultad de Derecho, le conocí en los actos políticos que por aquellas fechas se celebraban muy a menudo con asistencia de Aranguren, García Calvo, Tierno Galván... Eran los últimos años del SEU (Sindicato español universitario) y aunque mi padre me insistía para que me presentase a él, nunca lo hice.

Desde el punto de vista político su trayectoria se basa en una enorme vertificación. Se compromete activamente en 1933 afiliándose a Falange Española, ocupa altos cargos políticos y se alista voluntariamente en 1941 a la División Azul como soldado raso. En 1940 funda, con Lain Entralgo, la revista "Escorial".

A partir de 1942 cambia su situación política rompiendo con el partido oficial y dimitiendo de todos sus cargos. Es desterrado a la Ciudad de Ronda y a Sant Cugat del Vallés, en 1947.

Desde 1951 fija su residencia en Madrid y a través de numerosas conferencias trata de transformar el régimen autoritaño de Franco para dotarle de un sentido liberal, y haciendo ver en sus intervenciones la superación de vencedores y vencidos, fruto de la guerra civil.

El año clave para Ridruejo fue 1956 en el que se le juzga y se le declara traidor oficial y político. No obstante, Serrano Suñer fue amigo suyo hasta el final y asistió, en El Burgo de Osma, al impresionante homenaje que a Ridruejo, se le rindió después de su muerte. En esa ocasión, Serrano Suñer no solo durmió la siesta en mi casa, sino que mantuvo conmigo una larga charla en la que recordó infinidad de momentos y hechos de la vida de su amigo fallecido.

En 1957, Dionisio Ridruejo denuncia la situación política en un "informe confidencial" entregado a Franco.

Acusado de haber fundado un grupo político "Acción Democrática" se le encarcela nuevamente y se le somete a dos procesos.

Ejerció la docencia en EE.UU. a principios de los años 60. En 1962 acudió al encuentro de Munich que tuvo lugar entre dirigentes de la oposición interior y del exilio. Años después vivió en Paris como exiliado hasta 1964.

El día 29 de junio de 1975, Dionisio Ridruejo muere en Madrid de un mal muy español, cansancio de corazón. Era un espíritu valiente. Un hombre siempre fiel a sí mismo. Peleó de corazón toda su vida hasta que el corazón se le rompió. Era un escritor valeroso. Era un hombre de verdad. Y es que, como dijo nuestro poeta, "La verdad de la verdad / y la verdad verdadera / y la verdad como un templo / son verdades como fieras".

 

Esther Vallejo de Miguel
Escritora - Catedrática de Instituto


"La aparición de un poeta auténtico con timbre y estilo personales es un hecho tan extraordinario que merece registrarse en los anales de la cosmografta sideral que es la historia o presente de la poesía de siempre, actual viva, capitalizada de siglos y siglos."

Estas palabras corresponden a uno de los más altos poetas de las letras españolas de todos los tiempos, Gerardo Diego para la revista "Vértice" y el poeta a quien hacen referencia es otro grande entre los grandes, Dionisio Ridruejo con motivo de la aparición de su libro "Primer libro de Amor" (1939).

Sí. Dionisio Ridruejo es un poeta auténtico, como fue un hombre auténtico, forjado en el yunque de nuestros clásicos pero con voz personal original y justa.

La poesía fue una constante vital a lo largo de toda su vida, como el respirar. En su azarosa vida, jalonada de pasiones políticas, ideales de lucha con "ansia perpetua de algo mejor", la creación poética siempre fue una necesidad de su yo trascendido y trascendente. "El atrio, el paisaje, la muerte de los amigos, las zozobras de mi pueblo, los contrastes ambientales, la lectura atenta y continua, salen en mis poemas con mayor o menor trascripción anecdótica". Su poesía es vida vivida y sentida y su vida a más profunda y auténtica es poesia.

El primer encuentro con la poesía, como el mismo nos dice, se produjo a la temprana edad de 5 años en San Andrés de San Pedro, el pueblo de su abuela Justa que recordaba y cantaba romances populares de siglos y que Dionisio niño aprendía para luego recitarlos a los esquiladores trashumantes con el natural regocijo y orgullo de su abuela. "Esa músíca me ha sonado siempre por dentro", confesaría muchos años más tarde. Música del pueblo, el romance, la voz más auténtica y profunda, la expresión más alta de la poesía, al decir de otro gran poeta, Antonio Machado.

