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   ARÉVACOS - Nº 26   
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BOCIGAS Y SUS GEDEONADAS

por Teo Leal        

 

Confieso que, antes de que se me alargasen los brazos para abarcar con ellos a todo ser viviente y no viviente, odié con toda mi alma a un grupito de escritores. El motivo fue que, a mi chato entender de adolescente, insultaban a mi provincia de Soria. Incluía en este odio al hermano de Manuel, denominación de que se sirvió Unamuno para referirse a Antonio Machado, a D. Pío Baroja, a Gaya Nuño y al mismísimo Nicolás Rabal. 

¿Cómo no sublevarse cuando el primero dice aquello de la sangre de Caín; D. Pío echa pestes de Almazán; Gaya se ensaña con el aldeano de Magaña y el santero de Ólvega; y en el libro de Nicolás Rabal se lee lo de que: nunca la gente de Soria / hizo gran bulto en la historia. Como si la inmolación de Numancia hubiera sido pura filfa; el Cantar del Cid, un librejo del tres al cuarto; como si Laínez no hubiera sido el alma de Trento; María de Ágreda, maestra de espiritualidad; Sanz del Río, motor del progresismo español; y como si en la Guerra de la Independencia los sorianos no hubieran vertido su sangre emulando a los Leales de Aljubarlrota. ¡Era intolerable!

El Enebro Santo

Muy cerca del síncope cardíaco habría estado si, en esa mi época tribal, hubiera conocido los insultos que D. Antonio de Guevara, Saint Simon, Casanova y, sobre todos, el desvergonzado Butrón dedican a Soria. Sin embargo, el óscar de mi odio juvenil, lo confieso con rubor, se lo llevó D. Teógenes Ortego y Frías, ilustre inspector de enseñanza y más ilustre aún como arqueólogo y escritor. 

Y es que D. Teógenes se metió con mi pueblo. En su libro La ribera soriana del Duero se atrevió a escribir que Bocigas era el gedeón de la comarca. Aparte de que me costó Dios y ayuda averiguar el significado de la palabra, cuando di con que gedeón, además del personaje bíblico, equivalía a tonto, idiota, memo, crédulo, cretino, ignorante..., puedes imaginar cómo me puse.

Rocas de la villa de Bocigas

Estaba más que harto de oír eres más atravesado que los de Bocigas. Algunos, con muy mala baba, al saber que yo era de ese pueblo, me preguntaban si todavía se conservaba el pendón que pretendíamos sacar atravesado por la puerta de la iglesia. Otros, con idéntica maldad, querían saber si quedaba algún cesto de la famosa torre que los de mi pueblo, apilando cestos de vendimiar, quisieron llegar hasta el cielo y, cuando sólo les faltaba uno para conseguirlo, quitaron el de la base para culminarla. 

Con lenguaje de verdulera (con perdón de éstas) reaccionaba si alguien aludía a la Piedra que quisimos romper a huevazos. Hasta un profesor, al sacarme por primera vez a la silla fatídica que tenía destinada para que le diéramos cuenta de la lección, aunque sabía que yo era de Bocigas, con una sonrisilla sarcástica, que me hizo maldita gracia, preguntó al resto de la clase: ¿De dónde es éste? y ante la alborozaba respuesta de mis compañeros, con un tono y un gesto, de entre asombro, burla y prevención de peligro, y en latín para mi mayor inri, exclamó: Cavete; como diciendo: ¡Cuidadito, mucho ojo con él, que muerde! Que Dios le haya perdonado, y a mí también por las maldiciones que le mascullé.

Portada meridional

Pero lo de D. Teógenes me hirió más, mucho más. Al fin y al cabo, lo otro eran palabras. Pero él lo escribió y eso valía tanto como levantar acta notarial de unos infundios que tañían de memez a todos los nacidos y nasciturus en Bocigas, por los siglos de los siglos. No me irás a decir que mis accesos de odio no son explicables y perdonables en un chico de catorce años que se estaba asomando al mundo. 

Hoy me río y, como debe ser, me divierten estas cosas y hasta presumo de ser atravesao. No quiero ni pensar cómo habría reaccionado si, en aquellos años, hubiera caído en mis manos el libro Cosas y casos de Soria publicado no hace tanto por Soria Edita, en el que dos vecinos de Alcozar reverdecen a su manera las gedeonadas de mi pueblo. Seguro que no se habrían librado de mis iras ni se habrían ido de rositas. Les habría restregado en los morros documentos que prueban que Alcozar, en el siglo XIII, mató a otro Bocigas; además les habría echado en cara su villanía al insultar a un pueblo que, legajos cantan, defendió a Alcozar y les avaló en su pleito por cuestiones de pastos con los mesurados de San Esteban; y hasta habría metido cizaña en lo de su Piedra Sillada, pues a pocos tiros de piedra del lugar en que se sitúa la histórica victoria contra los sarracenos hay, ya en el término de Bocigas, topónimos tan sugeridores como La Degollada, Val de Espadas, La Peroliza y La Camarilla de Moros.

Capitel de la portada

Pero sonreí también al leer lo que escribían los de Alcozar. Y es que quiero que quede claro que mis paisanos ni yo abrigamos hoy resquemor alguno por el remoquete de atravesados que arrastramos. Y que quede constancia de que Bocigas es un pueblo hospitalario, habitado no por gedeones sino por gente de bien que sólo sienten orgullo de los espectaculares riscos que forman el impresionante “retablo de piedra, en el que pudo haber soñado Gaudí, a cuyo pie se agazapa el pueblo”.

Y cómo me gustaría, también, que mis paisanos sintiesen veneración hacia El Enebro Santo -aquí llamamos enebros a las sabinas-, pues no dudo de que este espécimen es el más viejo, más corpulento y más copudo en muchos kilómetros a la redonda. ¡Que ni de lejos vea una sierra mecánica! Y que le protejan y cuiden todos, incluido el amigo Constantino, alcalde del municipio de Langa de Duero, donde entre peñas inmensas, como escribe Cela en Judíos, moros y cristianos vive la villa de Bocigas de Perales.

 

 

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