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   ARÉVACOS - Nº 25   
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EL CORPUS CHRISTI EN EL BURGO

por Joaquín Alcalde         

 

El Burgo de Osma siempre se ha distinguido por el apego y la conservación de sus tradiciones, lo que le confiere una singular personalidad que en estos tiempos modernos de la globalidad adquiere mayor protagonismo y se valora más. De ahí que en muchos casos sirva de auténtica referencia.


Escudo del obispo

Y desde luego, tratándose de la capital de la diócesis y sede del obispado, las celebraciones religiosas adquieren y están revestidas de un protagonismo y un sabor especiales. No hay más que acudir a cualquiera de las muchas que allí se conmemoran para poder disfrutar del desarrollo de un acto verdaderamente entrañable.

Una de ellas es la festividad del Corpus que en la villa episcopal se vive con fervor, intensidad y, por qué no, con verdadera expectación fundamentalmente en su manifestación externa, o sea la procesión, que es incomparable y puede que única.

El visitante lo primero que advierte al llegar al Burgo la mañana del Corpus es el espectacular, llamativo, curioso y elaborado tapiz que un nutrido grupo de anónimos burgenses –entorno a los doscientos cuarenta voluntariosconfecciona desde hace algunos años para la ocasión con un gusto exquisito y colorido especial que le hacen único. No contiene más elementos que hierba natural y virutas coloreadas, y eso sí, el mimo que ponen en el empeño quienes año tras año vienen cumpliendo con lo que, sin duda, se ha convertido en tradición.


Institución de la Eucarístia

La alfombra es de alrededor de seiscientos metros de longitud y una extensión aproximada de dos mil metros cuadrados. Cubre casi todo el centro de la Villa, desde las inmediaciones del Puente Viejo, muy cerca de la catedral, hasta casi la confluencia de la calle Mayor con la travesía de la antigua carretera nacional N- 122, la de Soria a Valladolid, con extensión a la práctica totalidad de la Plaza Mayor, con algunos de los balcones de sus edificios adornados con la bandera nacional que le dan mayor belleza. En definitiva, que la alfombra cubre en su totalidad el recorrido por el que ha de pasar la procesión.


Alfombra en la calle Mayor

Con tan semejante y particular decoración resalta todavía más el esplendor y la solemnidad de la manifestación litúrgica que sigue conservando el sabor añejo de antaño. De cuando el Corpus se celebraba en su día, o sea, en jueves, lo que acaso debiera recuperarse para que el viejo y obligado por la necesidad fuera de uso, aunque no olvidado, dicho popular de “tres jueves hay en el año que relucen más que el sol…” volviera a tener el sentido que siempre tuvo, pero sobre todo para que la fiesta recuperara el esplendor que conocieron tantas generaciones.

De ahí que todas las gentes de El Burgo, y muchas venidas de fuera llamadas por la celebración, se echen a la calle para presenciar el desfile procesional que tiene lugar poco después del mediodía, en torno a la una y media de la tarde, una vez que ha concluido la misa de pontifical que celebra el Obispo Vicente Jiménez y que obviamente preside la procesión acompañado por el deán del cabildo catedralicio y el rector del seminario.


Alfombra al pie de la torre de la Catedral

La primera curiosidad que ofrece, al menos para el visitante, es que el cortejo salga de la catedral a la calle por la puerta de San Miguel o de los Moros. Es, sin duda, un momento especialmente emotivo en el que únicamente se pueden escuchar las notas del himno nacional que interpreta la banda de la oficialmente denominada rimbombantemente Asociación Musical de Amigos de El Burgo de Osma, la banda de música sin más, dirigida por el maestro Pedro Pascual. Parece, y no es exageración señalar la sensación que se percibe de que el discurrir del tiempo se detuviera durante unos momentos. El silencio, el recogimiento y el fervor son absolutos. Se trata, sin duda, de un momento mágico de los que quedan para siempre en el recuerdo.

Luego, una vez organizada la comitiva en la que no faltan los niños de primera comunión y naturalmente las autoridades religiosas y civiles, se pone en marcha la procesión con las obligadas y habituales paradas ante los improvisados altares instalados en distintos puntos del trayecto, es decir, en la plaza de San Pedro, en la plaza de la Catedral, en la plaza Mayor frente al Ayuntamiento, y en el Palacio del Obispo, ya de vuelta al templo catedralicio. En cada uno de ellas se canta en latín un motete alusivo a la celebración del día y actúa la coral Hilarión Eslava, hoy venida a menos. Como único paso figura la custodia precediendo al palio -en la actualidad un mero elemento decorativo, siquiera en su manifestación externa-, que portan varios fieles.

Discurre pues el cortejo por la plaza de la Catedral, sube por la calle Mayor hasta la plaza Mayor, que circunda, para volver por el mismo itinerario a la catedral. Todo en medio de la solemnidad y el fervor religioso popular propios del momento y la verosimilitud de estar ante una celebración cuyo carácter único se perdió hace muchos años. Cuando la festividad del Corpus Christi, por la nueva liturgia, comenzó a celebrarse el domingo siguiente al jueves correspondiente, que en el año 2005 fue el veintinueve de mayo. 

 

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