Luis Felipe Vivanco describe al poeta Dionisio Ridruejo como: "Todo lo contrario de un poeta artista, de un poeta hermético o un poeta puro. En su poesía no se puede separar el hombre del poeta. Nacido para la poesía en plena vigencia de los vanguardismos, Dionisio Ridruejo, con las antiguas formas expresó su más profunda intimidad, su soledad, su amor, la belleza y la tristeza del mundo, el drama y el misterio del hombre".

Sus primeros poemas escritos no son posteriores a sus 13 años. Las primeras publicaciones aparecen en el periódico local "Hogar y Pueblo". Desde entonces, nunca dejará de escribir y publicar poemas. En el Escorial, donde lee a nuestro clásicos más que estudiar leyes, publica en la revista estudiantil "Ensayos" y en "Papel Basar", publicación que nació al abrigo del bar "El Gato tuerto", frecuentado por los jóvenes con inquietudes literarias. Son los años de aprendizaje e iniciación.

 

Portadas de algunas de las obras del poeta burgense.

 

De la palabra retórica de sus primeros poemas de Plural, Primer libro de amor o Sonetos a la piedra, entre otros, pasa a la intimidad más lírica y biográfica como los poemas de Cuadernos de Rusia, donde la inmensidad del paisaje se funde con el alma del poeta en un lirismo de infinitud humana.

Esta evolución poética coincide con estados vitales diferentes; el entusiasmo e idealismo del joven falangista, el vencedor de la contienda militar o el voluntario de la División Azul que vive la derrota y las primeras decepciones políticas y desavenencias con el régimen franquista.
Circunstancias estas que darán paso a una crisis existencial y política coincidente con una etapa lírica de palabra grave y desengañada. El poeta entonces desciende del mundo de los mitos al saber humilde de las cosas como en Poesías al margen, donde aparece el bello soneto El Burgo de Osma.

Porque Dionisio Ridruejo, sin tener un corpus poético dedicado a su tierra la lleva muy dentro, y cuando a su alrededor el mundo de sus ideales se derrumba, de lo más profundo de su alma surge la íntima salvación, aferrándose a ese mundo de infancia donde los recuerdos le hacen fuerte en su inocencia.

Son años de enfrentamientos al Régimen franquista, de renuncias heroicas a las situaciones cómodas que pudo haber tenido, de confinamientos y silencios. Son años en los que el poeta se desgarra interiormente para evolucionar hacia principios liberales y democráticos en los cuales no sólo ha de justificarse ante sí mismo, sino que ha de dar toda clase de explicaciones a los demás. Son años de una gran dureza y amargura "Me ha costado muchos años, experiencias y equivocaciones, tanteos, y hacerme conmigo mismo y autentificar las decisiones". Años durante los cuales sufre dos confinamientos, un destierro, cinco procesos y cinco estancias en la cárcel. Años, en los cuales escribe poemas de un lirismo de autenticidad purificadora y donde, una vez más, el recuerdo de su querida tierra se eleva desde lo más profundo de su ser para tomar realidad y presencia, como en el poema Soria lejana publicado en Serranías y otra notas de España.

Dionisio Rídruejo, poeta y político ilusionado e ilusionante, vehemente y sincero, acertado unas veces y equivocado otras, para quien el bien social siempre estuvo por encima del suyo propio, decía pocos días antes de morir. "Y si me da usted a elegir entre el destino de un poeta cuyos versos serán repetidos durante siglos, y el de un ciudadano que ha ayudado a que sus vecinos vivan mejor, elijo, aunque parezca mentira, la última aspiración".

En 1961, recoge su obra poética en un libro, Hasta la fecha. Poesía completa. Pero su creación poética no cesa y aún aparecerán varios poemarios más hasta la publicación de En breve, en 1975, año de su fallecimiento.

Dionisio Ridruejo, hombre que hizo de su vida un compromiso con la sociedad y con la poesía, será recordado, sobre todo, aunque el no lo hubiera preferido, como poeta. Cuando el tiempo nos libre de prejuicios, el poeta se elevará para darse a conocer en toda la profundidad lírica que su abundante obra poética encierra y que, aquí por razones de espacio, nos es imposible, ni de lejos, tan siquiera mostrarla en una mínima parte.



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