Era muy
joven cuando comencé a leer versos rimados y estrofas de todas las
medidas. Leía a los clásicos y a casi todos los demás y bien es
verdad que de los modernos me costaba algo más su comprensión. Lo
mismo me sucede hoy; la mayoría de los poetas actuales me resultan
farragosos y pedantes, y sus poemas parecen un muestrario de palabras
inventadas y de sentimientos ficticios que nos presentan como ciertos y
vitales. Una vez me atreví a criticarles publicando un soneto en el que
una de sus estrofas decía: …Poetas tercos que inventáis maneras, / citáis
lugares sin saber si existen, / usáis vocablos de nuevas escuelas / firmando
versos que nadie resiste…
Hoy he
releído el último poemario de Daniel Ríu Maraval. Daniel, Danito para
los que nos sentimos sus amigos, es un poeta actual, quiero decir de los
vivos, de esos que escriben poesía (de la buena) al paso de los
autobuses.
Le conocí
hace ya muchos años, quizá una treintena de ellos, cuando yo comenzaba
mi deambular profesional. Él fue mi superior inmediato, mi maestro en
las artes de las finanzas. La vida luego nos separó, pero, hace un
tiempo, se brindó la oportunidad del reencuentro y ninguno de los dos
la rechazó. Desde entonces he vivido, con más interés que intensidad,
su creación. He leído, una y otra vez, sus libros y me he deleitado
con ellos, con la profundidad de sus versos y con la verdad de su razón
de ser.
En éste,
su última publicación, mantiene la viveza de la palabra y un saber
decir que lo dice todo:
…
Que ambigua es ya la orilla.
…
Presiento profundas las
arenas,
acaricio los vientos,
conjugo lejanías,
me entrego a mi abandono,
me obscurezco.
Ustedes no
le conocen, tal vez nada hayan leído que él haya podido escribir pero,
quizá, ahora, tengan la oportunidad de buscarle en las estanterías de
cualquier librería que encuentren en su camino; es posible que les
llame la atención algún escaparate en el que se muestre Momentos
(1955) Inquietud (1958) Poemas y decires (1989) o, tal vez, Agujeros del
Aire (1994) Poema del hombre, el árbol y los hombres (1997) La voz de
los silencios (1999) o su último libro Y perdemos los nombres de la
piedra (2005) Si fuese así, si tuvieran la oportunidad de leer
cualquiera de ellos, no la dejen pasar, la poesía es importante, es
-según dejó escrito Miguel de Cervantes- una bellísima doncella
casta, honesta, aguda, retirada y que se mantiene en los límites de la
discreción más alta; es amiga de la soledad; las fuentes la
entretienen, los prados la consuelan, los árboles la despojan y enseña
a cuantos con ella se comunican.
La poesía
de Daniel Ríu Maraval es todo eso y mucho más; es honradez profunda,
es el sentir desde ese agujerito interior al que, cuando nos lanza
palabras, no todos escuchamos. Es colocar al hombre sobre todas las
cosas y al árbol y a los ríos y a las caricias y a las piedras,
perdido ya su nombre, junto a él. Pero también se hace preguntas:
¿Quién desgarra el silencio? Y es valiente al mostrarnos un cierto
abatimiento…
Quizás entre las sombras
aún rescates
resplandores antiguos
o lenguas impávidas y tristes,
y es que el tiempo se extingue
y hace inútil
invadir nuevamente los caminos.
Escribir
poesía no es una fruslería. Leerla no es una cursilada de
quinceañeras y, además, enriquece tanto el espíritu alejándonos de
las banalidades que nos rodean en febril acoso, que es recomendable
perderse, de vez en cuando, entre las estrofas de un buen poema.
Tengo un dolor nacido
Tengo un dolor nacido,
un alba vacilante
y un ángel pálido a mi lado
coronado de musgos
y tristezas.
Tengo un puñado de viejos
horizontes,
una penumbra clavada dulcemente
y una hoguera sin llama.
Tengo secretamente hundidas
las manos en la tierra
para que así no puedan arrancarme.
Tengo sobre mi espalda
los pasos desandados,
despojos de tibiezas
y anillos de nostalgias.
Tengo una música tardía.
También tengo un latido
y un presagio
y un árbol alzado
que me aguarda.
Daniel Ríu Maraval
Por último,
un poema del autor burgense Agustín Arroyo que también merece nuestra
atención.
El Burgo de Osma,
Villa Castellana.
Te penetra el alba
con tímidos resplandores
en los tejados.
Decides vomitar
la escarcha de la noche
y sus metálicos reflejos.
Surges lento pero firme
en la vega silenciosa,
en el valle fecundo.
Tus perfiles señoriales
cristalizan en plazas
y torres de esplendor
establecido, de sosegadas
noches
en perfecta deserción,
en soportales viejos
y canto de agua.
Suena, surge, silba,
acaricia la tenue brisa
las calles vacías,
las fachadas sin estrépito,
los rostros
somnolientos todavía
de los primeros transeúntes,
náufragos confusos, resignados
en el mudo fragor
de tantas soledades anunciadas
para siempre, de tanto
ocaso repetido
en la vieja y profunda Castilla.
Agustín Arroyo
* * * * *